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Esto no te lo enseñan en los libros, chaval

Había escuchado muchas veces que hay cosas que no se aprenden en los libros, que no todo está en los libros. La ley de la calle, en fin, o de la experiencia, esto no te lo enseñan en los libros, chaval, y una sonrisa de medio lado de alguno que se cree el más listo del portal.

Como siempre había escuchado esa versión, me sorprendió leer lo contrario. Creo que era Ana María Matute quien decía que había aprendido tanto en la vida de la literatura como de la experiencia. Y en el mismo reportaje Cela aseguraba que casi todo lo que sabía de la vida lo había sacado de los libros. En plena adolescencia, el descubrimiento me dejó ciertamente trastornado. Inquieto. Hasta entonces había concebido la lectura de novelas (y de todo lo que no eran libros de texto, carteles informativos y cosas así) como una forma de ocio, sin más.

Desde ese momento empecé a valorar la posibilidad de que la vida viniera en los libros. Buscando como siempre el divertimento, y de paso ahorrarme las molestias de la experiencia, seguí leyendo novelas. Y así hasta hoy. A veces me lo planteo, me pregunto a mi mismo cuánto sé y, de lo que sé, qué parte la he sacado de los libros. Y me doy cuenta de la cantidad de cosas que leí sin entender, de todo lo que no me cuadraba con 14, 16, 18 años, y que más tarde fui experimentando con aire desapasionado, porque después de haberlas conocido por la lectura, la realidad se convertía en una mera confirmación de lo leído. Pero cuando pienso esto no me lo termino de creer; quizá no, quizá en el momento de experimentar estaba tan concentrado que no me acordé de que ya lo sabía, y fue después, en la soledad del recuerdo, cuando lo comprendí.

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La conclusión es que leer sólo merece la pena si consigue impulsar el presente y el futuro, porque cuando uno lee está pagando un precio elevado, la imposibilidad de estar haciendo otra cosa, de vivir la vida de verdad. Es, al fin y al cabo, lo que decía Escohotado en ese video impagable: “Me gusta estudiar porque desde siempre quise enriquecer el hoy con un conocimiento del ayer.”

Cuánto hecho de menos Negro sobre blanco. Era simple y cutre hasta decir basta. Incluso la musiquilla del inicio daba grima. Pero habría venido bien para la ocasión, porque una voz envuelta en una melodía de flauta repetía todo está en los libros, todo está en los libros…

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  1. marzo 13, 2008 en 12:25 pm

    Me gusta una vida rodeada de campo,
    donde pueda ir de leñas para alimentar mi chimenea en invierno
    como hago hace cuarenta años.
    Me gusta estudiar,
    porque desde siempre quise enriquecer el hoy
    con un conocimiento del ayer.
    Me gusta la vida que tengo ahora,
    porque es buena para ir envejeciendo
    y servir a los míos con alguna eficacia.
    No me gustan las prisas, las chapuzas y la política del hecho consumado.
    Detesto el intimismo, la explicación simplificadora,
    las mujeres coquetas y al que cifra su ambición en mandar sobre otros.
    Me dan lástima quienes obvian la vida física tal cual es,
    reclamando volver al paraíso o ingresar en un cielo.
    Y desconfío de los que confunden sus privadas melancolías
    con estados generales del mundo.
    Con la ternura soy ambivalente,
    es la médula de mis huesos
    aunque corta como una navaja
    con sus nostalgias.
    Antonio Escohotado

    • Daniel Carrillo
      enero 8, 2017 en 12:35 pm

  2. Iacobus
    marzo 13, 2008 en 12:55 pm

    Dicen que para poder contar hay que vivir, para poder escribir hay que saber. Y sí de los libros se puede aprender, todo o casi todo, bajo el prisma de otro que ya lo vivió…y vida sólo hay una, puedes dedicarla a aprender de lo que otros hicieron y nos cuentan o puedes vivirla tú,con tus propios matices …la segunda vía es más rica sin duda. Una vez que vivirla sea un imposible , escribe la tuya o lee la de otros y compara, recuerda…pero ten tus propias novelas, historias……

  3. martin
    marzo 17, 2008 en 1:14 pm

    No creo que todo esté en los libros. Los libros están muy bien porque sirven para enriquecer la vida. Como un cigarro que se fuma en una azotea mientras contemplas el horizonte. Son cosas que permiten pasar por la vida sin vivirla a pelo, sintiéndote más acompañado, digamos. Yo a Faulkner, a Onetti, a Marsé, a Baroja, a Stendhal, a Cervantes y a Dickens los siento amigos míos. Amigos de toda la vida y hasta la muerte. Pero yo creo que para que la literatura esté viva (y si no lo está es que no vale nada) hay que hacer como hacía Dickens, que prefería darse un paseo por los arrabales de la ciudad antes que encerrarse en su gabinete a leer.
    Un saludo, Daniel. (De un Cautivo en Córdoba)

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