Aguinaldo

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Ya no éramos tan críos. Nos pasábamos las vacaciones de Navidad pidiendo el aguinaldo por los portales del barrio, cantando carita de rosa de piso en piso, de puerta en puerta, pidiendo dinero a cambio de villancicos, que no tienes cara de ser tan roñosa.

Ya no éramos tan críos y por eso gastábamos las ganas en convencer a Juanjo de que se trajera de aventura a su hermano Felipillo, seis añitos rubios y ojos llenos de azul y de pestañas. Poníamos al niño en primera fila y le dábamos a la pandereta hasta que la señora se ablandaba y decía esperad un momento y desaparecía en lo oscuro del pasillo para volver con cien pesetas. Pidiendo el aguinaldo aprendí cuál es la clase preferente, pues mientras en los portales de pisos proletarios la mayoría de los vecinos abrían y nos limosneaban, en los bloques señoriales se olía el miedo tras la mirilla y no se molestaban ni en abrirnos la puerta.

Gracias a Alba sacábamos buen dinero en los bares. Cantábamos sin mucho énfasis y después nos replegábamos en una esquina con sonrojo, mientras Alba pasaba bocarriba la pandereta por todo el bar, trocando la vergüenza de los parroquianos en monedas de dulce tintineo. Y con ese botín a los recreativos. Eran otros tiempo y es posible que el lector no se ubique; baste decir que Mario conducía un Kart y Ryu combatía con Era Honda en luchas callejeras a cinco duros la partida.

Ya no éramos tan críos y gracias a eso nos vendieron el sabor asqueroso del primer cigarro. Recuerdo ese Camel de los doce años, alquitrán y nicotina que me esforzaba en escupir antes de volver a casa, veneno de los prohibido mucho antes de permitirme esta adicción al tabaco que me está quitando la vida mientras tapa algunos poros en las arcas públicas. Han pasado algunas navidades y ha cambiado la moneda. Veo moquear al hijo que tuvieron Alba y Felipillo mientras doy otra calada a la Fortuna que me golpea los pulmones veinte veces al día. Caigo en la cuenta de que hará cinco o seis años que no sé nada de Juanjo y tiro la apestosa colilla al suelo de mi calle. Quién sabe si para otro año habré escapado de este barrio y de este vicio.

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  1. Rul
    diciembre 22, 2010 en 12:01 pm

    Me sigo preguntando como un escéptico puede controla tan bien la morriña, una sensación reservada a los que le dan importancia a casi todo.
    Me sorprende y me gusta a partes iguales.
    No está mal para un tuerto.

  2. martin
    diciembre 22, 2010 en 10:11 pm

    Menudos recuerdos. Había viejas hijas de puta que te hacían repetir la canción unas cuantas veces (y todo el repertorio de canciones navideñas, si se terciaba) para darte luego una miseria. Y por supuesto, yo también me lo gastaba luego todo en los recreativos. Lo mío era el pinball. Era tan bueno que por cinco duros (ay los cinco duros, qué recuerdos) me podía tirar toda la tarde en los recreativos, haciéndome una partida tras otra y sacándole todas las luces a la maquinita…

  3. diciembre 23, 2010 en 7:35 pm

    Pues ahora que lo pienso, de los recreativos podría escribir bastante más…
    Y qué atractivo tendría el personaje del escéptico (ese tío duro, cínico y pasado de vueltas que ya está de vuelta de todo) si no fuera porque al final siempre se le escapa un hilillo de ternura envolviendo la nostalgia.

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