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Archive for the ‘Amor’ Category

El abuelo Alexander

septiembre 17, 2013 4 comentarios

Unos meses después de la muerte de la abuela comenzó a reverdecer la vida amorosa de mi abuelo, tempestuosa y espléndida. Y al mismo tiempo, eso creo, mi abuelo de setenta y siete años descubrió el placer del sexo.

Aún no se había quitado el polvo del entierro de la abuela de los zapatos cuando la casa se llenó de mujeres dispuestas a consolar, ayudar, repeler la soledad y ser comprensivas. No le dejaban solo ni un instante, le reconfortaban con guisos calientes, le reanimaban con pasteles de manzana, y a él, al parecer, le gustaba no permitirles que le dejaran solo: durante toda su vida había deseado a las mujeres, fueran cuales fueran. Deseaba a todas las mujeres, a las guapas y a las que tenían una belleza que los demás hombres no sabían apreciar: «Las señoras», algo así sentenció una vez mi abuelo, «son todas guapas. Todas sin excepción. Pero los hombres», sonrió, «están ciegos. ¡Completamente ciegos! Sólo se ven a sí mismos, ni siquiera a sí mismos. ¡Están ciegos!».

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Pasaba horas en su mesa de la discreta segunda planta del café Atara, en la calle Ben Yehuda, con un traje azul oscuro, una corbata de lunares, sonrosado, sonriente, pulcro, bien arreglado, oliendo a champú, talco y perfume, cautivador con su camisa blanca almidonada como una tabla, con su impecable pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, con sus gemelos de plata en los puños, rodeado siempre de un séquito de mujeres bien conservadas de unos cincuenta o sesenta años: viudas con corsés apretados y medias de nailon con costura, divorciadas bien maquilladas, damas elegantes llenas de sortijas, pendientes y pulseras que se hacían la manicura, la pedicura, la permanente y se marcaban el cabello, matronas que hablaban un hebreo macarrónico con acento húngaro, polaco, rumano o balcánico. Al abuelo le gustaba su compañía y ellas se derretían con sus encantos: era un conversador fascinante y divertido, un gentleman del siglo XIX, les besaba la mano, se apresuraba a abrirles las puertas, ofrecía su brazo en las escaleras y en las cuestas, recordaba las fechas de los cumpleaños, enviaba ramos de flores y bombones, las escuchaba atentamente, elogiaba con sutileza el corte del vestido, el cambio de peinado, los elegantes zapatos o el nuevo bolso, bromeaba con ocurrencias y buen gusto, recitaba un poema en el momento preciso, conversaba con pasión y buen humor. Una vez abrí una puerta y vi a mi abuelo de noventa años arrodillado delante de la viuda morena, oronda y risueña de un notario. La señora me guiñó el ojo por encima de la cabeza de mi abuelo enamorado y sonrió enseñando las dos filas de dientes demasiado completas para ser auténticas. Me fui y cerré despacio la puerta, sin que el abuelo me viera.

¿Cuál era el secreto del atractivo viril del abuelo? Es posible que sólo lo empezara a comprender al cabo de los años. Tenía una cualidad muy rara en los hombres, posiblemente la cualidad más sexy para muchas mujeres: sabía escuchar.

No simplemente hacía que escuchaba, por educación, esperando con impaciencia a que terminaran y se callaran de una vez.

No interrumpía las frases de su interlocutora y las terminaba en su lugar llevado por la impaciencia.

No la interrumpía ni se inmiscuía en lo que estaba diciendo para concluir y pasar a otro tema.

No dejaba que ella le hablase al vacío mientras él preparaba su respuesta para cuando por fin terminase.

No fingía que le interesaba o disfrutaba sino que le interesaba y disfrutaba de verdad. En suma: era un curioso infatigable.

No era impaciente. No aspiraba a llevar la conversación de los insignificantes argumentos de ella a los importantes de él.

Todo lo contrario: le gustaban mucho esos argumentos. Le agradaba esperarla y, aunque se alargase, la esperaba y se deleitaba mientras tanto con sus rodeos. No metía prisa. No apremiaba. Esperaba a que terminase e incluso cuando acababa no se precipitaba, sino que le gustaba seguir esperándola: a lo mejor tenía algo más que añadir. A lo mejor se le ocurría otra feliz idea.

Le gustaba dejar que ella le cogiese de la mano y, a su ritmo, le condujese a sus sitios favoritos. Le gustaba acompañarla como una flauta acompaña una melodía.

Le gustaba conocerla. Le gustaba comprender. Saber. Le gustaba llegar al fondo de su mente, e incluso más allá.

