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Iván Ferreiro

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Querido Iván,

tan sólo quería cocinarte una breve y al grano ración de agradecimiento por haber hecho un puñado de canciones perfectas, inmejorables, inapelables, sencillas, complejas y rotundas como tú.

Tan sólo saber que esas canciones están por ahí, y que uno puede recurrir a ellas en tiempos de zozobra, tan sólo eso es un motivo para volver a confiar en un mundo en el que todavía se puede hacer algo, en el que alguien fabricó belleza donde antes no había más que silencio.

Gracias Iván, por tus canciones para el tiempo y la distancia, por mantener en buena forma tu voz, por tus espasmos y por esa manera de agarrar el micrófono. Por demostrar que la presencia en el escenario no siempre es cuestión de tamaño. Por buscar la verdad a través de la ficción. Por adecuar el verso y la armonía, el fondo y la forma como queremos pensar que lo haría un juglar celta y legendario.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

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Creencias

Creo que el día tiene veinticuatro horas para todos y que es lo que marca la diferencia, a qué dedica cada uno ese tiempo. Mirando las cosas desde esta perspectiva, el pasado y el futuro no importan tanto, y pierden importancia antagonismos como rico / pobre o agraciado / desgraciado. Y tú ¿qué has hecho hoy? ¿qué vas a hacer mañana?

Creo que la multitarea nos está destruyendo. Que hay que hacer pocas cosas pero hacerlas bien. Que hay que vaciar la mente de ruido y de basura y enfocarse en la tarea presente “con los cinco sentidos”, como dice mi abuelo.

Creo que, a pesar de todo lo feo, en el mundo hay belleza y elegancia y sutileza. Y que hay detalles que salvan un día o una semana.

Creo que es posible configurar el futuro visualizándolo y pensando mu fuerte mu fuerte.

Creo que la sociedad da dos pasos hacia delante y uno para atrás, pero que avanza, que el progreso no es un mito. Que cada vez hay menos hambre, más educación, menos violencia y más civilización. Que la vida es cada vez menos difícil para el ser humano. Aunque para darse cuenta de esto haya que mirar los datos a una escala demasiado amplia y demasiado abstracta, y por ello quizá casi incomprensible.

Creo que lo que Sócrates, Omar Khayam y Antonio Machado sabían era esencialmente lo mismo. Que hay algún tipo de verdad profunda y perdurable, un todo que aúna el ímpetu de la acción un cierto poso melancólico ante el sinsentido de la existencia.

Y creo, también, que la más sensata actitud a tomar mientras arde Babilonia es detenerse a recordar. Y observar la belleza de las llamas. Y pedir otra copa de vino.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Libros quemados en 2017 (y II)

«¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debería haberlo hecho? —Se le pasó de pronto por la cabeza—. Pero ¿cómo es posible? Si he hecho siempre lo que correspondía en cada momento», se dijo, rechazando sin más la única solución al enigma de la vida y de la muerte, como si fuera algo completamente imposible.

La muerte de Iván Ilich – León Tolstói

Un día uno de los bandoleros le preguntó: «¿Qué piensas hacer cuando recobres la libertad?» Y César respondió: «Armaré una flotilla, os perseguiré, os capturaré y os haré ejecutar.» El pirata rió la ocurrencia de buena gana y cambió de tema. A poco César pudo reunir el rescate, y en cuanto recobró su libertad cumplió lo prometido: capturó a sus secuestradores y los hizo crucificar.

Julio Cesar. El Hombre Que Pudo Reinar – Juan Eslava Galán

Es lo que tienen las dictaduras, ofrecen siempre satisfacciones con efecto retardado; los mismos que se esfuerzan en no darse por aludidos o por escaquearse, con el paso del tiempo exaltan su papel protagonista. «¡Yo estaba allí, yo estaba allí, y lo vi con mis propios ojos!». Lo que ni siquiera se acerca aproximadamente a la verdad, porque si estaban allí -cosa harto improbable porque los voluntarios eran escasos- hicieron todos los esfuerzos para no mirar y evitarse el peligroso papel de testigo. Porque los testigos de la historia, en una dictadura, o son víctimas o son verdugos, o disimulan para no poner en evidencia al verdugo.

El cura y los mandarines – Gregorio Morán

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En el Café Tournon de París, siguiendo los pasos de Joseph Roth

En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado. Si el fuego había devorado una casa en alguna calle, el lugar del incendio permanecía vacío por mucho tiempo, porque los albañiles trabajaban con lentitud y circunspección, y los vecinos, a los que pasaban casualmente por la calle, recordaban el aspecto y las paredes de la casa desaparecida al ver el solar vacío. ¡Así eran entonces las cosas! Todo cuanto crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive de la capacidad para olvidar rápida y profundamente.

La marcha Radetzky – Joseph Roth

Si pensamos en aquellos de entre nosotros más sobresalientes, los genios que conocemos son aquellos que, llevados por una debilidad de carácter, han luchado por darse a conocer para reafirmarse. Los otros, de haberlos, los autosuficientes, los fuertes de carácter, permanecerán anónimos.

