Archivo

Archivo del autor

Libros quemados en 2020 (II)

Pertenecemos a una civilización vinícola. El vino nos rodea, envuelve, penetra, influye en nuestra cultura. La vid, la viña y el vino forman parte de nuestro acervo ancestral y han estado con nosotros desde siempre. Nos acompañan desde que descubrimos accidentalmente a qué sabía el vino, cuáles eran sus diversos gustos, cómo conseguirlos, cómo elaborarlo, cómo conservarlo, de la misma manera que aprendimos a hacer y a conservar el fuego. Desde la Antigüedad venimos juntos, y el vino viaja ahora a través de la historia con nosotros. Y sentimos que así será hasta el fin de los días. El vino es algo que trabajamos, vendemos, compramos, bebemos, disfrutamos y guardamos. Del vino hablamos y sobre el vino pensamos, escribimos… El vino nos ha hecho como somos. Es parte de nuestra civilización y nos ha civilizado.

Pasión por el vino – Joan C. Martín

La mayoría parecían felices, sin una razón concreta, sólo porque se veían reunidos en gran número. No obstante, algunos se hallaban sentados a la mesa con la cabeza apoyada en las manos, mirando fijamente al vacío. A éstos se les dejaba que miraran y nadie se ocupaba de ellos.

La montaña mágica – Thomas Mann

Alto, delgado, aún guapo, de piel tostada, con el pecho hundido y las piernas combadas, el pelo corto, fuerte y blanco, era para mí la viva imagen del héroe que había conocido el fuego y la sangre en lejanas guerras en las que a mí entonces, cuando aún jugaba con espadas de madera, me habría gustado combatir. Más tarde, me enteré de que, en realidad, fue un desertor.

Hacerse el vivo – Martín Sotelo

En la Venta de Vargas (San Fernando, Cádiz), 9 años después

Siempre he defendido que si alguien tiene un hijo es por su santa voluntad, y que se debería comprometer a mantenerlo durante toda su vida, si es necesario.

Siempre estoy del lado del hijo cuando algún padre se queja de que el suyo no se va de casa a trabajar, a ganarse el pan como todos, a luchar por la vida. ¿A luchar por la vida? Si sabías que venía a «luchar», ¿por qué lo has traído? No estoy haciendo teoría. Yo siempre conté con que mis padres me proporcionarían comida, casa y algo de dinero en un caso de apuro. Me parecía que era su deber y no un capricho mío. Estar convencido de tener ese derecho me dio mucha seguridad.

Diarios 1999-2003 – Iñaki Uriarte

Porque alguien contó historias
de pescadores en la playa,
cuando vuelven: la raya del amanecer
marcando, lívida, el límite del mar,
y asan sardinas frescas
en espetones, sobre la arena.
Lo imagino enseguida.
Y me coge un deseo de vivir
y ver amanecer, acostándote tarde,
que no está en proporción con la edad que ya tengo.

Antología poética – Jaime Gil de Biedma

El alcohol, entumecedor de la sensibilidad y enromador de la mente, acicate de la dejadez, compresor del tiempo, diluidor del humor y la energía, inductor de involutivas euforias y de planes semejantes a los del tuberculoso terminal; tal mi padre físico, deshaciéndose, desahuciado, en emorescentes espejismos.

El alcohol, atizador de anhelos sin consistencia futura y de nostalgias sin asidero en el pasado, supresor al tiempo de las armas con que la razón y la carne combaten esas dos carcomas, descarriadoras de la voluntad, que son la nostalgia y el anhelo.

Memorias de Memoria – Jesús Pardo

Categorías:Libros Etiquetas: , , , ,

Libros quemados en 2020 (I)

diciembre 31, 2020 1 comentario
Categorías:Libros Etiquetas: , , , ,

American Pie (canción de Don McLean)(1971)

octubre 28, 2020 1 comentario

Hace unos días hallé, entre mis viejos papeles de la época en la que fui estudiante del Instituto de Enseñanza Secundaria Ignacio Ellacuría de Alcalá de Henares, unos folios con la letra y la traducción de la canción American Pie de Don McLean. El origen de estas hojas parece ser el típico ejercicio de enseñanza de idiomas en el que se dedica una clase a escuchar un canción, estudiar su letra y posteriormente revelar su traducción. Y digo parece ser porque no fui yo sino Nazaret quien asistió a esa clase, y quien hace algunos años me dio esas hojas que ahora han aparecido.

El asunto no tendría mayor recorrido si no fuera porque el profesor José Manuel Bueso tuvo a bien añadir una hoja adicional de notas para contextualizar y explicar muchos de los versos de la canción. He pensado que publicar aquí esas notas abriría la remota posibilidad de que alguien interesado en el verdadero significado de la canción las pudiera disfrutar. Así mismo la pulida traducción que el profesor entregó a los alumnos es un trabajo que brilla con luz propia en comparación con las traducciones encorsetadas y literales que he podido ver en Internet.

Las Notas son un destacable esfuerzo por parte de un docente entusiasta y culto que intenta transmitir ese entusiasmo y esa cultura a sus adolescentes alumnos. La relectura de esas palabras reafirma mi nostálgico recuerdo de aquellos días: en los últimos años del siglo XX en aquel Instituto germinó cierta magia; allí coincidimos un irrepetible puñado de profesores y un alumnado que era el caldo de cultivo propicio.

