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Bigotes, caballos y cantinas (I) – El volcán

Desde la cima del volcán más joven del mundo, a 3.170 metros sobre el nivel del mar, se divisa la vasta extensión de terreno conocida como Meseta Purépecha, porque así se llama el pueblo que habita estas tierras desde tiempo inmemorial. Dicen los libros que ese pueblo nunca fue sometido por el imperialismo azteca, que aquellos guerreros rebeldes consiguieron eludir el dominio de la Gran Tenochtitlán. Hoy todavía hablan su lengua indígena. Aunque se dirigen a nosotros con buen castellano, ese idioma purépecha que tan extraño nos resulta al oído es la lengua materna de los guías que nos han acompañado hasta aquí, habitantes de Angahuan con los que hemos venido cabalgando hasta acercarnos a la base del volcán Paricutín.

Cabe pensar que fueron palabras en lengua purépecha las que la tarde del 20 de febrero de 1943 usó Dionisio Pulido para alertar a su familia. El campesino se encontraba arando sus terrenos cuando sintió temblar la tierra y vio manar humo del suelo. Cuentan que en las poblaciones vecinas pensaron que era un incendio y que más tarde, al llegar la noche, vieron un chorro de lava brillando en la oscuridad.

Desde la cima del volcán uno puede imaginarse a Dionisio Pulido corriendo entre el humo espeso de las grietas, tratando de esquivar las piedras que vuelan a su alrededor, luchando por mantener el equilibrio sobre el terreno trémulo. Habría que esperar nueve años para que la tierra se calmara, proceso lento que sepultó dos pueblos enteros, ríos de ceniza que trastornaron el paisaje, lava que no mató a nadie pero ensució los aires hasta convertir en noche el día. Asomado al cráter del volcán Paricutín, que se levantó 424 metros sobre la llanura, uno puede imaginarse el éxodo de dos pueblos al completo huyendo de los ríos de lava, dos millares de personas dejando su casa atrás entre llantos de niños y el correr desbocado de las bestias aterradas.

Hoy ha muerto ese ruido que debió de ser atronador. Pega fuerte el viento en la cima, y al asomarse a la boca del volcán no se ve un agujero como puerta del infierno, sino un vacío cubierto de roca y ceniza. El cráter desprende un calor que resulta agradable y nos sentamos a charlar mientras recobramos el aliento tras la subida final a pie, millones de piedras volcánicas en una ladera con gran pendiente que nos ha subido la aguja de las revoluciones del corazón.

Los guías también han llegado resoplones, pero ya nos están metiendo prisa para que emprendamos el regreso. Con prisa, con risa y a grandes zancadas nos tiramos por la ladera de ceniza, río blando que se nos mete en las botas, en la ropa y en los ojos. Llegamos a los caballos y emprendemos el regreso al paso, luego al trote y más tarde ya por fin el galope, el jinete bigotudo y feliz dejando suelta la rienda, el caballo disparado tocando el tambor del llano… y el sombrero volando por los aires una vez más.

Hay una iglesia sepultada en la lava con una esbelta torre en pie, turistas comprando antojitos y un viejo caballero indígena que apenas habla español. Regresamos a Angahuan, la población michoacana donde nos espera el coche. Vamos cabalgando en silencio. Uno puede volver a imaginarse al campesino Dionisio Pulido intentando asimilar la catástrofe: lo que era un campo llano de maíz, al día siguiente son siete metros de piedra y lava. Al paso de una semana serán cincuenta los metros de elevación, y años después, ahí está, una montaña.

Volviendo la mirada por última vez al volcán uno puede imaginarse a La Naturaleza burlándose de los límites municipales, de las lindes entre terruños, de la firmeza de los templos y de las cosas de los hombres. Observando la silueta del Paricutín, mientras uno se aleja puede imaginarse al último guerrero indígena riendo a carcajadas en el infierno. Siglos después, los purépechas seguían tocando las narices de los aztecas, pues la nube de cenizas también ensució los cielos del Distrito Federal, que no es sino el último nombre tras el que se ocultan sus enemigos eternos, los chilangos de la Gran Tenochtitlán.

Otros capítulos de la serie Bigotes, caballos y cantinas:

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