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30. Morir viajando por P. Daniel Carrillo

ÍNDICE DEL LIBRO DUDAS

Yo marinero, en la ribera mía,
posada sobre un cano y dulce río
que da su brazo a un mar de Andalucía,

sueño en ser almirante de navío,
para partir el lomo de los mares,
al sol ardiente y a la luna fría.

Rafael Alberti

Tengo una antología de poemas del premio Nobel Vicente Aleixandre y no me importaría emular a Carvalho y regalársela a la hoguera, excepto por una poesía en concreto que releo una y otra vez y que trasciende desde luego lo estético hasta convertirse en una declaración de intenciones. Esta joya titulada En la plaza es una invitación a salir de casa, a abandonar el refugio, a mezclarse con la multitud para encontrarse a sí mismo. Entiendo que este es el verdadero sentido de viajar, que importa más el viaje que el destino. Emprender un viaje es arriesgar, meterse bajo la lluvia, renunciar al calor de Penélope y preferir la batalla.

Cita Sabina la superioridad del que vuelve a casa después de una noche de juerga sobre el que entra a trabajar. Claro. Entre otras cosas porque el que ha salido lo ha decidido libremente y el que no ha salido se tiene que conformar con que la obligación de madrugar para trabajar al día siguiente decida por él. Pues el que vuelve de viaje es, en cierto modo, un ser superior. El polvo del camino, los zapatos gastados y el olor de otros campos son su espada de vencedor. Por eso admiro al que ya está On the road, por eso quiero ser como el bañista del poema de Aleixandre, que se mete en el agua con recelo y poco a poco el agua le va cubriendo más y más y acaba entregado y feliz. Yo también quiero ser almirante de navío, caballero andante, caminante loco de libros y de mapas, perderme en los zocos, salir de la cuna, partir el lomo de los mares al sol ardiente y a la luna fría. Me dice la experiencia que la vida está más viva los días que estoy fuera de casa. Y yo lo que quiero es vivir.

 

30. Morir viajando por Grouchoo


Este texto fue originalmente publicado en el libro DUDAS (2006).

 

En la plaza (Vicente Aleixandre)

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

  1. Abel
    abril 1, 2010 a las 2:01 am

    Morir viajando… ¡Oh! que gran manera de reconocer el placer de un amor fugaz, una cama limpia, un chorro de agua fresca, un trozo de pan con queso.

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