LETRA

A long, long time ago
I can still remember how that music used to make me smile
And I knew if I had my chance
That I could make those people dance
And, maybe, they'd be happy for a while

But February made me shiver
With every paper I'd deliver
Bad news on the doorstep
I couldn't take one more step

I can't remember if I cried
When I read about his widowed bride
But something touched me deep inside
The day the music died

So,
{refrain}
Bye-bye, Miss American Pie
Drove my Chevy to the levee
But the levee was dry
And them good old boys were drinkin' whiskey and rye
Singing: This'll be the day that I die
This'll be the day that I die

Did you write the book of love
And do you have faith in God above
If the Bible tells you so?
Do you believe in rock 'n roll
Can music save your mortal soul?
And can you teach me how to dance real slow?

Well, I know that you're in love with him
'Cause I saw you dancin' in the gym
You both kicked off your shoes
Man, I dig those rhythm and blues
I was a lonely teenage broncin' buck
With a pink carnation and a pickup truck
But I knew I was out of luck
The day the music died

I started singin'
{refrain}

Now for ten years we've been on our own
And moss grows fat on a rollin' stone
But that's not how it used to be
When the jester sang for the king and queen
In a coat he borrowed from James Dean
And a voice that came from you and me

Oh, and while the king was looking down
The jester stole his thorny crown
The courtroom was adjourned
No verdict was returned
And while Lennon read a book of Marx
The quartet practiced in the park
And we sang dirges in the dark
The day the music died

We were singing
{refrain}

Helter skelter in a summer swelter
The birds flew off with a fallout shelter
Eight miles high and falling fast
It landed foul on the grass
The players tried for a forward pass
With the jester on the sidelines in a cast

Now the half-time air was sweet perfume
While the sergeants played a marching tune
We all got up to dance
Oh, but we never got the chance!
'Cause the players tried to take the field
The marching band refused to yield
Do you recall what was revealed
The day the music died?

We started singing
{refrain}

Oh, and there we were all in one place
A generation lost in space
With no time left to start again
So come on: Jack be nimble, Jack be quick!
Jack flash sat on a candlestick
Cause fire is the devil's only friend

Oh, and as I watched him on the stage
My hands were clenched in fists of rage
No angel born in hell
Could break that satan's spell
And as the flames climbed high into the night
To light the sacrificial rite
I saw satan laughing with delight
The day the music died

He was singing
{refrain}

I met a girl who sang the blues
And I asked her for some happy news
But she just smiled and turned away
I went down to the sacred store
Where I'd heard the music years before
But the man there said the music wouldn't play

And in the streets: The children screamed
The lovers cried, and the poets dreamed
But not a word was spoken
The church bells all were broken
And the three men I admire most
The father, son, and the holy ghost
They caught the last train for the coast
The day the music died

And they were singing
{refrain}

LETRA TRADUCIDA

 El Pastel Americano
 Hace mucho, mucho tiempo 
 Todavía puedo recordar cómo me hacia sonreír aquella música;
 Sabía que si disponía de una oportunidad,
 podía hacer bailar a aquella gente,
 y tal vez serían felices un rato.
  
 Pero febrero me hacía temblar
 con cada periódico que repartía:
 malas noticias en cada portal;
 no podía dar un paso mas
  
 No recuerdo si me eché a llorar
 cuando leí lo de su novia enviudada,
 pero algo muy dentro de mí se conmovió
 el día en que murió la música
  
 (Estribillo) :
 Adiós, Chica del Pastel  Americano
 Llevé mi Chevrolet al dique
 pero el dique estaba seco
 Y los chicos de toda la vida
 bebían whisky y alcohol de centeno
 y cantaban este será el día en que me muera
 este será el día en que me muera
  
 ¿Escribiste tú el Libro del Amor?
 ¿Acaso tienes fe en el Dios del cielo,
 si es lo que te dice la Biblia?
 ¿Crees en el Rock & Roll?
 ¿Puede la música salvar tu alma mor(t)al?
 ¿Y puedes enseñarme los bailes superlentos?
  
 Vale, se que estas enamorada de él;
 porque os vi bailar en el gimnasio
 los dos os quitasteis los zapatos.
 Tío, como me mola el Rythm & Blues
  
 Yo era un chavalote adolescente, solitario
 con un clavel y una camioneta,
 pero sabía que se me había acabado la suerte
 el día en que la música murió
  
 (estribillo)
  
  Y hoy llevamos diez años solos
 Y resulta que los cantos rodados también se enmohecen
 aunque antes no era así.
 Cuando el bufón cantó para los monarcas
 con una chaqueta de James Dean
 Y una voz que vino de ti y de mí,
 el bufón le robó su corona de espinas;
 se levantó la sesión en la corte (de justicia)
 y no hubo veredicto
 y mientras Lennon leía el libro de Marx,
 el cuarteto practicaba en el parque
 y nosotros cantábamos un réquiem en la oscuridad
 el día en que murió la música
  
 (estribillo)
  
 -...Mogollón en lo más abrasador del verano...-
 -...Los Pájaros vuelan con un refugio nuclear...-
 -...A ocho millas de altura y cayendo a toda velocidad...-
 -.. Y aterriza (el balón) fuera de banda ...-
 -... Los jugadores  intentan un pase a la delantera ...-
 - .. y el bufón en el banquillo escayolado...-
 -... En el descanso del partido el aire tenía un dulce aroma
 -.., mientras los Sargentos tocaban una marcha militar ...-
 -Nosotros nos levantamos a bailar...
 pero no pudimos hacerlo
 porque los jugadores intentaron apoderarse del campo
 y la banda de música se negó a ceder
 ¿Recuerdas lo que nos fue revelado
 el día en que murió la música?
  