Le gustaba entregarse, deseaba entregarse más que deleitarse con la entrega de ella.

Nu, shto: ellas hablaban y hablaban con él hasta que no podían más, hablaban incluso de las cosas más íntimas, secretas y sensibles, y él escuchaba con
sutileza, con ternura, con empatía e indulgencia.

No, no con indulgencia sino con placer y sentimiento.

Hay un montón de hombres a los que les gusta muchísimo el sexo, incondicionalmente, pero odian a las mujeres.

A mi abuelo, eso creo, le gustaban ambas cosas.

Y con delicadeza: sin echar cuentas, sin pedir nada a cambio. Nunca apremiaba. Le gustaba zarpar y no apresurarse a echar el ancla.

 

Extraído de Una historia de amor y oscuridad, del escritor israelí Amos Oz.

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Mañana es el gran día

abril 15, 2013 5 comentarios

Madrid, 15/4/2012

Para P. Daniel:

He oído muchas veces eso de que “el amor no se busca, se encuentra”. Diría que siempre he estado de acuerdo, porque nunca he tratado de buscarlo, a diferencia de mucha gente (y he de admitir que muchas son mujeres, tristemente) que por intentar conseguir pareja fuerzan situaciones que no llegan a nada bueno. Eso no es amor. Ahora encuentro mucho más sentido a la frase, porque yo lo he encontrado sin buscarlo, y sin esperarlo también.

En lo que nunca he creído es en el destino, en que debe de haber alguien predestinado para ti, que de alguna manera tienes que encontrarte con esa persona. Más bien creo en las circunstancias, en las coincidencias, y un poco en la suerte… yo pienso que es la mezcla de un poco de todo eso lo que hace que un día conozcas a alguien, y que de entre toda la gente que se cruza en tu camino salte algo especial con él o con ella.

Puede que si estuviésemos en otro lugar hubiésemos conocido a otra persona diferente y no a esa, quién sabe… pero no es el destino, sino nosotros quienes decidimos compartir nuestro tiempo con alguien en un momento determinado.

Tampoco veo la lógica al tópico de la media naranja. Eso no es real, nada es nunca perfecto, pero aún con imperfecciones de repente llega alguien que poco a poco ves que es para tí, y ya no te imaginas no estando a su lado.

Lo que digo no son certezas, no puedo asegurar que tú no estuvieses en mi camino, o que no seas la única persona ideal para mí entre millones, pero eso da igual, lo que importa es que estamos juntos ahora sea como sea. Si creyese en Dios seguramente ya le habría dado las gracias por ponerte en mi vida, pero tampoco creo en él, sino en nosotros y en esto que tenemos tan bonito, tan diferente a todo.

Hoy soy mucho más feliz que hace un año, cualquiera que me conozca un poco lo sabe. Te diría que te quiero, pues queda muy bien al final, pero ya te lo he dicho muchas veces y a mí eso ya se me queda pequeño. Sólo quiero agradecerte cada momento de los que he pasado contigo, y toda la ilusión que me das. Ha sido un año muy bueno, y espero que sólo sea el primero de muchos.

rosadalí

Categorías:Amor, P. Daniel Carrillo

Espadas y lluvia

Al principio fue una lucha entre iguales. Aprendían y se entregaban, luchaban hasta que la cama quedaba desbaratada y nacía en cada uno de ellos la sorpresa al descubrirse de pronto en una posición inexplicable. La piel de ella era un lecho extraordinariamente cálido, una continuidad de seda y fuego, y él quería que no se acabara nunca. Después, la dulce mezcla de respiración alborotada fue cambiando. Se hicieron más expertos y previsibles, enemigos desiguales en un violento tornado. Fue por la época en la que ella lloraba todos los días, y él le calmaba las lágrimas a golpe de placer. Pasaron a ser agresor y agredida. Ella recibía los navajazos con una especie de resignación y celo, y él aceptaba aquel dominio, temeroso de sobrepasar el límite del dolor, atento a cualquier signo de exceso para volver a la caricia. Pero ella siempre pedía más, y él sufría y se lo entregaba imaginando espadas y lluvia.

Categorías:Amor

Agua de zanja, piel de vereda…

marzo 8, 2011 1 comentario

Esta mañana me desperté inmerso en un diálogo de ideas contrapuestas y la sensación era poco menos que pavorosa. La temática era (una vez más) el ‘quiero creer’ frente al análisis. El impulso vital del más allá, del ‘te quiero’ y no hay palabras, del estupor, de la angustia del ser [efímero y frágil] en medio de la nada.

