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Dos propuestas contra la crisis

Ya son varios los problemas que aquí se han tratado en torno a la crisis: desempleo, falta de liderazgo, burbuja inmobiliaria. Hay otro asunto que me preocupa especialmente: el desequilibrio entre lo que las administraciones españolas prevén ingresar y gastar en los próximos años. Según los últimos datos este déficit podría situarse en el 9,2% del PIB para 2009 y subir hasta un 11,5% en 2010.

Para equilibrar las cuentas sólo hay dos opciones: o gastar menos o ingresar más. Como no parece que los gobiernos centrales ni autonómicos están por la labor de gastar menos, hay que pensar en fórmulas que permitan recaudar más. A mí a bote pronto se me ocurren dos:

1. Legalizar todas las drogas.

Sacar a flote la economía sumergida del tráfico de drogas y gravar con IVA o impuestos especiales la venta de las mismas, como ya se hace con otras drogas como el alcohol o el tabaco. Además se podría crear empleo mediante plantaciones nacionales de cannabis, hoja de coca y opiáceos. Extender una red de invernaderos y de laboratorios oficiales que procesen las cosechas y aseguren la calidad del producto, que podría ser vendido en farmacias o estancos.

2. Legalizar la prostitución.

Buscar la manera de aplicar impuestos a cada uno de los servicios sexuales, posiblemente haciendo un registro de locales de alterne y prohibiendo la prostitución en las calles.

Ambas medidas tendrían algunos beneficios aparejados:

– Podrían traer consigo una disminución de la delincuencia, ya que las mafias que actualmente controlan estos negocios se verían obligadas a marcharse a países en los que sigan siendo ilegales.

– Mejoraría la salubridad de la población, por que mejoraría la pureza de las drogas y debería hacerlo la higiene para los trabajadores del sexo.

– Podrían suponer un tirón turístico necesario para un país cuya primera industria puede estar en aprietos.

Obviamente soy consciente de que son dos medidas extravagantes y que no podrían aplicarse de inmediato. Pero creo que cuando la crisis toma proporciones nunca vistas es hora de reponder con medidas nunca vistas.

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  1. junio 1, 2009 en 12:08 pm

    La idea de que se legalice la droga y la prostitución puede ser una buena idea (siempre y cuando sea hecha de forma realista, no como algo festivo), porque son cosas que nunca van a dejar de existir y ser un problema. Que prefieres ignorar al enemigo o unirte a él, yo prefiero beneficiarme de él y además hacerlo mejor y con menos efectos nocivos para la salud social.
    El problema es que el déficit se puede convertir en una déficit sistemático que vamos a tener que pagar duarante décadas todos nosotros (me refiero de 20 a 30 años). En EE.UU. Reagan con sus políticas de bajar los impuestos metió a EE.UU. en una espiral de déficit que tardaron casi dos décadas en recuperarse (ya que quería beneficiarse a C.P. de la imagen que representa para un partido la bajada de los impuestos).
    ¿Cuál es el problema? que Zapatero es un gran mentiroso y sólo habla del déficit del estado y no tiene en cuenta el de las 17 comunidades autónomas y el de cada ayuntamiento (este es mucho más elevado).
    Queramos o no esto un clara Guerra de Desgaste y sólo tienen en cuenta el momento oportuno y la ceguera de los votantes. La alianza de civilizaciones, el aumento de ministerios, las ayudas sociales cuestan millones de euros muchas veces para tirar a la basura. Yo auguro un futuro muy negro para la economia española, porque ZP ni tiene que meterme con los precios del mercado, me refiero a la hora de dar ayudas (eso antes generaba inflación ahora aumento del precio, por ejemplo de los coches), ni tengo que decir lo que tienen que hacer los consumidores españoles (consumir más y productos españoles).

  2. junio 1, 2009 en 3:29 pm

    Vaya, yo que intentaba generar un poco de polémica… y parece que nadie se anima a insultarme ni nada…
    No tengo mucha idea de economía y no sé si existe el dato, pero conocer el deficit agregado de estado + autonomías + ayuntamientos sería muy interesante. Y a buen seguro hoy por hoy en España además de interesante también sería espeluznante.

  3. UB
    junio 2, 2009 en 9:47 pm

    ¿Cómo es esa frase? ¡Que gobiernen las putas, que sus hijos no saben!

  4. Martín
    junio 3, 2009 en 12:00 pm

    Yo creo que si se legalizan las drogas y la prostitución se hundiría aún más la economía mundial. Si legalizas droga y prostitución se hunden las mayores fortunas. Sólo hay una forma de hacer mucho dinero, y es con el método maiquelyason, de negro a blanco. Como decía Balzac, detrás de toda gran fortuna se esconde un crimen.