 (estribillo)
  
 Y allí estábamos todos en un mismo lugar
 una generación perdida en el espacio
 sin tiempo para empezar de nuevo
 Venga Jack date prisa, Jack espabila
 Y Jack el Rápido se puso un cohete en el culo
 Porque el fuego es el único amigo del Diablo
  
 Y mientras le observaba sobre el escenario
 apretaba los puños con rabia;
 ningún Ángel del Infierno
 poda romper ese hechizo satánico
  
 Y cuando las llamas se elevaron en la noche
 para iluminar el rito sacramental
 pi a Satán reir de gozo
 el día en que murió la música
  
 (estribillo)
  
 Conocí a una chica que cantaba blues
 y le pedí buenas noticias
 pero ella simplemente sonrió y se marchó
 bajé a la tienda sagrada
 donde había oído la música años atrás,
 pero el señor de la tienda me dijo que ya no se tocaba
  
 Y en las calles los niños gritaban,
 los amantes lloraban y los poetas soñaban;
 todas las campanas de las iglesias estaban rotas
 y mis tres hombres mas admirados,
 el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
 se largaron en tren a la costa
 en día en que la música murió
  
 (estribillo) 

NOTAS :

(Dada la densidad de juegos de palabras intraducibles y de alusiones al contexto socio-cultural norteamericano de los años 60 y 70 , el texto de la presente traducción puede parecer enigmático, incomprensible, o simplemente absurdo si no va acompañado de las aclaraciones pertinentes que -me temo- pueden ser prolijas. Lo que no tiene remedio, es la rima del original, y el registro de términos coloquiales y dialectales, que se pierden inevitablemente en la traducción)

1. El Pastel Americano [American Pie] Los propios norteamericanos anglosajones reconocen la tarta o pastel de manzana [Apple Pie] hecho por su mamá como uno de los símbolos más cursis, entrañables y horteras de los “valores familiares” de la América profunda, comparable al pavo del Día de Acción de Gracias. Mofarse de la tortilla o de la paella no tendría entre nosotros el mismo impacto.

2. Lo de su novia enviudada [his widowed bride] Un valeroso joven ha muerto en combate en Viet Nam y la novia con la que estaba a punto de casarse [bride: la novia en el altar] se convierte en viuda aun antes de ser esposa: la propaganda bélica llenaba los medios de comunicación de “historias patrióticas” llenas de patetismo.

3. Adiós, Chica del Pastel [Bye, bye Miss American Pie] Se podría haber conservado el término “Miss” en la traducción, ya que se alude- entre otras cosas- a un concurso de “misses”- aunque no se trate de un concurso de belleza sino de cocina. En los EE UU, sobre todo en los estados del Sur y del Medio Oeste (conservadores, rurales, agrarios) se celebran concursos de todo tipo coincidiendo con los ciclos agrícolas anuales. La chica del título es una “buena chica de pueblo” que sabe cocinar el pastel (edípico) como mamá … También representa todo un estilo de vida y unos valores que la guerra y las transformaciones de los 60 iban a barrer … (hasta que llegó Reagan para intentar reimplantarlos)

4. Llevé mi Chevrolet… [Drove my Chevy…] En el original se utiliza la abreviatura coloquial “Chevy”, con fuertes matices afectivos. Ningún otro coche (salvo quizás el Ford T de 1916) ha simbolizado nunca tan claramente lo que significa el automóvil en las ideologías, mitologías y sentimientos de los norteamericanos. El mítico Oeste de horizontes ilimitados se conquistó, según la leyenda, a caballo y a punta de pistola. En el siglo 20 las armas se hicieron más potentes y el caballo cedió paso al automóvil, sobre todo a partir de los años 50, cuando se hizo popular el gigantesco y brioso Chevrolet. Ambas tecnologías- coches y armas- continúan siendo hoy el símbolo del individualismo, de la libertad de empresa, incluso de la virilidad: el capitalismo puro, la idea misma de América hecha metal y velocidad, la utopía entendida como autopía. Datos: en los EE. UU. se conduce (16 años) antes de poder votar (18 ó 21 años); se suele aprender a conducir -irónicamente- en las escuelas públicas, no en centros privados de enseñanza vial como en España. Ciudades como Los Ángeles han sido definidas como autopistas habitadas. La mayoría de los norteamericanos consideran que la seguridad social no es un derecho constitucional, pero tener automóvil y armas de fuego sí. Hasta la crisis del petróleo de 1973, los aparatosos automóviles como el Chevrolet simbolizaban el poderío de un crecimiento económico sin límites, frente a la pequeñez de los coches europeos. Nada dañó tanto el narcisismo colectivo de los norteamericanos, aparte de la derrota de Viet Nam, como la caída de la industria de Detroit en los 80 ante la llegada de los coches japoneses y coreanos. Los asiáticos -comunistas o capitalistas- no paraban de infligirles derrotas.

5. Si es lo que te dice la Biblia [“if the Bible tells you so”] La creencia en una interpretación “literal” de la Biblia esté muy extendida entre las comunidades protestantes del llamado “Bible Belt” (Cinturón Bíblico) del Sur y Medio Oeste agrícola y conservador. Hay que tener en cuenta que dicha zona de América, en la mentalidad de sus habitantes, es la Nueva Jerusalem: en  lenguaje laico, la utopía teocrática de unos integristas del siglo XVI hecha realidad en el nuevo mundo. Lo irónico es que Jomeini considerase a los Estados Unidos como una nación Satánica, cuando muchos norteamericanos comparten en nombre de la Biblia unos valores muy similares a los que el ayatolá defendía en nombre del Corán. Juntar la blasfemia desmesurada en los años 60 (hoy es un recurso banal de los televangelistas; en América lo desmesurado se hace banal y lo banal desmesurado).