Al principio fue un chiporroteo – Alberto Rodriguez

El rostro magullado y recalentado acusa diversas y sucesivas estupefacciones sufridas a lo largo del día, y algo en él se está desplomando con estrépito de himnos y banderas. Este sujeto, sospechoso de inapetencias y como desriñonado, podría ilustrar no sólo una manera de vivir, sino también la naturaleza social del mundo en que uno vive: mientras el país no sepa qué hacer con su pasado, jamás sabrá qué hacer con su futuro.

Juan Marsé. Mientras llega la felicidad – Josep María Cuenca

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Libros quemados en 2017 (I)

diciembre 31, 2017 Deja un comentario

Viva España

noviembre 25, 2017 3 comentarios

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Un país de la envidia, cuna de Caín, con un guerracivilisimo mal enterrado que aflora a primeras de cambio.

Una casta política corrupta en su esencia. Una Constitución obsoleta en cuatro décadas.

Un partido gobernante que paga su sede en dinero negro, y unos millones de votantes a los que les da igual.

Un nacionalismo victimista, cateto y molesto como fatalidad histórica.

Una deuda que no deja de crecer. Una población que no deja de envejecer.

Unos presupuestos que son, año tras año, mentira. Una justicia controlada por la partitocracia. Una injusticia tras otra publicadas en el Boletín Oficial del Estado.

Unos pocos fachas de ayer, de hoy y de siempre que añoran el franquismo. Unos -muchos- antifranquistas que lo añoran aún más.

Un capitalismo de amiguetes. Un 15-M que degenera en partido de disciplina estalinista. Una regeneración que nunca llega.

Y sin embargo, a pesar de los pesares, un país que, a su manera, funciona e incluso progresa. Si miramos con la lupa en muchos puntos, parece que mejora.

¿Por qué será? No lo sé.

No lo sé, pero hoy, y sin que sirva de precedente, tengo ganas de decir aquí, sin mayúsculas, sin signos de exclamación y en bajito, por si acaso: viva España.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Antes del primer trago

octubre 28, 2017 1 comentario

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El disfrute empieza al escoger entre las que tienes en casa, y sigue con la duda final entre dos o tres de ellas, y continúa con la decisión tomada, el tacto de cristal, el peso de la elegida.

Si la información del etiquetado es amplia y buena, antes de abrir la botella ya puedes imaginar el color y los brillos, fieramente violáceos en tintos jóvenes, anaranjados y domados por la madera en los más vetustos, o pajizos o dorados en los verdejos o en los albariños.

No siempre sucede, pero a veces al descorchar y oler ya tienes la confirmación de un acierto. Y si no la hay no pasa nada, aún estás a tiempo de detenerte un momento a mirar en ese corcho la impresión del nombre de la bodega, a valorar el tamaño y la calidad del material.

Hay algo de violento en el primer golpe del líquido contra el cristal de la copa, y el sonido que se produce también cuenta como gozoso preliminar, aunque para entonces ya estarás más atento a lo del color y a lo de los brillos, a la opacidad o traslucidez, a la lágrima de alcohol que bajara más limpia o más teñida.

¿Por qué será que huele tan distinto antes, en parado, o después, tras agitar y remover sin miedo la copa, hasta casi desbordarla? ¿Por qué dirán tantas tonterías los catadores, si a ti solo te huele a lo que es, y bien, muy bien, cuando cierras los ojos y aspiras con fuerza y te concentras y sonríes?

Todavía te detienes un momento a valorar los años que han pasado desde que alguien plantó la cepa, y la afortunada mezcla de tierra y sol, piel, madera y cristal que lo ha llevado hasta aquí, precisamente ahora. Y sólo entonces llega, por fin, para empezar, el primer trago.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

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Cerveza y amistad

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Me gusta la cerveza Voll Damm y la sensación tras una de esas latas a estómago vacío capaces de mecer dulcemente el planeta.

Me gusta la cerveza Mahou clásica, quizá por regionalismo o quizá por mitomanía de parque y litrona, o será por un logotipo al que uno se siente afín como si se tratase del escudo de tu equipo de fútbol.

Me gusta la cerveza Guinness, y el vaso de pinta con el dibujo del arpa, la belleza café coronada de espuma cremosa esperando el primer trago; a poder ser, eso sí, en un pub de Inglaterra: madera, maqueta y ruidosos compañeros ingleses que ya están pidiendo otra.

Me gusta imaginar una jarra helada en tiempos de calor y sed. Me gusta tocar el cristal frío de los tercios. Me gusta el sabor amargo y me gustaría poder recordar el momento en que dejó de parecerme insoportablemente fuerte y me empezó a gustar, uno de tantos ritos de paso a la edad adulta.

Y me gusta la imagen de una caja repleta de botellines ya vaciados por un grupo de amigos. Como si poniendo el oído todavía se escuchasen las bromas y las risas; como si al otro lado del reflejo estuviera allí, retratada, la amistad.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.