  5. junio 3, 2009 en 3:04 pm

    Martín, justamente lo que ecía Balzac se lo he escuchado a mi tio Berna decirlo unas cuantas veces. Que no hay hombre rico que tenga las manos limpias, o sea honrado.
    No sé, pero yo pienso casi lo mismo, menos los grandes genios, que seguramente sean ricos o respetados porque estén locos y hagan las cosas que nadie se atreven.

  6. Martín
    junio 3, 2009 en 4:38 pm

    Ea, siempre es un error generalizar, es algo obvio. Hay de todo, como en botica.
    Tú como economista, Grouchoo, ¿no estudiaste en la carrera el método maiquelyason? Porque, si no es así, creo que me lo acabo de inventar. Lo patentaré en estos próximos días. Igual –quién sabe- me llueven ofertas desde las grandes universidades de los Estados Unidos para explicar mi flamante método maiquelyasoniano, ya sabéis, de negro a blanco. Ahora mismo me pongo a perfeccionar mi inglés.

  7. Martín
    junio 3, 2009 en 4:45 pm

    Copio un texto de Tocqueville que, escrito allá a mediados del siglo XIX, parece profético, aunque se quedó cortó en sus predicciones. Es largo. Se titula Cómo podría nacer una aristocracia de la industria.
    Ya he demostrado de qué manera favorece la democracia al desarrollo de la industria y multiplica de manera ilimitada el número de los industriales; ahora vamos a ver por qué desviación podría, a su vez, la industria llevar de nuevo a los hombres a la aristocracia.
    Es un hecho reconocido que cuando un obrero se ocupa habitualmente de un mismo trabajo se logra más fácilmente y con mayor rapidez y economía la producción general de la obra.
    Del mismo modo se ha comprobado que cuanto más a lo grande se acomete una empresa, es decir, con mayores capitales y mayor crédito, tantos más baratos resultan sus productos.
    Estas verdades, que empezaron a entreverse hace tiempo, hoy están plenamente demostradas. Se aplican ya a diversas industrias importantes, y las pequeñas las van adoptando sucesivamente.
    Creo que no hay nada en el mundo político que deba preocupar tanto al legislador como esos dos nuevos axiomas de la ciencia industrial.
    Cuando un artesano se dedica continua y únicamente a la fabricación de un solo objeto, acaba por realizar su trabajo con rara destreza. Pero al mismo tiempo pierde la facultad general de aplicar su espíritu a la dirección del trabajo. Cada día se hace más hábil y menos industrioso, y se puede decir que en él el hombre se degrada a medida que el obrero se perfecciona.
    ¿Qué puede esperarse de un hombre que ha empleado veinte años de su vida en hacer cabezas de alfileres? Y la poderosa inteligencia humana, que tantas veces ha conmovido al mundo, ¡¿qué otra aplicación podrá ya tener en él, sino la de buscar el mejor medio de hacer cabezas de alfileres?!
    Cuando un obrero ha consumido de esta suerte una parte considerable de su existencia, su pensamiento se queda detenido para siempre en el objeto cotidiano de su labor; su cuerpo ha contraído ciertos hábitos fijos de los que ya no puede desprenderse. En una palabra, ya no se pertenece a sí mismo, sino a la profesión que ha elegido. Las leyes y las costumbres han tratado en vano de abatir todas las barreras en torno suyo, y de abrirle por todos lados mil caminos diferentes hacia la fortuna; una necesidad industrial, más poderosa que las costumbres y las leyes, lo mantiene encadenado a un oficio, y a menudo a un lugar que no puede abandonar. Esa necesidad le ha asignado en la sociedad un puesto del que no puede moverse. Le ha inmovilizado en medio del movimiento universal.
    A medida que el principio de la división del trabajo recibe una aplicación más completa, más débil, limitado y dependiente llega a ser el obrero. El arte progresa, pero el artesano retrocede. Por otra parte, a medida que se va descubriendo de modo más manifiesto que los productos de una industria son tanto más perfectos y tanto más baratos cuanta más amplia es la manufactura y mayor el capital, hombres muy ricos y muy cultos se lanzan a explotar industrias que hasta entonces se hallaban enteramente en manos de artesanos ignorantes o sin recursos. Los grandes esfuerzos que se requieren y la inmensidad de los resultados que prometen les atraen de manera irresistible.
    Así pues, al mismo tiempo que la ciencia industrial rebaja sin cesar a la clase obrera, eleva a la de los patronos.
    A la par que el obrero confina cada vez más su inteligencia al estudio de un único detalle, el dueño extiende diariamente su mirada por más vastas totalidades y su espíritu se ensancha en la misma proporción en que se reduce el del obrero. Pronto éste no precisará de la inteligencia, y sí solo de la fuerza bruta, mientras que el otro necesita del saber, y casi del genio, para triunfar. El uno se asemeja más cada día al administrador de un vasto imperio, el otro a un animal.
    El amo y el obrero no tienen, pues, aquí, nada semejante y de día en día difieren más. Son como dos eslabones extremos de una larga cadena. Cada uno ocupa un lugar destinado a él y del que no sale jamás. Un extremo se halla bajo la dependencia continua, estricta y necesaria del otro, y parece nacido para obedecer, del mismo modo que éste para mandar.