6. Y los cantos rodados también se enmohecen (and moss grows fat on a Rolling Scone) Triple alusión; un refrán típico dice a rolling stone gathers no moss -literalmente, “a los cantos rodados no les sale musgo”; es decir, el movimiento y el cambio constante, el nomadismo físico e intelectual, impiden que uno se anquilose (irónicamente, esto también es un mito de la modernidad norteamericana). El autor lamenta que ya no se cumpla el adagio: los rebeldes de antaño se han acartonado también. (En la jerga contemporánea denominaríamos este sentimiento como post-moderno) También se alude a los Rolling Stones, y a la canción de Bob Dylan “Like a Rolling Stone”. símbolos de rebeldía reabsorbidos por el sistema. El bufón acaba cantando para los monarcas

7. Mientras Lennon. Juegos de palabras: Lennon/ Lenin; the book of Marx/Mark’s/ marks: el libro de Marx; el libro (evangelio) de Marcos; el libro (cuaderno) de notas (del profesor). El cuarteto del parque son obviamente los Beatles.

8. Mogollón… En el original, helter-skelter, término difícil de traducir que connota confusión, atropello, precipitación y violencia. Con ese título, los Beatles compusieron una canción que muchos críticos consideran un antecedente del Heavy Metal. Los miembros de la familia Manson alegaron haberse inspirado en dicha canción para cometer los atroces asesinatos rituales que les hicieron famosos en 1969. Escribieron Helter Skelter en las paredes de la casa de sus víctimas con la sangre de éstas. (en esta estrofa se yuxtaponen / ensamblan titulares de noticias de la época en una especie de collage)

9. Los pájaros (the birds/ Byrds) Alusión a los Byrds (con y), un grupo de los 60/70; también se denomina “pájaros” (birds) en la jerga militar a los misiles con cabeza nuclear

10 Todos en un mismo lugar … El Festival de Woodstock

11. Una generación perdida en el espacio (A generation lost in space) Alusión a la famosa “generación perdida” de escritores norteamericanos que vivieron “exilados” en Europa durante los arios 30 (Hemingway es el más famoso), Se combina esta alusión de forma irónica con una referencia a la serie de TV de los años 60 “Lost in Space” (Perdidos en el Espacio). Esta mezcla irónica de la cultura “seria” y la de “masas” se denominaría postmoderna en la jerga critica contemporánea

12. Jack date prisa… ( Jack be nimble, Jack be quick) Alusión a un refrain anglosajón. El original dice “Jack sat on a candlestick”; literalmente, “Jack se sentó en una vela”. La traducción “un cohete en el culo” me ha parecido la más comprensible.

13. Ningún Ángel del Infierno ... Hell’s Angels; Banda de motoristas anarco-neonazis de finales de los 60 y principios de los 70 cuyas tendencias estéticas y políticas pueden considerarse precedentes de los skinheads de los años 90. Adquirieron notoriedad a raíz de que a los Rolling Stones se les ocurriera la perversa idea de encargarles del servicio de seguridad de uno de sus conciertos y de pagarles con barriles de cerveza. Algún hippie resultó muerto. La contracultura y la pura barbarie se confundieron por un momento.

13. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta supuesta blasfemia, que en el original va con una rima muy festiva, motivó la prohibición de “American Pie” en las emisoras de radio norteamericanas


La canción intepretada en directo por Don McLean en 1972:

La versión acortada que Madonna hizo en 2000:

Cover de Jon Bon Jovi en 2014:

Categorías:Música Etiquetas: , ,

Libros quemados en 2019 (II)

Luego, una sola voz se elevó sobre el alboroto preguntando: —¿Dónde está el valiente? Cien voces gritaron la respuesta: —Lo arrastramos al horno para asarlo. —¿Dónde está el cobarde? —preguntó la voz. —Ha ido a llevar la noticia —respondieron las cien voces—. Ha ido a llevar la noticia. Ha ido a llevar la noticia.

Relatos de los mares del Sur – Jack London

 

La separación radical de la opinión y la información era un concepto que chirriaba en la prensa nacional, que las mezclaba sin rubor. Podías coger los cuatro principales periódicos del país y leer versiones opuestas de los mismos hechos, adaptados a la línea editorial o interés de cada diario. Luego, en reuniones y debates, los grandes editores se preguntaban el porqué de la pérdida de credibilidad de la prensa.

El Director – David Jiménez

 

Cuando acudí al flamenco en busca de puntales, me recibió con un abrigo. Poca fuerza, mucho amparo. Porque el cante no patrocina esa soberbia empresa humana de querer domesticar la realidad.

Ramo de coplas y caminos – Pedro Lopeh

Hemingway

Con Hemingway en Pamplona

Sólo años después aprendí que las palabras son más poderosas que los hechos… y me echo a reír cada vez que oigo la popular frasecita: “¡Hechos y no palabras!”. ¡Qué débiles son los hechos! ¡Una palabra, queda, un hecho pasa! Hasta un perro puede realizar un hecho, pero una palabra sólo la pronuncia un ser humano. Los hechos y las acciones son meros fantasmas en comparación con la realidad, y sobre todo con la realidad sobrenatural de la palabra.

Confesión de un asesino – Joseph Roth

 

La vida a veces se hace intolerable, se hace demasiado brillante, o dolorosa, o preocupante, o confusa. A veces parece que la simple claridad del día te deslumbra, o que los recuerdos se hacen ensordecedores: entonces la conciencia necesita apartarse un poco, escabullirse de la realidad, y nada como un poco de alcohol para lograr el milagro de convertir el mundo en el sitio intrascendente y amable que debería ser. Beber venía a ser la forma de compensar un exceso de realidad.

Y, al final, el tiempo – Alberto Rodríguez

 

Ya nunca beberé ron… sólo un dedal, para darme buena suerte, en cuanto tenga a mano una barrica.

