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Háblame de Esparta

El enemigo doblaba en número a los espartanos.
No era suficiente, y el enemigo lo sabía.
Puertas de fuego – Steven Pressfield

Querido Abel,

Aquel email fue demasiado tentador, una invitación irresistible y una manzana sin serpiente. Son tantos años de vocación autodidacta, tantos años confiando en un instinto que pocas veces al olfato engaña. Por Zeus, qué libro. 

Gracias, tío, gracias. Ha sido una semana inolvidable, de lectura tranquila y digestión gustosa, una experiencia de las que pasan cada cierto tiempo, ya sabes, no quieres que el libro se termine pero te vas viendo empujado hacia delante, vuelves, subrayas, vives pensando en lo que leíste ayer y te vas convenciendo de que este sí, de que este va directo al salón de la fama de la estantería más próxima a la almohada.  

Al principio fue el aroma, ese aroma de lo helénico que algún día nos hechizó: <<El más lastimoso de todos los estados bajo el cielo es el de un hombre solo, sin los dioses de su hogar y su polis. Un hombre sin ciudad no es un hombre.>> Después vino ese estilo bello y conciso, y después la traza impecable de los personajes, Xeones, Bruxieos, Dionekes. Con la inclusión de las mujeres espartanas en la trama, las escenas de tragedia shakesperiana y la narración antológica de la batalla de Antirhion, yo ya estaba convencido de que aquello era caza mayor.

¿Cómo podía ser que hasta ahora no supiera nada de Steven Pressfield? Al terminarlo estuve buscando por la red y, al menos en castellano, no encontré gran cosa. Tampoco leí nada verdaderamente interesante sobre el autor ni sobre el libro. Y es por eso que te escribo estas letras, entre otras cosas para contrastar algunas opiniones personales con otros lectores que no lean sólo con los ojos.

gates_of_fire.jpg

Puertas de fuego no trata sobre la Batalla de las Termópilas. Eso sería una simplificación y por tanto una injusticia. Aunque he tenido constantemente la sensación de que Zack Snyder tomó buena nota de este libro a la hora de adaptar 300, yo diría que las Termópilas son sólo la geografía idónea para el desenlace. La novela es en realidad un tratado sobre la cultura espartana, la visión global de un mundo admirable desaparecido para siempre. No puede ser casual que el narrador elegido sea un ilota (un esclavo lacedemonio) y no puede ser casual que ese narrador protagonista no sea nacido en Esparta, sino voluntariamente llegado al país de la disciplina del látigo durante la agogé, la educación militar a la que solo accedían los niños cuya complexión sana libraba de ser abandonados al pie del monte Taigeto. En mi opinión, Pressfield entiende que el lector no puede mirar ese mundo desde unos ojos nobles ni espartanos: <<Entonces, ¿por qué no una ciudad llena de riquezas y oportunidades? ¿Por qué no Tebas, Corinto o Atenas? Aquí lo único que puedes recibir es pan seco y latigazos en la espalda. Respondí con un proverbio que Bruxieos nos había citado una vez a Diómaca y a mí: que otras ciudades producen monumentos y poesía, y Esparta produce hombres.>>

He leído por ahí que una productora americana tiene los derechos del libro y las intenciones de hacer la película. Si eso es cierto se puede hablar de una nueva oportunidad después de 300, que vista con algo de perspectiva me parece una ocasión perdida. Pero es muy difícil que el cine pueda captar fielmente el aroma de aquello. No recuerdo si hemos hablado de esto alguna vez, pero supongo que estarás conmigo en que ni siquiera palabras como honor, libertad, valor o futuro son aplicables ni a Esparta ni a aquel universo de polis orgullosas y abocadas a la tragedia. <<Los azotamientos constituyen un ritual del entrenamiento de los muchachos en Lacedemonia, no como castigo por robar comida (a lo cual se les estimula, para desarrollar la capacidad de obtener recursos en la guerra) sino por haber sido atrapados.>>

Qué descubrimiento, Abel, qué libro. Y nosotros con columpios acolchados. En fin, espero que sigas con salud. Un abrazo,

Daniel

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  1. mayo 6, 2010 en 11:24 pm

    Aquel email de Abel decía “En fin, si la lees, te gustará, si sólo la ojeas, te gustará también.”

  2. mayo 6, 2010 en 11:28 pm

    Otras perlas de la novela (algunas al estilo de Heródoto):
    —¿Tus instructores te han enseñado por qué los espartanos dejan sin castigo al guerrero que pierde el casco o el peto en la batalla, pero castigan con la muerte al hombre que deja su escudo?
    Se lo habían enseñado, respondió Aléxandros.
    —Porque un guerrero lleva casco y peto para protegerse a sí mismo, pero el escudo es para la seguridad de toda la línea.
    ———————–
    —Nunca has probado la libertad, amigo —dijo Dionekes—, de lo contrario sabrías que no se compra con oro, sino con acero.
    ———————–
    Entre los lacedemonios se considera indiferente de quién es y en qué consiste el enemigo.
    Los espartanos aprenden a considerar al enemigo, cualquier enemigo, como si no tuviera nombre ni rostro. Conciben en su mente un ejército mal preparado, de aficionados, que confía en los momentos anteriores a la batalla en lo que ellos denominan pseudoandreia o «falso coraje»: un frenesí marcial estimulado artificialmente, provocado por la arenga de un general o por alguna bravata, acompañadas por gritos y golpes en el escudo. Aléxandros, que a los catorce años ya reflejaba la mentalidad de los generales de su ciudad, un siracusano era tan bueno como el de al lado, un strategos enemigo no era diferente de otro. Daba igual que el enemigo fuera mantineo, olintiano, epidauriano; daba igual que viniera en unidades de elite o en hordas de chusma vocinglera, regimientos de ciudadanos o mercenarios extranjeros contratados por oro. Le daba igual. Ninguno superaba a los guerreros lacedemonios y todos lo sabían.

  3. Abel
    mayo 7, 2010 en 12:14 am

    Qué bueno! Qué bueno!!
    jajaja, sí señor!
    Puedo decir a las claras que Grecia nos unió, gracias a Carlos, a Kiyoshi, a tí y a mí, hace ya algunos años (que el tiempo vuela), y con este post se entiende todo. Te agradezco que buscaras y encontraras ese libro, y lo leyeras, porque sabía que como poco te gustaría, y, como debía ser, te iba a emocionar, exaltar y encender; como debía ser. Me parece excelente la entrada, la visión periférica y en profundidad, los fragmentos… (que ya de por sí son una joyita, en el conjunto armónico son una sinfonía), y yo, que no soy de leer novelas!, me quito el sombrero ante el señor Pressfield y ante vuesa merced, Pedro Daniel.
    “Viajero que por aquí pasas,
    ve a Esparta y di
    que en obediencia a sus leyes,
    aquí yacemos”.

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