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Pequeñas historias de la vida diaria (I): La Vida y La Muerte

Llevaba tres días en casa encerrado sin dar señales de vida. Escribió una carta larga de amor de esas que recuerdan al joven soldado, ésta la dejó encima de una mesa junto a una caja vacía de pastillas contra las migrañas. Por suerte la destinataria nunca supo de ella, nadie se atrevió a entregársela, todo el mundo se paralizó de tristeza, imagínense la novia.

El día señalado ella intuyo algo raro y prefirió quedarse en el coche y no abrir la puerta del portal. Llamó desde el móvil a su padre por si acaso, ya que el kamikaze no quería quedar con ella desde hacía días y siempre daba evasivas para verla.

Todo absolutamente todo lo tenía premeditado, ese dolor que tenía acumulado de la vida diaria no le dejaba en paz, vio la solución a tanto sufrimiento un día cualquiera de primavera, cuando todos sus compañeros estaban estudiando para un examen de inglés que él nunca se presentaría. Su novia aunque fuese una preciosa rubia y hubiese querido dejar todo por él: no acabar COU, por lo consiguiente no presentarse a selectividad, dejar a la familia e irse a Valencia para acompañarle, todo esto no le valió lo suficiente para seguir luchando por la vida. Quizá sufría de un dolor extremo en el fondo del corazón que ya estaba demasiado hondo para ser tapado con amor, con besos de verdad que llegaban al alma de cualquiera. Su hermano era un drogadicto y sus padres no le llegaron nunca a entender, su vida había sido una falsa realidad que le devolvía muy tarde a la filosofía esencial de las cosas. Debía dinero y le tenía su cuñado que dejar el piso para poder vivir con su novia (pensarón que así tendrían cerca a su hermana).  

Fue a comprar tres días antes de su fatídico final una cuerda para tender la ropa, en vez de ponerla de tendedero la puso en la puerta enganchada de mala forma al picaporte. Más tarde, se ató la cuerda al cuello y se estrángulo con impertinencia doblando las piernas (no había altura suficiente para dejar su cuerpo tendido en el aire). Su “suegro” no pudo hacer nada cuando abrió la casa, por más que intentó sujetarle el cuerpo inerte hacía horas que había parado de respirar. 

Al día siguiente, aunque hubo examen de inglés sus compañeros de clase según se iban enterando dejaban de hacer la prueba para salir al patio y llorar. Se escuchaban gritos de histeria por todo el Instituto Público de Vallecas. Parece ser que era un buen chaval, todos le querían.

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  1. octubre 16, 2008 en 12:05 am

    La realidad siempre superala ficción.

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