La isla del tesoro – Robert Louis Stevenson

 

Libros quemados en 2019 (I)

Categorías:Uncategorized

Los otros independentistas

ESTELADAS

Quiero pensar que hay independentistas que busquen una secesión tranquila, pactada y con apoyo de una clara mayoría. Que estén pensando en un proyecto de dimensión (al menos) generacional.

Quiero pensar que hay independentistas que invoquen la democracia que yo creo verdadera: una que no va de votar cada cuatro años sino de soportar entre todos el peso de la soberanía; una que no trata de imponer la tiranía de la mitad más uno, sino la sensatez de lo mejor para todos.

Quiero pensar que hay independentistas que afrontan la autodeterminación del futuro sin renunciar a la memoria del pasado compartido, a esa mezcla de gloria y vergüenza, de Imperio y de espanto que nos ha llevado hasta aquí. Los que aceptan su cuota de deuda y no sólo su reparto del botín.

Porque hay otros independentistas, sé que los hay, que apelan a derechos pero no quieren saber nada de deberes. Victimistas que dibujan una historia que no existió y prometen un futuro que no puede existir. Cortoplacistas que tanta tensión y tanto odio causan, irresponsables que secretamente suspiran por más violencia, fachas periféricos cuyo perfume reivindicativo no consigue tapar su peste a supremacismo.

Sé que los hay, sí, y que no dejan de dar la tabarra. A veces parece que van a ganar la batalla por aburrimiento de un contrario que al final ceda al grito de “tanta paz lleves como descanso dejas”.

Pero yo quiero pensar que también hay independentistas que de corazón busquen una democracia más directa y más cercana. Y que desde lo local o lo regional podrían sumarse voluntariamente a algunas ideas de fraternidad tan bellas: la de una Europa de los pueblos, la de una unión Ibérica o la de una gran alianza Hispanoamericana.

Y quiero también pensar que los hay, por qué no, independentistas a los que, como a mí, les de tanta pena la bandera de los unos en el balcón como la bandera de los otros en el estadio.

Ir a descargar

Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares.

Libros quemados en 2018 (y II)

En lo que a mí respecta, me gustaría resucitar, al menos en el ámbito de la literatura, ese universo de sombra que estamos disipando… Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo.

El elogio de la sombra – Junichirô Tanizaki

A veces salía de la ciudad y se alejaba por la carretera. En una ocasión incluso se había internado en un bosque. Pero cuanto más solitario y apartado era el paraje, más claramente percibía Raskolnikof la presencia de algo semejante a un ser, cuya proximidad le aterraba menos que le abatía. Por eso se apresuraba a volver a la ciudad y se mezclaba con la multitud. Entraba en las tabernas, en los figones; se iba a la plaza del Mercado, al mercado de las Pulgas. Así se sentía más tranquilo y más solo.

Crimen y castigo – Fiódor Dostoyevski

Para mí constituye un placer supremo viajar solo y en coche. Casi nunca pongo la radio y muy pocas veces música. Contemplo el paisaje, pienso en el libro que estoy escribiendo, repito en voz alta los chistes que siempre me hacen reír, recuerdo a mis amigos muertos, dejo que corran mis lágrimas a solas, canto canciones de la niñez, me recito versos que conozco de memoria, abro la ventana y huelo los olores de las cuatro estaciones, me río alegre por la viveza de mis sentidos, del hecho de estar vivo, y siento mi existencia y el mundo alrededor en su desorden y alborozo. Disfruto con hondura de mi soledad y no entiendo cómo existe gente a la que le aburre viajar en un coche sin compañía alguna: pocas cosas hay en la vida tan libres, pura aventura. Creo que es algo parecido a lo que debieron de sentir los hombres de antaño cuando montaban sobre un caballo, picaban espuelas y cabalgaban por bosques o desiertos.

Canta Irlanda – Javier Reverte

DUDAS

En la bahía de San Francisco, junto a las aguas donde se forjó Jack London

Esta divergencia entre nuestro entorno y lo que nuestra genética espera se denomina en biología <discordancia evolutiva>, y es la causa principal de las enfermedades crónicas que nos afectan. La medicina utiliza fármacos para enmascarar los síntomas causados por estas discordancias, pero es incapaz de atacar el problema de raíz: falta de adaptación de nuestros genes al entorno moderno. Hablo de entorno en sentido amplio. No me refiero tanto a un sitio físico concreto como al conjunto de nuestros hábitos y comportamientos diarios.

Fitness Revolucionario. Lecciones ancestrales para una salud salvaje – Marcos Vázquez

Seguro que al llegar aquí te impacientarás y dirás: pero bueno, ¿cuáles fueron esas maravillas realizadas por los atenienses? A lo que tendré que responderte: en realidad, todo tipo de cosas; aunque se interesaron en particular por dos: la verdad y la belleza.

Breve historia del mundo – Ernst H. Gombrich

Zwonimir se ha pasado la vida durmiendo en duros bancos «de madera de roble auténtica», suele decir bromeando. No tolera el calor de la cama y tiene pesadillas si el lecho es demasiado blando. Tiene una constitución sana, se acuesta tarde y se levanta con el viento matinal. Corre por su cuerpo sangre campesina; no lleva reloj y siempre sabe qué hora es; predice la lluvia y el sol, siente el olor de lejanos incendios y tiene presentimientos y sueños.

