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Libros quemados en 2017 (y II)

«¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debería haberlo hecho? —Se le pasó de pronto por la cabeza—. Pero ¿cómo es posible? Si he hecho siempre lo que correspondía en cada momento», se dijo, rechazando sin más la única solución al enigma de la vida y de la muerte, como si fuera algo completamente imposible.

La muerte de Iván Ilich – León Tolstói

Un día uno de los bandoleros le preguntó: «¿Qué piensas hacer cuando recobres la libertad?» Y César respondió: «Armaré una flotilla, os perseguiré, os capturaré y os haré ejecutar.» El pirata rió la ocurrencia de buena gana y cambió de tema. A poco César pudo reunir el rescate, y en cuanto recobró su libertad cumplió lo prometido: capturó a sus secuestradores y los hizo crucificar.

Julio Cesar. El Hombre Que Pudo Reinar – Juan Eslava Galán

Es lo que tienen las dictaduras, ofrecen siempre satisfacciones con efecto retardado; los mismos que se esfuerzan en no darse por aludidos o por escaquearse, con el paso del tiempo exaltan su papel protagonista. «¡Yo estaba allí, yo estaba allí, y lo vi con mis propios ojos!». Lo que ni siquiera se acerca aproximadamente a la verdad, porque si estaban allí -cosa harto improbable porque los voluntarios eran escasos- hicieron todos los esfuerzos para no mirar y evitarse el peligroso papel de testigo. Porque los testigos de la historia, en una dictadura, o son víctimas o son verdugos, o disimulan para no poner en evidencia al verdugo.

El cura y los mandarines – Gregorio Morán

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En el Café Tournon de París, siguiendo los pasos de Joseph Roth

En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado. Si el fuego había devorado una casa en alguna calle, el lugar del incendio permanecía vacío por mucho tiempo, porque los albañiles trabajaban con lentitud y circunspección, y los vecinos, a los que pasaban casualmente por la calle, recordaban el aspecto y las paredes de la casa desaparecida al ver el solar vacío. ¡Así eran entonces las cosas! Todo cuanto crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive de la capacidad para olvidar rápida y profundamente.

La marcha Radetzky – Joseph Roth

Si pensamos en aquellos de entre nosotros más sobresalientes, los genios que conocemos son aquellos que, llevados por una debilidad de carácter, han luchado por darse a conocer para reafirmarse. Los otros, de haberlos, los autosuficientes, los fuertes de carácter, permanecerán anónimos.

Al principio fue un chiporroteo – Alberto Rodriguez

El rostro magullado y recalentado acusa diversas y sucesivas estupefacciones sufridas a lo largo del día, y algo en él se está desplomando con estrépito de himnos y banderas. Este sujeto, sospechoso de inapetencias y como desriñonado, podría ilustrar no sólo una manera de vivir, sino también la naturaleza social del mundo en que uno vive: mientras el país no sepa qué hacer con su pasado, jamás sabrá qué hacer con su futuro.

Juan Marsé. Mientras llega la felicidad – Josep María Cuenca

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