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Bigotes, caballos y cantinas (XVI) – Un pueblo que ya no existe

Sergio soñaba con ir a Zihuatanejo y fue fabricándose una dulce película mental cuando surgieron rumores de que la empresa lo destinaba a México. A mí ese sitio no me sonaba de nada y a Sergio finalmente nadie le arrancó de Madrid, pero cuando unos años después supe que iría por allá surgió al momento el recuerdo de aquel guión azucarado. Mi periplo no estuvo mal, pero mentiría si dijera que alcanzó la altura de los sueños de Sergio.

De Zihuatanejo recuerdo una playa cojonuda, una ducha en la lavandería y un masaje que no me dieron. Pero sobre todo recuerdo dos frases. La primera nos la dijeron entre risas unos borrachos, así que debe ser verdad: Aquí, cuando la policía escucha un tiro por la derecha, se va pa la calle de la izquierda. Y la segunda fue pronunciada en el transcurso de una conversación inolvidable con la dueña del hostal más hippie de Zihua. La recuerdo con el pelo suelto en la noche y una copa de vino en la mano, saboreando la nostalgia de unos tiempos en los que aun no había llegado la barbarie del turismo. También recuerdo que llevaba un vestido largo, veraniego y ajustado. Y que en algún momento puso los ojos soñadores, miró hacia el fondo del jardín y lo dijo. Yo nací en un pueblo que ya no existe.

Rincón del viajero - Zihuatanejo - Fotografía de Nevena

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La plaza de Coyoacán es buen sitio para pasear un domingo por la tarde, tomar un helado, disfrutar de un pasacalles y conversar con Bárbara y con La Tita. Me gustaría volver algún día por allí, por ejemplo para ver el museo de Frida Kahlo, o para seguirle los pasos a Ramón Mercader (el asesino español de Trotski) o simplemente para tratar de descubrir por qué todo Coyoacán tiene esa atmósfera que recuerda a la vieja Europa. También me gustaría volver a ver a Bárbara dentro de unos años. Aprovecharé, si eso sucede, para supervisar la longitud de esas pestañas imposibles y para recordarle la conversación de aquel domingo.

Era el último domingo. Se iban derritiendo los helados y nos íbamos acordando de los toquecitos delviernes en Garibaldi. Los toquecitos son los calambrazos que suelta una batería de coche con un cable amarrado a cada borne. Se forma un corro de amigos que se dan la mano, dos de ellos agarran un cilindro metálico de los extremos de la batería y el tipo que los vende le va dando cada vez más potencia hasta que alguien en el corro no aguanta el chispazo y se suelta para que la corriente deje de abrirse camino. Por esto, que en cualquier otro sitio del mundo parecería demencial, se pagan unos pesos en México.

Hay una industria de baterías con regulador y vendedores ambulantes de toquecitos. Son hombres de mediana edad que recorren los bares y las plazas concurridas con la batería colgada del hombro, haciendo chocar los cilindros metálicos para que suenen a modo de reclamo. Pero mi anécdota preferida tiene que ver con un profesor de Bárbara: al graciosete maestro de una asignatura de tecnología en un Instituto se le había ocurrido encargar como proyecto para el alumnado una máquina de toques. Cada grupo de alumnos hizo su maquinita, y esta les sirvió para ganar un dinerillo extra: en el patio del recreo pudieron vender calambrazos durante unas semanas al resto de los estudiantes. Me gustaría conocer a ese profesor. Además de colocar la práctica por encima de la teoría, consiguió despertar el instinto mercantil en sus alumnos. Quizá sea esa la esencia de lo que llaman capitalismo. Alguien tiene lo que otros no tienen, se despierta un ánimo consumista en los demás, estos reciben un maltrato a gusto, y a gusto acaban pagando por ello.

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Otros capítulos de la serie Bigotes, caballos y cantinas:

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