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Bigotes, caballos y cantinas (XVII) – El poder del perro

“Cerca de donde vivo, en San Diego, al otro lado de la frontera, el mexicano, se produjo una matanza de 18 niños y mujeres por parte de un cártel de la droga. Me obsesioné por el tema, busqué respuestas, un porqué, y al ver que no existía ningún libro que me las diera decidí escribir yo uno.”

El libro se llama El poder del perro y el hombre que tuvo que escribirlo para encontrar las respuestas responde al nombre de Don Winslow. Yo no sabía de qué trataba la novela, pero se la recomendé a Ángel porque también la recomendaba gente de fiar en asuntos de letras como Carlos Boyero y Martín Sotelo. Ángel me hizo caso y lo compró en una librería del aeropuerto de Barajas, y ese fue el inicio de una pelea entre él y yo por coger el libro en cuanto lo soltaba el otro.

El poder del perro cuenta bien contada una historia brutal y eso es más que suficiente para alentarme a consumir doscientas páginas durante el vuelo de ida. En la primera de ellas uno se encuentra con esta obertura inolvidable: “El bebé está muerto en brazos de su madre. A juzgar por la forma en que yacen los cuerpos (ella encima, el bebé debajo), Art Keller deduce que la mujer intentó proteger al niño. Debía de saber, piensa Art, que su cuerpo blando no podría detener las balas (de rifles automáticos, desde esa distancia), pero el movimiento debió de ser instintivo. Una madre interpone el cuerpo entre su hijo y quien quiere hacerle daño. Así que se dio la vuelta, se retorció cuando las balas la alcanzaron, y después cayó sobre su hijo”. Y a partir de ahí una sucesión de frases cortas y directas al mentón por donde va discurriendo una historia que no deja bien parado a nadie, ni a la DEA, ni a la CIA, ni a la Iglesia, ni al Gobierno mexicano ni al de EEUU; una historia de violencia contra inocentes, tortura, muerte y drogas, pero ante todo una historia sobre la venganza.

Los libros leídos durante un viaje tienen una gracia especial, porque se mezclan en la memoria con el recuerdo del propio viaje. Mucho tiempo después, un simple vistazo a las tapas dañadas por el ajetreo conseguirá evocar en el lector tantos momentos de carretera y manta. El Club Dumas fue lo mejor de uno de mis viajes a la costa, y un maltratado ejemplar de Viajes con Heródoto permanece en la cabecera de mi biblioteca desde unos días que pasé en Portugal. En este viaje he leído también una del siempre interesante Vargas Llosa, pero sin duda el libro que asociaré a partir de ahora con la aventura mexicana será El poder del perro.

Después he seguido los pasos de Don Winslow, y cada vez me cae mejor. Entre otras cosas porque coincido con él en su punto de vista favorable a la legalización de las drogas. Su opinión es especialmente válida, pues es la de un tipo que ha pasado cinco años de su vida investigando el asunto y que ha llegado a esta conclusión: “Los beneficios de la droga son tan altos por un solo motivo: porque está prohibida. Cuanto más alto construya usted el muro para que la droga no entre, cuanto más difícil consigamos hacer los movimientos de los narcotraficantes, paradójicamente les estamos haciendo el favor de que sube el precio de su mercancía. El beneficio no lo da el producto, fácil de producir, lo da el transporte ilegal hacia el consumidor. Cuantos más éxitos cosecha la policía antinarcóticos, más empeora el problema.”

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Otros capítulos de la serie Bigotes, caballos y cantinas:

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