Siempre he pensado que cuando te gusta una persona te resulta difícil recordarla, pero lo más probable es que esa semántica que se asocia a su recuerdo (recuerdo vital, que sangra y se agita) no sacia a nuestro cerebro y quiere más, más, más. Asi ocurre que del sábado noche hasta ahora tengo sed de tí, A. Nuestro apartado emocional trabaja en segundo plano y así llevo domingo y lunes envuelto en ese deseo sin nombre ni forma; puro magnetismo, pura querencia que me está destrozando los nervios una vez más, de nuevo.

Esos hilos de marionetista te sacuden mientras escuchas las risas de los niños que asisten a la función, o mientras murmuras rimas de Lorca con una voz que no te pertenece y transportas a los no tan niños a un universo de ficción que les deja clavados en sus asientos (“-Vámonos por lo oscurillo./-Vámonos mi compadrillo”). Como dije arriba, el titiritero trabaja mientras desayunas, mientras planchas o mientras duermes; y tu cerebro racional (de ratio: cuenta) te explica a tí mismo con palabras que entiendes lo que no puedes entender. En ese universo del querer que transpasa el deber como una flecha acerada, los griegos tenían su ‘tólma’ (“el paso adelante” del guerrero) y su areté (eficacia, excelencia) y los japoneses su ‘bushido’ y el dominio del ‘ki’, de la energía que une mente y cuerpo, resolución y acción correcta. Sobretodo acción, pues la flor, en griego, florea y el caballo caballea; sobretodo acción la del samurai, cuya vida es brotar con fuerza y caer con la ligereza de una flor de cerezo ante un leve soplo de viento.

Categorías:Amor

Patadas al estómago o…

marzo 7, 2011 2 comentarios

…mi vida en un collage (y las mujeres son de Venus)

Mi piso no parecía un basurero desde hacía largo tiempo, pero es lo que conlleva abandonar la rutina un par de días.

Doy pequeños sorbos al café y mis entrañas le indican a las esferas superiores su gratificante respuesta (¿hoy café y ayer vodka con naranja?)… La novedad introduce actividad en el cerebro: cambio de estación (de tren)… nombres nuevos que no mencionaré, nuevos rostros, cambio de vestuario [carnaval], nuevas tomas de contacto. El con-tacto debería ser, quizás, el sentido principal; la vista es un sentido demasiado ajeno, demasiado limpio (“pues también el sol penetra en las letrinas sin mancharse”). Ayer ví la primera hora de Shoah, una película-reportaje de testimonios sobre el exterminio nazi, y el final de Casablanca (-“siempre nos quedará París“). Ahora un diálogo ficticio:

-¿Te vienes, A., a ver una película?

-Tengo novio.

-Dile que se venga él también.

[Después del café me vendrían bien unas patatas fritas]

En realidad no tengo nada en común con Humphrey Bogart; no soy un detective, ni el dueño de un pub en Marruecos; AÚN no soy del todo sincero, las más de las veces por respeto; se me nota cuando estoy borracho y tengo una marcada tendencia a sonreír.

Sabes, A., me encanta ver a la gente feliz hablando de sus cosas y ayer vi esa sonrisa en tu rostro.

La 1.26h del 7 de marzo. Temperatura exterior: 7º C, cielo nublado y mucha humedad.

Ahora un diálogo real:

[-¿Me ha llamado “señor”? -Sí, es Vd. un señor, ¿no?]

 Resumiendo:

Me levanto a las 13.15h, desayuno un gofre con chocolate y miel, me ducho, me visto y observo el estado decadente del piso. Escucho un par de canciones. Pongo a hervir agua para el té y un trozo de plástico pegado en la vitrocerámica deja olor a quemado en toda la casa. Me voy a las 13.50h dejando media taza de té que, por cierto, permanece encima de la mesa de la cocina (1.41h). Me pongo la corbata en el ascensor, hace un día estupendo cuando salgo del portal y me encamino a la estación; saludo a los compañeros de Alcalá y enfilo hacia la vía 2, son las 14.01h y mi tren sale en tres minutos. Llego a Coslada a las 14.20h, saludo y relevo a mi compañero, pongo café y empiezo a elaborar todo esto en mi cabeza. Intento leer Las flores del mal y el periódico con escasos resultados. Utilizo a un amigo para reflexionar sobre las mujeres a través del messenger móvil. A las 19h salgo a comer un bocadillo de bacon y queso con un Nestea después de tres bolsas de patatas fritas, una botella de Nestea y un café con leche. Vuelvo en el tren de las 22h; hablo un rato con el compañero de Alcalá y voy a casa apretando el paso (6º Celsius). Observo el nuevo video de Lady Gaga por cuarta o quinta vez mientras bebo caldo de pollo de brik. Caliento una pizza y me como la mitad viendo trozos de películas y bebiendo zumo de piña y uva.

