-Podemos caracterizar parcialmente a la historia de la humanidad por una serie de acontecimientos recurrentes, que tienen lugar en determinadas situaciones y que ponen de manifiesto nuestra más íntima naturaleza en conexión con nuestra parte más “puramente artificial”: nuestro arte, nuestra vida en sociedad… actos que sin duda deben tener sus ecos en estructuras ocultas en nuestros cerebros o insertas en lo más profundo de nuestro código genético.
De momento se me ocurren tres:
1.- En todo desarrollo de una sociedad “avanzada”, esto es, industrial, su transformación ha traído aparejado un fenómeno curioso: el retroceso de la religión en las vidas de sus habitantes, al tiempo que avanzan las posesiones, placeres, refinamientos… aumentando el nivel de vida de sus ciudadanos, desaparecen gradualmente las creencias en la/s divinidad/es. Se suele asociar este fenómeno a la educación científica, positivista, objetiva, etc. Pero, y de aquí el fenómeno asociado que quiero señalar, según desaparecen los dioses del mundo de los hombres, aparecen miles y miles de fantasmas.
2.- Relacionado con el punto anterior está una frase que ví por primera vez en Expediente X, una serie norteamericana en que dos agentes del FBI investigan casos paranormales. Pues bien, el agente Mulder, más propenso a creer en tales fenómenos que su compañera Scully tiene en su despacho un póster en que aparece un ovni y una frase que reza: I WANT TO BELIEVE. “Quiero creer”. El reconocimiento de ese deseo libera de un peligro de base en que está inmersa la humanidad, todos queremos creer en algo que nos afloje la angustia que sentimos ante la posibilidad del absurdo: que nuestra vida no tenga un fin al que tender, que no hay recompensa para los buenos actos ni castigo contra los malos, que no hay nada tras la muerte, y mientras tanto la vida continúa pareciéndose demasiado a la escalera de un gallinero: corta, estrecha… y llena de mierda. De este modo, cualquier creencia que garantice que nuestra vida no está limitada a esas “cuatro paredes” que estamos tan acostumbrados a ver, será acogida, aunque tal vez de manera inconsciente, y comenzará a fabricar estructuras en nuestro cerebro que le dan un sabor dulce a nuestra existencia, pero que en última instancia, no es más que eso: un edulcorante vacío, carente de sentido y justificación.
3.- Del mismo modo, existe una tendencia terriblemente peligrosa y dañina, que puede contemplarse a lo largo de la historia de la humanidad tanto por sus procederes como por sus consecuencias. Dicha tendencia podría muy bien llamarse: “tendencia al absoluto”; toda la tradición filosófica occidental nos viene refiriendo que lo único valioso en esta vida es lo eterno, lo definitivo, lo cerrado, delimitado y completo. Parménides hablaba ya en el IV a.C. de la “Esfera bien redonda” para referirse al Cósmos. Las matemáticas, nada más ser inventadas/descubiertas, pasarían a considerarse sagradas: “El úniverso está hecho de números”. Pues bien, este fenómeno aparentemente inofensivo por lo que se refiere a la tarea científica tiene su contrapartida (o parte ‘contraproducente’ y terrible) en las religiones y cosmologías de todos los tiempos. Los indígenas de cualquier tribu ‘ágrafa’ se consideran a sí mismos, única y exclusivamente entre sí, como los ‘verdaderos hombres’. Y los de la tribu de al lado, aún prácticamente iguales en todo son considerados como ‘apestosos’, ‘chinches’, ‘basura’. Entre dos tribus que fabrican flechas con puntas envenenadas y caminan con taparrabos este fenómeno quizás pasa desapercibido. Pero, ¿ocurre lo mismo entre las grandes élites? ¿Podemos recordar la guerra fría, el exterminio nazi, las masacres comunistas, la inquisición, las guerras de sucesión, y, en fin, todo conflicto bélico en que intervengan ideologías, creencias, sistemas económicos? en tres palabras: sistemas de ideas.
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