    ¿Y qué otra cosa es esto sino una aristocracia?
    Cuando en el cuerpo de una nación se igualaban cada vez más las condiciones sociales, la necesidad de los objetos manufacturados se generaliza y aumenta, y el abaratamiento, que pone esos objetos al alcance de las fortunas intermedias, se convierte en un gran elemento de éxito.
    Así pues, se observa todos los días que los hombres más opulentos e instruidos consagran sus riquezas y sus conocimientos a la industria, y que abren grandes talleres y dividen estrictamente el trabajo, a fin de satisfacer los nuevos deseos que se manifiestan por doquier.
    Por tanto, a medida que la masa de la nación se inclina hacia la democracia, la clase particular que se ocupa de la industria se vuelve más aristocrática. Los hombres aparecen cada vez más semejantes en una parte y más diferentes en la otra, y la desigualdad aumenta en la pequeña sociedad en la proporción en que disminuye en la grande.
    Remontándonos hasta la fuente misma, parece como si se viera salir a la aristocracia, por un esfuerzo natural, del seno mismo de la democracia.
    Pero esta democracia no se parece en nada a las que la precedieron.
    En primer lugar, se observará que, al no dedicarse más que a la industria y a unas cuentas profesiones industriales, constituye una excepción, un monstruo, en el conjunto del estado social.
    Las pequeñas sociedades aristocráticas que forman ciertas industrias en medio de la inmensa democracia de nuestros días albergan en su seno, igual que las grandes sociedades aristocráticas de los tiempos antiguos, algunos potentados y una multitud de hombres pobres.
    Estos pobres tienen pocos medios para escapar a su condición y hacerse ricos, pero es frecuente que los ricos se vuelvan pobres, o bien que abandonen el negocio después de sacarle el máximo rendimiento deseado. Los individuos que constituyen la clase de los pobres son, por tanto, más o menos fijos, pero la que componen la clase de los ricos no lo son. A decir verdad, aunque haya ricos, la clase de los ricos no existe; pues estos ricos no tienen ni espíritu ni objetivos comunes, tradiciones ni esperanzas compartidas. Hay, pues, miembros, pero no cuerpo social.
    No sólo los ricos no están unidos sólidamente entre sí, sino que cabe decirse que no existe un verdadero lazo entre el pobre y el rico.
    No están fijados de manera permanente y a perpetuidad el uno con respecto al otro; a cada instante los acerca y los separa. El obrero depende en general de los patronos, pero no de un patrono determinado. Ambos se ven en la fábrica y fuera de ella no se conocen, y aunque tienen un punto de contacto, permanecen sumamente alejados en todos los demás. El manufacturero no le pide al obrero más que su trabajo, y el obrero no espera de él más que el salario. Ni el uno se compromete a proteger, ni el otro a defender, y no quedan unidos de manera permanente ni por el hábito ni por el deber.
    La aristocracia que establece el negocio casi nunca se instala entre la población intelectual que dirige; su objetivo no es gobernarla, sino tan sólo servirse de ella.
    Una aristocracia así constituida no puede tener una gran influencia sobre aquellos a quienes da trabajo; y si por un momento la logra, la pierde pronto. No sabe mandar y no puede influir.
    La aristocracia territorial de los siglos pasados estaba obligada por ley, o se creía obligada por las costumbres, a acudir en socorro de sus servidores y aliviar sus miserias. Pero la aristocracia fabril de nuestros días, tras haber empobrecido y embrutecido a los hombres que utiliza, en las crisis los deja en manos de la caridad pública para que ésta les procure de qué comer. Es una consecuencia natural de lo que precede. Entre el obrero y el empresario las relaciones son frecuentes, pero no hay verdadera asociación.
    Creo que, considerados todos sus rasgos, la aristocracia manufacturera que vemos surgir ante nosotros es una de las más duras que hayan aparecido jamás sobre a tierra; pero al mismo tiempo es una de las más restringidas y menos peligrosas.
    En cualquier caso, ése es el punto débil hacia el que los demócratas deben dirigir constantemente y con inquietud sus miradas; pues si algún día la desigualdad permanente de condiciones y la aristocracia penetran de nuevo en el mundo, se puede predecir que lo harán por esa puerta.

  8. junio 4, 2009 en 12:10 am

    Por cierto, en mercado de trabajo de la URJC, tenía un profesor que se llama Rogelio que nos leía estas cosas, exactamente nos leyo un pedazo de este texto Tocqueville, la parte de los alfileres. Es cojonudo, la pena que hoy día todo el mundo quiere ser rico pero sin tener grandes ideas. Eso de cambiar el mundo está pasado de moda. Y los ricos se aprovechan de lo débil de la moral de los pobres.

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