Princesas

*Me he puesto a releer algunos textos viejos. Este es de una de esas novelas que quizá nunca escribiré. Lo censuro un poco y aquí lo dejo. En fin, qué más da.

Cuando iba al instituto coincidí un par de años en clase con Tamara Ruedas, la reina del instituto, cañón y seda que insuflaba aire a los suspiros de frustración de gran parte de los estudiantes del IES Batalla del Jarama. Tamara, un poco más alta y con más pecho y mucho más guapa que el resto de las muchachas, reinó durante los cuatro años de su paso por la enseñanza secundaria a pesar de la fiera competencia de sus mejores amigas. Las tías buenas se juntaban entre ellas, un punto de pijerío y otro de desprecio. Pero Tamara era la mejor entre aquellas aulas.

En aquella época yo miraba a Tamara Ruedas con cierta indiferencia, como se mira a una cosa bella y lejana, como quien mira a un cuadro colgado en un museo y después de unos segundos da unos pasos y se aleja para mirar el siguiente, igual de bello y lejano. Tamara me sacaba diez centímetros de altura y eso era, desde luego, demasiado para considerarla una chica de modo completo. Para mí era más bien un chico, yo no la deseaba porque no podría alcanzarla nunca, y por ello tampoco me turbaba hablar con ella como sí me sucedía con el resto de las chicas.

Hasta que un día, desayunando en una churrería de vuelta de una noche de bakalao y mala vida, la vi. Tamara Ruedas era la única chica en un grupo de tíos un poco más mayores, guapetes, guays, musculosos y dinámicos. Tamara llevaba un vestido minúsculo y unos zapatos de tacón altísimos y el maquillaje un poco corrido y los ojos un poco tristes. Tan sola en medio de aquellos cabrones, tan carnosa y real, real y carnosa como no la había visto en mi vida, me dio un poco de pena. Había salido esa noche de verano como una diva, seguro, con su vestido de las grandes ocasiones y su inocencia a punto de suicidarse y unas horas después estaba allí, rodeada pero sola, descompuesta, un poco borracha o drogada o quien sabe si sólo somnolienta, y me daba pena. Comprendí, en cierto modo, que Tamara Ruedas era una mujer más. De reina y diosa había pasado a ser una más, una chica más, una adolescente más. Así que yo también me puse un poco triste, admirado tras vislumbrar por primera vez en mi vida la corta distancia que separa a una puta de una princesa.

* el dibujo es de megalune

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  1. diciembre 29, 2010 en 12:52 am

    Buffffffffffff, demasiado lírico, demasiado triste, demasiado El Guardián entre el centeno, demasiada de tu estilo, demasiada realidad casual para tan pocas líneas, demasiado recordar, demasiado bueno, demasiado machista, demasiado Umbral, demasiado salvaje, … me llego hasta el tuétano.

  2. diciembre 29, 2010 en 6:16 pm

    Señor Carrillo, se nota que tienes un estilo propio. Y es que casi puedo imaginarte recitando las palabras escritas en cualquier bar con música tradicional irlandesa de fondo, lo imagino, lo imagino.
    Podrías escribir el caso contrario. Un día te encuentras con aquella chica, ni fea ni guapa, ni alta ni baja, ni lista ni tonta del instituto, y que de repente se ha convertido en toda una mujer. Aunque me suena que ya lo has hecho, me suena haber leido algo por el estilo en tus escritos, algo por el estilo de Carrillo…

  3. enero 4, 2011 en 12:41 pm

    He vuelto a leer a Umbral. Cómo me gusta esa ternura, por ejemplo en este párrafo de Las Ninfas:

    Una noche, jugando a las prendas o a algo así, después de haber cantado, y cuando todavía nuestras canciones estaban con el cielo estrellado, como guirnaldas, a María Antonieta le tocó besar en la frente al chico de su agrado, mientras los chicos permanecíamos con los ojos cerrados, esperando el beso, y yo, que era el único que no lo esperaba, sentí de pronto que la tiniebla se me llenaba de perfume, ya, de mujer, y que algo blando, fresco, cálido y lento se posaba en mi frente, y me quede con los ojos cerrados, un minuto más, porque no me atrevía a abrirlos.

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