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TESOROS, CARTA DESDE CUENCA, DEDICADA A P. DANIEL CARRILLO

P. Daniel Carrillo y Grouchoo

P. Daniel Carrillo y Grouchoo. 2 de enero del 2009.

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Empieza un libro de historia marxista que me estoy leyendo estos días “si el calendario cósmico se redujera a un año, la presencia del ser humano en la tierra se cronometraría a partir del último segundo”. Decía Leonardo Da Vinci “quién de verdad sabe que habla, no encuentra razones para levantar la voz”, pero con la frase que me quedaría ahora es con la de ”un amigo de verdad, si es amigo lo de verdad es redundante y no hace falta llamarle amigo”.

Creo que por eso hoy he decidido ponerme a escribir una carta de esas que uno nunca publica, ya sea por timidez o vagancia, pero más allá de todo eso quizá lo que diga ahora sea redundante porque el pasado siempre tiene algo de repetitivo e idílico, pero es que hoy me ha dado por mirar el retrovisor y la verdad que no me creería que llevamos tantos años con Dudas (desde el 2006) y ya seis años fuera de casa (uno y medio en Portugal, otro en Escocia y casi tres en Ecuador). Si tuviera que sacar de la hemeroteca algunos buenos recuerdos seguramente me quedaría con el post Inspirando a Marcos por eso que habla de nuestra amistad “Quizá el momento clave fue una noche de verano en la que nos lo encontramos al lado del puente de mi barrio, acababa de llegar de un viaje que iba a ser sólo a Cádiz y acabó siendo a África, … ”, y si fuera un post sobre fotografía me quedaría Las 55 mejores fotografías de Grouchoo, pero realmente del día que siempre me acuerdo, fue del que fuimos a cenar a Guadalajara a casa de Angelillo, te acuerdas que era invierno y hacía un frío del carajo, se me inundó el coche y después de un rato achicando agua los dos nos pusimos a reír de lo que nos había pasado. Me acuerdo que íbamos rumbo a Alcalá con la luna empañada de vaho por el humedad caliente que había dentro y el frío que hacia fuera, pasabas el trapo mientras me hablabas de bajar a Cádiz, yo te decía que no tenía dinero y tu además tenías que trabajar, te acuerdas que decíamos “na es eterno” y que gran verdad. Era un día de diario e iba la A-2 vacía, pero es que todo lo que íbamos hablando acabada en risas. Creo que me acuerdo tanto de esa noche porque no siempre uno tiene el momento mágico de tener el coche inundado, estar a la 1:30 o 2 de la mañana perdidos por Guadalajara, y la complicidad de una noche genial con un buen amigo.

No sé por qué hoy hablo de esto y aquello, con todas las cosas que te podría contar que me están pasando, quizá sea porque últimamente no hago fotos con mi vieja Canon 400D, ni escribo notas sueltas entre los libros, ni cuento las viejas historias de cuando decía que era “comunista” y saltaba a por banderas desde las alturas. Creo que toda esa magia se paró como se para la vida cuando uno escribe una carta, por cierto la última que recibí a papel fue una postal de Rusia del amigo Abel Moreno, me llegó a Jipijapa con Correos de Ecuador, como anécdota sólo llegó la postal y un céntimo de rublo, lo demás, que eran unas monedas junto con un billete ruso y un pin de esos comunistas de la época desaparecieron, pero que contradicción lo del pin, comunistas y se utilizaban para identificar la clase social.

El sueño más repetitivo que tengo últimamente esta en ese patio de la casa de Vallecas que tenía una vieja parra, para mí era el mejor del mundo y la parra la que mejores uvas daba, y eso que eran agrias, con mucho hueso y arrugadas por el tiempo. Pero es que para mí no era comparable ni con el Patio de los Leones, ni con los famosos patios del centro de Córdoba; ya sabes que la casa la construyó mi abuelo Pepe después de la guerra, la hizo con unos amigos y estuvo en mi vida hasta que me vine a Ecuador, a veces esos sueños se convierten en pesadillas porque hay cosas que todavía no me acostumbro, y es que para mi era era la mejor del mundo, a pesar de estar en Vallecas y en un barrio lleno de gitanitos, y es que en ella guardo los mejores recuerdos de mi infancia y juventud, la herencia de saber que algo todavía no se acaba y el jugar con mi abuela a las cartas, siempre me dejaba ganar.