Si… (Versión 2)

diciembre 21, 2010 2 comentarios

Si estuvieras conmigo… joder, tendría que llevar siempre encima cortisona y espidifén, aerored, albendazol, fungusol, hemoal…

Verías que en mi cama no hay sitio para dos si no es uno arriba y otro abajo y viceversa; el sofá del salón tampoco es muy cómodo, te vendría bien algo de experiencia en eso del vivac.

Si vamos a París te espero tomándome un Bio-frutas en la tumba de Sartre o profiriendo expresiones chorras (“Oh là là, Oh mòn Dieu, Sacre Bleau…”) mientras subo la famosa Torre (con unos prismáticos) a ver si te veo desde arriba entre la muchedumbre.

No iré a recogerte del trabajo ni te mentiré para darte gusto. No voy a dejar de buscar porno en internet, ni de mirar a las tías por la calle, ni de analizarlo todo hasta reducirlo todo a polvo de hechos.

Si algún día me vieras triste, te recordaré aquellas palabras de Quevedo en las Epístolas del Caballero de la Tenaza: “2. Díceme vuesa merced que me quiere tanto, que querría que no tuviese pesadumbre. Señora mía, déjeme tener vuesa merced, y sea lo que fuere, que aún no querría que me quitase pesadumbres. Y persuádase vuesa merced que a mí y al Rey nos ha dado Dios dos ángeles de guarda: a él para que acierte, y a mí para que no dé. Dios dé a vuesa merced salud y vida.”

¿Has visto mi móvil? Me paso el día en la RAE buscando palabrejas o leyendo algún manual de algún juego de Rol. Por las tardes tengo Aikido, por las noches me acuesto tarde y hay libros por todos los rincones de mi casa. En todo caso, no te iban a gustar mis lecturas, pero podría probar con aquel texto que cita M. Foucault en Las palabras y las cosas: “Ya no estoy en ayuno -dice Eustenes-. Por ello se encontrarán con toda seguridad hoy en mi saliva: Áspides, Amfisbenas,Anerudutes, Abedesimones, Alartraces, Amobates, Apinaos, Alatrabanes, Aractes, Asteriones, Alcarates, Arges, Arañas, Ascalabes, Atelabes, Ascalabotes, Aemorroides”. Si no te gustase no tendrías corazón.

Si me pidieras un consejo te diría que no tuvieras miedo a la libertad… que hay demasiados liberticidas por ahí sueltos, trogloditas… ;D

“(Vigilante de seguridad y factor de cercanías, 8.30 de la mañana, hora menos en Canarias, el sol asoma tímidamente entre las grandes puertas acristaladas…) -A eso de las nueve viene una rubia de impresión; -Ja, ja, ja, creo que sé cuál es, es más, sé cuál es. -Sí, ja, ja, el otro día tuve que abrir la puerta dos veces a uno de mantenimiento, me dije ‘¿qué coño hace que se queda parado?’ y al fondo la rubia pasando. -Ja, ja, qué dices… (Suena un móvil, el vigilante hurga en su bolsillo, mira la pantalla LCD y pone un gesto de contrariedad) -No te cases. (El vigilante se aleja dando pasos largos, el factor sonríe, es una bonita mañana).

Categorías:Amor, Humor

Si…

diciembre 20, 2010 5 comentarios

Si estuvieras conmigo… sería siempre verano; plantaríamos marihuana y te pasearías casi desnuda por todo el piso. Harías algo de arroz blanco y dormiríamos la siesta juntos. Después del atardecer, veríamos alguna peli de esas raras. Al caer la noche te lavaría los pies: siempre andas descalza.

Nos pelearíamos por las sábanas en sueños.

Y algún día iríamos a París a subir la torre Eiffel, o a alguna playa de Almería, a hacernos fotos…

¿Y la rutina? ¿El café de las mañanas, los boquerones fríos, regar las plantas? Días en blanco esperando el uno al otro a ver si sale del trabajo, si ve que está triste, si me dice que me quiere… en un sentido exacto y preciso: nadie más hay en el mundo.

Ahora a veces pienso en ese viaje, esa película, ese poema que te podría leer. Todo ese tiempo y esos lugares abstractos: Chipre, Fiorenze… El Taj Mahal. Senderos y playas. Todo eso.

Ahora que ya no puede ser.

Y es ahora en verdad, mientras tecleo, que pienso en ese ahora que fue ayer, y la nostalgia de tí se ha vuelto nostalgia de una nostalgia.