Hotel Savoy – Joseph Roth

Libros quemados en 2018 (I)

Postcards to Kiyoshi: Los Ángeles

noviembre 11, 2018 2 comentarios

Querido K.:

Lo siguiente que me viene a la mente es una recomendación efusiva: Don’t go to L.A.! Don’t go to L.A.! Nos la daba Joe, el guía de la bodega de Napa Valley, cuando le dijimos que estábamos de viaje por California y que pensábamos ir a Los Ángeles, pero lo dijo con una sonrisa resignada, que era casi la misma que, días después, tenía un conductor de Uber cuando le contamos nuestros planes para el día siguiente: No vayan al paseo de la fama, no vayan a Hollywood Boulevard, hay mucha gente y nada que ver… Te dicen que no vayas pero saben que vas a ir y que luego vas a volver a tu país diciendo que Los Ángeles no tiene nada interesante, que no merece la pena dedicarle más de uno o dos días…

Nos lo pintaron tan mal que íbamos con tan bajas expectativas que… al final la cosa fue mejor de lo que esperábamos. Mi recuerdo de L.A. no es malo: llegamos un sábado por la tarde y nos fuimos un lunes al anochecer, y en ese plazo hicimos -qué si no- de turistas. Nos bañamos en la playa de Santa Mónica, visitamos Venice Beach, conocimos Hollywood Boulevard, vimos el paseo de la fama y las huellas frente al teatro chino, nos perdimos con el con el coche por Beverly Hills y atravesamos Rodeo Drive, subimos al observatorio Griffith y desde allí hicimos algunas fotos a la ciudad y al cartel de Hollywood, paseamos por el Pier de Santa Mónica y por Muscle Beach, y aún tuvimos tiempo para hartarnos de pasear por el downtown: ya sabes: El Pueblo, Union Station, Japantown, Grand Central Market y unos cuantos rascacielos.

No hay nada especialmente bello y no nos pasó nada especialmente memorable. Entonces ¿por qué he elegido Los Ángeles para esta segunda postal? Quizá por que fuimos felices aquel domingo en aquella ciudad soleada, al final de nuestro viaje, con el cuerpo y la mente ya bregados en kilómetros, cambios de hotel y pateos descomunales, con las maletas casi agotadas y la certeza de un regreso inminente. A esas alturas del viaje yo me sentía muy a gusto con el país, con la decisión de haber ido, con las experiencias vividas, con mi compañera de andanzas y con la dinámica que habíamos sabido establecer. Y Los Ángeles era un buen escenario ¿Qué otra cosa, sino eso, es aquella ciudad?

Llegamos allí conduciendo desde Las Vegas. ¿Cuántos millones de personas habrán hecho ese trayecto de 3 horas? Recuerdo la inmensidad del desierto, esas rectas de 30 km, los camiones tan enormes como icónicos y el tráfico denso pero fluido, casi siempre levemente por encima del límite de velocidad. A la salida de Las Vegas habíamos parado un momento a hacernos la foto tontorrona con el cartel, y a mitad de camino comimos en Calico, en el Peggy Sue’s original, donde por cierto me pareció que casi la mitad de la clientela éramos españoles, Cosas así me dan que pensar sobre mi país y nuestro comportamiento como turistas: quizá seamos lo suficientemente audaces para lanzarnos a viajar hasta allí, pero a la vez nos adherimos al topicazo de la ruta prefijada. Psicología de plaga predecible.

Mientras entrábamos en Los Ángeles fui marcando los checks a mi lista mental de cosas de esas que ya sabes pero que tienes que comprobar por ti mismo. La ciudad es enorme y parece infinita mientras vas dejando atrás desvíos, urbanizaciones, polígonos industriales, parques, subidas y bajadas, las autopistas tienen un número disparatado de carriles, en los carteles vas viendo nombres que te suenan (Pasadena, Santa Mónica, Marina del Rey, El Monte…) y en algún momento, ya llegando al destino, empiezas a callejear por barrios de casas unifamiliares con un césped a la entrada y toda la pinta de haber salido en alguna de esas series o pelis que te han educado en remoto desde tu infancia.

Nuestro hotel estaba en Santa Mónica, en una zona tranquila y a no mucha distancia de Venice Beach o del famoso Pier con el parque de atracciones y el cartel indicando el final de la Ruta 66. Era fin de semana y había mucha gente, el muelle estaba muy animado y en los restaurantes era difícil conseguir una mesa. Nos bañamos muy brevemente en el Pacífico, porque el viento y las olas eran muy molestos. Vimos, por supuesto, a Los Vigilantes de la Playa, aunque la realidad no tiene el brillo de la tele. También vimos muchos patinetes eléctricos y un tendero me habló de Cristiano Ronaldo al saber mi origen. Pero lo que más me llamó la atención fue Original Muscle Beach, con decenas de gimnastas haciendo piruetas al atardecer. Nos quedamos varios minutos embobados mirando ese variedad de ejercicios y cuerpos, y creo que podría haber estado más tiempo aún.

De Hollywood no tengo mucho que decir. Estuvimos sólo unas horas haciendo de turistas y no fuimos a ningún estudio. Subimos al observatorio Griffith a pie por un camino de tierra y bajo un sol de justicia, y ese recuerdo sí que va a permanecer. Viendo la ciudad de Los Ángeles desde allí arriba nos fuimos despidiendo de EEUU.

Nuestro último día lo dedicamos a visitar el Downtown, caminamos durante horas por unas calles con aire de haber conocido tiempos mejores y seguimos el consejo de un camarero que nos recomendó llegar hasta la 7th Street: “Allí están todos los locos”. No sé muy bien por qué, pero me impresionó Union Station: simetría y monumentalidad, una burbuja diferente al resto de la ciudad.