Por seguir escribiendo algo, te contaré que echo de menos esas tardes de café por el centro de Alcalá de Henares con los amigos de siempre, también los partidos de frontón, el telefonillo sonando, y las comidas de mi madre, porque pienso que no hace mucho todo era más auténtico, ahora las redes sociales y los grupos de WhatsApp no son ni la mitad de profundos que todo eso que cuento. Me acuerdo que durante bastantes mañanas de invierno quedábamos para ir a la biblioteca, “madre mía”, cuantas veces me quedé dormido delante de los apuntes mientras Marcos me imagino que se pondría a hacer alguna tontería, seguro que cualquier cosa que hiciese para él era el mejor chiste del mundo y tú te quedarías pensado que no era muy gracioso. Dónde estarán esas copias de las películas de los Hermanos Marx que me grababa o esos libros que cambiamos con Javier Cañones, para nosotros eran tesoros a punto de ser descubiertos pero lo mejor sin duda era el café de la mañana. A veces me pregunto, ¿dónde estará el humo de los puros que me fumaba mientras yo me imaginaba que la vida era lo que yo quisiera que fuera? … Latinoamérica en motocicleta, un libro de poesías viejo, una empresa de pollos en España, Ariadna esperándome con la mirada encendida, y una foto en el periódico de un Nobel alcalaíno en literatura.

Las veces que me quedé a dormir en casa de mi amigo y compañero de universidad Daniel Sande, que bien se portó conmigo, hay días que me acuerdo de la paciencia que tuvo. Y eso Dani, que han pasado muchas cosas buenas por Ecuador y me junto con nuevos amigos, voy a buenos lugares a comer y no hay día que hablemos de la nueva filosofía, el Intermedio de Wyoming, creo que lo vemos  con la esperanza  que cambie la cosa en España, que la crisis fue un mal sueño de unos días.

Pero es que llevaba tiempo dándole vueltas, sobre qué escribir en el blog, pero siempre pienso que mañana será mejor la inspiración, y es que nunca me decido a escribir y eso que hay historias buenas que contar (la del robo del móvil en el aeropuerto de Loja, o acabar por lanzar  un buen “paper” de Economía Compleja), pero escribir para leer entre líneas no es tan fácil, eso del duende es una gran verdad. Al final siempre acabo por desayunar con el “run-run” de fondo “es mejor ponerse con la tesis”, es esa obsesión por acabarla, esa losa en los hombros por quitarse, y poder volver a España para celebrar, pero al final, como un abrir y cerrar de ojos ya es tarde para ponerse con la tesis y con el post, con la poesía y con la teoría, me tengo que ir corriendo para clase que mis alumnos ya me están esperando.

Seguramente el Café Gijón lo echaré de menos estas Navidades, porque creo que este año será el primero que no vuelva, cosas del exilio. Quizá cuando vuelva a España ya hayas escrito un libro que me salte una lagrimilla y un par de amigos más se hayan casado. Pero que te voy a decir yo en esta carta que tu no sepas, que nos pasamos la vida esperando que pase algo, y lo único que pasa es la vida…

Libros quemados en 2013 (y II)

diciembre 31, 2013 3 comentarios

Conviene tener presente que la prensa no lo puede todo. Su papel consiste en contar qué pasa y por qué pasa, nada más. La prensa no debe aspirar a cargarse a un político o una institución, porque no es lo suyo. Con los años se ha difundido la convicción de que un par de periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, guiados por una fuente (la célebre Garganta Profunda) del FBI, acabaron con la presidencia de Richard Nixon. Lo cual es incierto. Woodward y Bernstein, y varios de sus colegas de The New York Times y otros medios, hicieron bien el trabajo que les correspondía. Pero fueron las instituciones las que obligaron a Nixon a dimitir. El presidente sólo dejo la Casa Blanca porque el Congreso preparaba su impeachment, es decir, el encausamiento de la máxima autoridad del país. Esas cosas no ocurren en España. El periodismo español falla bastante; las instituciones fallan mucho y de forma más grave.