Y así terminó nuestro viaje. Fuimos al aeropuerto, devolvimos el coche y volamos a Madrid. Y a pesar de los consejos de Joe (Don’t go to L.A.! Don’t go to L.A.!) y de lo prescindible que todos los españoles dicen que es la ciudad de Los Ángeles, a mi no sólo no me disgustó sino que quiero volver. Y esa próxima vez quisiera llegar recorriendo la Ruta 66 desde Chicago, el viaje que incendia mis sueños. Aunque quizá con ese deseo delato mi subconsciente de español, ya sabes, lo suficientemente audaz para viajar hasta allí, pero adherido al topicazo de la ruta prefijada…

Un abrazo,

Daniel

Categorías:Viajes Etiquetas: , , , , ,

Postcards to Kiyoshi: Wofford Heights

agosto 23, 2018 7 comentarios

Querido K.:

Me alegra contarte que he vuelto a cruzar el charco. Con la excusa de visitar a nuestros amigos Layla y Tal, que ahora viven en Berkeley, he estado un par de semanas recorriendo algunos sitios de California, Nevada y Arizona junto a Rosa.  

Hay quien dice que ya no escribo, y aunque sólo sea para llevarles la contraria voy a ir dejando por aquí algunos textos sobre este viaje. La prudencia que acaso no tuve cuando en mi juventud escribí otras cosas, me impide ahora pensar que se puede comprender o juzgar lo que sólo se ha visto muy de paso. Tampoco pretendo hacer un diario meticuloso, ni mucho menos una guía de viaje para los que vayan detrás. Bastará con contar algunas cosas que se me han quedado impregnadas; como si lo que permanece más presente días después tuviera el sello de calidad al que no han accedido los otros recuerdos, los que no aparecen en la proyección mental del viaje que se me presenta sin permiso a cada rato.

Al viajar a los Estados Unidos, la impresión primera y continua es poliédrica: la irrealidad de estar dentro en una de tantas películas o series de televisión, pero a la vez sentir que se está en un territorio ya conocido, en una estética ya transitada en algún momento del pasado. Ahora pienso que los centenares (¿o serán miles?) de fotos que me has ido enviando todos estos años han preparado el terreno. No merece la pena abundar en los tópicos, pero sí acaso corroborar que se confirman: son grandes las llanuras, los coches, los precios y los atascos; son múltiples y mezcladas las pieles humanas; son interminables las rectas y anchas las autopistas; son tediosos los controles aeroportuarios a la entrada; son muy frecuentes las banderas estadounidenses y el lenguaje español.

Han pasado algunos días desde nuestro regreso pero conservo una inercia de imágenes, de sitios y de acción. Si viajar contribuye a amueblar la cabeza, yo en estos días percibo el ruido íntimo de ese correr de muebles. Tampoco tanto, en verdad; el que fue allí es casi igual al que ha vuelto aquí, con algunas intuiciones confirmadas y algunas palabras aprendidas, con algunas sorpresas enriquecedoras y algunas emociones tatuadas. Quiero pensar que también más experto, más abierto, más dispuesto a volver a viajar y a escribir. Y algo más cómodo en los zapatos del adulto que se me ha metido en la piel casi sin darme cuenta.

Ahora quiero explicar por qué fuimos a donde no va nadie. Teníamos el tiempo algo justo y al planificar el viaje nos dimos cuenta de que tras recorrer el Big Sur desde Monterey hasta San Luis Obispo, el trayecto hasta Las Vegas era demasiado largo para hacerlo en un sólo día, así que tendríamos que hacer una parada intermedia. Google Maps mostraba una leyenda sugerente que caía a medio camino: Sequoia National Forest. El zoom a continuación mostró un lago, y en torno al lago vimos una serie de pueblos. Y sin más criterio reservamos alojamiento para una noche en uno de aquellos pueblos. Y es por eso que fuimos a Wofford Heights, allí donde no va nadie.

Del Sequoia National Forest no vimos mucho, a pesar de que Rosa había encontrado información sobre el Sendero de los 100 Gigantes, una ruta para ver secuoyas descomunales a la que finalmente no fuimos. El lago resultó ser un embalse (ahora sé que la presa es de 1953) y algunos de los pueblos anegados habían renacido con el mismo nombre en las orillas del pantano. El paisaje me decepcionó en un primer momento: lo de National Forest me había hecho imaginar un bosque verde y frondoso, pero aquello eran montañas amarillentas y más bien peladas. Hacía un calor sofocante y sumando todas esas primeras impresiones llegué a pensar que iba a ser un día de transición en el viaje, un día sin mayor interés que habría que dejar pasar a la espera de los grandes momentos.

El motel de Wofford Heights no permitía el check-in hasta las 15:00 y cuando llegamos aún faltaban un par de horas. Preguntamos a un empleado muy joven que resultó ser, además de inteligible, simpático y amable; no dudó en recomendarnos ir a Kernville, que estaba a cinco minutos siguiendo la carretera. Al llegar allí vimos un parque junto al río y gente haciendo picnic, pero seguimos hacia el centro del pueblo, que constaba de unas pocas calles, coches aparcados aquí y allá, una estación de bomberos, algunos restaurantes… La temperatura pasaba de los 40º y apenas se veía a un alma. Nos metimos en un Diner para comer.

Creo que puedes comprender lo que significa para nosotros comer en un sitio así, en un auténtico y tradicional Diner del interior de Estados Unidos. Lo habíamos visto infinidad de veces en las películas y en las series, pero era nuestra primera vez y no dejábamos de mirar para todos los rincones. Los asientos, la barra, las camareras con delantal, el expositor de las tartas, la carta del menú, los comensales, el pueblo solitario al otro lado de las ventanas y los dispensadores de refrescos para el refill. Todo era nuevo pero conocido a la vez y una pueril ilusión nos embargaba, un peculiar sentimiento que al recordarlo me hace sonreír. Aquello molaba.

Comimos unas hamburguesas y hubo refill de cocacola. Cuando ya habíamos terminado le pregunté a la camarera si conocía buenos sitios para nadar en el lago. Échate a un lado, me dijo, y se sentó junto a mi en el banco mientras garabateaba un mapa en la servilleta. No es el mejor momento para nadar en el lago, tiene algas, pero en el río hay un sitio al que la gente del pueblo ha ido desde siempre. Y otro cliente me dijo desde la mesa de la lado: ¿Tienes Google Maps? Pues espera que voy a tu sitio y te voy a mostrar el lugar exacto. El día de transición en Wofford Heights se empezaba a poner interesante.

Salimos a la calle para recorrer el centro del pueblo. Ahora sé que el verdadero Kernville está sepultado bajo el lago Isabella, pero entonces no lo sabía y todo me pareció tener un sabor antiguo y auténtico. La oficina de correos con su bandera americana, las tiendas de antigüedades cuya recaudación va a una causa benéfica, el Saloon con sus puertas batientes y el museo del Kern Valley, cerrado para mi desgracia pero con un cartel a la entrada que hablaba de la historia del valle, de los indios, de la mina de oro, del lago y de la generación hidroeléctrica en el río. Seguimos recorriendo las calles de Kernville, haciendo fotos y mirando todo con igual o mayor interés del que pudimos poner en San Francisco. Según se lee en la web del museo “Some of the most famous western movies produced in the 1930’s, 40’s, and 50’s were filmed in the Kern River Valley”, y aquel día yo me sentía en una de esas películas.

Volvimos al motel para dejar las maletas y cambiarnos de ropa. Bañarse en un río no es algo que hagamos todos los días y aquello nos provocaba interés e incertidumbre. El Kern se utiliza para deportes de aventura y la última parte de nuestro viaje de la mañana había sido por una carretera que seguía el curso del río, que allá debajo se veía encajonado y caudaloso, salvaje, con pequeñas cascadas y aguas revueltas formando espumas. Ahora íbamos a ver cómo era aquella curva del río donde los lugareños se bañaban desde siempre. Cuando llegamos había algunas familias con niños pequeños diseminadas por una pequeña playa de arena. El agua parecía casi inmóvil y las barcas hinchables sobre ella apenas se balanceaban. Un grupo de patos nadaban al lado de la orilla, a ratos molestados por algún crío, a ratos alejándose hacia el centro del río. Me he bañado en otros ríos en zonas montañosas y aquel día, a los pies de una cordillera que se llama Sierra Nevada, esperaba una sensación de intenso frío al introducirme, pero no fue así. Daba gusto meterse en el agua templada en aquel día caluroso y nadar un poco y hacer el muerto y salir y volver a entrar y relajarse y no hacer nada. O, mejor dicho, hacer lo que hace hace la gente de Kernville desde siempre.

Al atardecer fuimos a la orilla de lago. Casi en soledad pudimos disfrutar de un paisaje que impresionaba, con el embalse rodeado de montañas entre una luz casi irreal. Estuvimos tomando algunas fotos y volvimos a Kernville para andar un poco por el parque que hay junto el río, que a esas horas estaba animado con pescadores, parejas y algunas personas paseando al perro. Se hacía de noche y decidimos volver a Wofford Heights.

Nuestra última experiencia del día iba a ser un bar al otro lado de la carretera: el Hideaway. El escondite. Cuando llegamos había 6 ó 7 parroquianos de ambos sexos a lo largo de la barra, un hombre mayor jugando al billar, una camarera no mucho más joven y una atmósfera tan despreocupada como puede ser la de cualquier bar de cualquier sitio en una noche veraniega de miércoles. De nuevo tuvimos la sensación de haber visto eso antes: el letrero luminoso de Budweiser, el repertorio variado de grifos de cerveza, los taburetes altos junto a barra alargada y algunas miradas que no conocían la discreción: ¿Quienes serán estos forasteros?. Esa noche había karaoke pero nadie se animaba a cantar. Pedimos algo de beber: Yo me he aficionado a las cervezas IPA en este viaje y lo estuve comentando con la camarera. Personalmente prefiero otras, las Red Ale, me dijo, aquí tenemos de la marca Sierra Nevada. Pues quizá me tomé una Sierra Nevada cuando acabe con la IPA, respondí. Y después de beberte las dos, quizá cantes en el karaoke, apuntilló Rosa. Pero aquel no iba a ser el día de cantar. Y aunque probé la recomendación de la camarera, me gustó más mi elección original. Creo que las Indian Pale Ale han entrado en mi vida para siempre; cada vez que vuelva a dar un trago quizá recuerde el verano del 2018, aquel en que viajamos a Estados Unidos.

Y aquí terminan nuestras andanzas en Wofford Heights y Kernville. No sé si he conseguido reflejar lo que sentimos allí: no hicimos nada espectacular y me sigue pareciendo normal que aquello que no sea un destino frecuentado, pero el hecho es que allí tuvimos una experiencia más cercana, más sincera, más humana, para conocer el país que estábamos visitando. Comer en un restaurante, comprar en una tienda de regalos, pasear por unas calles, bañarse en un río, asomarse a la orilla de un lago, tomar dos cervezas en un bar… Sacar la cámara de fotos casi con vergüenza por hacerlo sin estar rodeados de cientos de turistas haciendo lo mismo que nosotros. Aquel día fue muy especial y así ha quedado inserto en nuestro recuerdo. Con otras personas podemos hablar de recuerdos compartidos de San Francisco, de Los Ángeles y de Las Vegas. Sólo con Rosa puedo hablar de Kernville, y eso crea una complicidad distinta. Creo que tú, que has buscado la conversación con los lugareños en tantos pueblos perdidos, podrás entenderlo. Por eso he elegido este tema para la primera postal.

Habrá más.

Un abrazo,

Daniel