MEMORIAS LÍQUIDAS – ENRIC GONZÁLEZ

Nunca permito que los hombres me vean dormir. Me levanto antes de que ellos se despierten y continúo trabajando cuando ellos se van a dormir. Cuando beben, bebo con ellos; cuando bailan, también bailo. Si bebo mucho, me levanto con las piernas firmes y hago que mis oficiales lo vean. Cuando el sol quema, soporto su calor sin quejas; duermo en el suelo durante las campañas y en el campamento en el catre más sencillo, y cuando avanzamos por campo abierto aprovecho para entrenarme: corro a pie y a caballo. En cuanto a los tesoros, dejo que mis compatriotas vean que no cojo nada para mí, excepto artículos de honor —un caballo o una buena armadura— pero todo está a su servicio y al servicio de nuestra meta.

LA CONQUISTA DE ALEJANDRO MAGNO – STEVEN PRESSFIELD

CAMPBELL: Mi fórmula general para mis estudiantes es: «Seguid el camino de vuestro corazón. Encontrad dónde está, y no temáis internaros allí».
MOYERS: ¿Es mi trabajo o mi vida?
CAMPBELL: Si el trabajo que estás haciendo es el que elegiste hacer porque lo disfrutas, entonces es el trabajo. Pero si piensas: «¡Oh, no! ¡No podría hacerlo!», es el dragón bloqueándote el paso. «No, no, yo no podría ser escritor» o «No, no, yo jamás podría hacer lo que hace Fulano».
MOYERS: En este sentido, a diferencia de héroes como Prometeo o Jesús, no partimos en nuestro viaje para salvar al mundo sino para salvarnos a nosotros mismos.
CAMPBELL: Pero al hacerlo, salvas al mundo. La influencia de una persona vital vitaliza, de eso no hay duda alguna. El mundo sin espíritu es una terreno baldío. La gente tiene la idea de que se puede salvar el mundo cambiando las cosas de lugar, cambiando las reglas, cambiando de lugar a los que mandan, y cosas así. ¡No, no! Cualquier mundo es válido si está vivo. Lo que hay que hacer es darle vida, y el irónico modo de hacerlo es hallar en tu propio caso dónde está la vida, y volverte vivo tú mismo.

EL PODER DEL MITO – JOSEPH CAMPBELL

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Carlos Fernández, Daniel Carrillo, Javier Cañones y Daniel Sande.
Café Gijón, Madrid, 24 de diciembre de 2013

Hay bastantes mujeres que se sienten atraídas por hombres déspotas. Como las mariposas por el fuego. Y hay mujeres que lo que más necesitan no es un héroe, ni siquiera un amante apasionado, sino sobre todo un amigo. Recuérdalo cuando crezcas: aléjate de las mujeres a quienes les gustan los déspotas, y entre las que buscan un hombre-amigo intenta encontrar, no a las que necesitan un amigo porque están algo vacías, sino a las que también desean llenarte. Y recuerda que la amistad entre un hombre y una mujer es algo mucho más valioso y extraordinario que el amor: de hecho el amor es algo bastante rudo e incluso grosero comparado con la amistad. La amistad incluye también una parte de delicadeza, de aceptación y generosidad, y un refinado sentido de la mesura.

UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD – AMOS OZ

El juramento por el que tuvo que pasar Baroja era conceptuoso, obra también de d’Ors, al borde mismo de la parodia: «¿Juráis o prometéis en Dios y en vuestro Ángel Custodio servir perpetua y lealmente al de España, bajo Imperio y norma de su tradición viva; en su catolicidad, que encarna el Pontífice de Roma; en su continuidad representada por el Caudillo, Salvador de nuestro pueblo?»
Durante muchos años, hasta hace tres o cuatro en que Granjel reescribió el episodio, circuló la versión que Julio Caro refiere en su Los Baroja de la contestación que don Pío había dado a tal galimatías. Al parecer no eran pocos los que querían ver a Baroja en el dilema de elegir entre un «juro» o un «prometo», ya que como ateo confeso debería emitir un simple prometo, pero las circunstancias aconsejaban, sin duda, un más rotundo «juro» confesional y apostólico. Según la versión que figura en Los Baroja, su respuesta fue enteramente barojiana, y don Pío diría: «Lo que sea costumbre.» Según la más exacta de Granjel no fue sino un, no menos barojiano, «lo que manden».

LAS ARMAS Y LAS LETRAS – ANDRÉS TRAPIELLO

Que muriera pronto fue desde luego una gran desgracia, pero además que pensara tan lúcidamente le produjo una gran tristeza. Pero aunque para él significó que lo apartaran y lo odiaran tanto los suyos como los contrarios, a nosotros nos ha dado la esperanza de reconstruir su proyecto liberal. No hay otra cosa: hacer de este país un sitio donde no tengan cabida ni el déspota, ni el cacique ni el oscurantista. Como él decía muchas veces: estar con la gente haciendo un trabajo noble, digno, ser remunerado por ello y tener una vida digna. Y que cada cual piense en sus asuntos privados lo que quiera, y que no se metan los demás en ellos.

EL HOMBRE QUE ESTABA ALLÍ – DANIEL SUBERVIOLA Y LUIS FELIPE TORRENTE

La tarde que llegué al Café Gijón por P. Daniel Carrillo

abril 24, 2008 7 comentarios

ÍNDICE DEL LIBRO DUDAS

La primera tarde que entré en el Café Gijón puede que fuese una tarde de jueves. Había espejos, mesas de mármol, una sola tertulia junto a la ventana y algunos camareros como salidos de otra época, rescoldos de otro Madrid más viejo y más gris que repartían infusiones con un deje secular, con la mecánica consciencia del que sabe que el café es lo de menos en un Café literario. Mientras tomaba mi café simbólico y me miraba en los espejos, iba recreando el cuadro de Gutiérrez Solana que acababa de ver en el Reina Sofía, y después del Café Pombo apareció por mi mente huída el Café de Doña Rosa, protagonista inanimado de La Colmena, y así me fui perdiendo en todos los cafés literarios, en todas las tertulias que nunca veré y en todos los escritores que foguearon su genio al humo de una taza que daba calor a un Madrid olvidado al que no quería volver.

Me imaginaba una mesa llena de tazas vacías, un coro de hombres que se las dan de listos, algún pálido poeta fingiendo que escribe en sus cuartillas, y sobretodo, sobre todos, un escritor de fama que dirige en silencio la conversación, que impone los temas y las opiniones casi sin hablar. Y pensaba en Cela, en Umbral, en ese libro que se llama La noche que llegué al Café Gijón. Y miraba a los tertulianos de la ventana, un par de viejos actores conocidos entre ellos, y miraba a los camareros, que sin duda se iban a jubilar pasado mañana, y miraba a los espejos que eran reliquias y a las mesas que eran moda hace diez modas. Y mientras apuraba mi café sentado en la barra (porque me había quedado en la barra: quizá me parecía poco respetuoso hacerme servir el café en una mesa, o quizá era sólo timidez), mientras pagaba el precio simbólico de mi café simbólico, concluí que ya no había cafés literarios ni ganas de resucitarlos, ni tertulias ni madriles que las merecieran ni genios de andar por casa que las justificaran.

La tertulia en el café de Pombo, de José Gutiérrez Solana

La tertulia en el café de Pombo, de José Gutiérrez Solana

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