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Gabriel García Márquez y Cien años de soledad

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Cuando murió García Márquez lloré de pena durante un momento, y a continuación de alegría al recordar la felicidad inmensa que me provocó la primera lectura de Cien años de soledad, la fascinación adolescente que me obligaba a interrumpir la lectura, a dejar el libro sobre la cama y a respirar profundamente mientras miraba al techo abrumado ante el poderío de una prosa torrencial. Mi sentimiento es de gratitud eterna por la dicha íntima de todas y cada una de las relecturas, de todas y cada una de las noches que he abierto la novela por una página al azar y me he fugado a Macondo, allí donde el fondo y la forma se cruzan en el cenit. Gratitud eterna, también, por la creación de José Arcadio Buendía, el héroe voluntarioso, acaso mi personaje literario favorito, acaso una historia paralela a la del propio García Márquez, que alcanzó la maestría del único modo que encontró la humanidad para llegar a ella: con ansia de aprendizaje, voluntad, trabajo, renuncia y entrega.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

El abuelo Alexander

septiembre 17, 2013 4 comentarios

Unos meses después de la muerte de la abuela comenzó a reverdecer la vida amorosa de mi abuelo, tempestuosa y espléndida. Y al mismo tiempo, eso creo, mi abuelo de setenta y siete años descubrió el placer del sexo.

Aún no se había quitado el polvo del entierro de la abuela de los zapatos cuando la casa se llenó de mujeres dispuestas a consolar, ayudar, repeler la soledad y ser comprensivas. No le dejaban solo ni un instante, le reconfortaban con guisos calientes, le reanimaban con pasteles de manzana, y a él, al parecer, le gustaba no permitirles que le dejaran solo: durante toda su vida había deseado a las mujeres, fueran cuales fueran. Deseaba a todas las mujeres, a las guapas y a las que tenían una belleza que los demás hombres no sabían apreciar: «Las señoras», algo así sentenció una vez mi abuelo, «son todas guapas. Todas sin excepción. Pero los hombres», sonrió, «están ciegos. ¡Completamente ciegos! Sólo se ven a sí mismos, ni siquiera a sí mismos. ¡Están ciegos!».

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Pasaba horas en su mesa de la discreta segunda planta del café Atara, en la calle Ben Yehuda, con un traje azul oscuro, una corbata de lunares, sonrosado, sonriente, pulcro, bien arreglado, oliendo a champú, talco y perfume, cautivador con su camisa blanca almidonada como una tabla, con su impecable pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, con sus gemelos de plata en los puños, rodeado siempre de un séquito de mujeres bien conservadas de unos cincuenta o sesenta años: viudas con corsés apretados y medias de nailon con costura, divorciadas bien maquilladas, damas elegantes llenas de sortijas, pendientes y pulseras que se hacían la manicura, la pedicura, la permanente y se marcaban el cabello, matronas que hablaban un hebreo macarrónico con acento húngaro, polaco, rumano o balcánico. Al abuelo le gustaba su compañía y ellas se derretían con sus encantos: era un conversador fascinante y divertido, un gentleman del siglo XIX, les besaba la mano, se apresuraba a abrirles las puertas, ofrecía su brazo en las escaleras y en las cuestas, recordaba las fechas de los cumpleaños, enviaba ramos de flores y bombones, las escuchaba atentamente, elogiaba con sutileza el corte del vestido, el cambio de peinado, los elegantes zapatos o el nuevo bolso, bromeaba con ocurrencias y buen gusto, recitaba un poema en el momento preciso, conversaba con pasión y buen humor. Una vez abrí una puerta y vi a mi abuelo de noventa años arrodillado delante de la viuda morena, oronda y risueña de un notario. La señora me guiñó el ojo por encima de la cabeza de mi abuelo enamorado y sonrió enseñando las dos filas de dientes demasiado completas para ser auténticas. Me fui y cerré despacio la puerta, sin que el abuelo me viera.

¿Cuál era el secreto del atractivo viril del abuelo? Es posible que sólo lo empezara a comprender al cabo de los años. Tenía una cualidad muy rara en los hombres, posiblemente la cualidad más sexy para muchas mujeres: sabía escuchar.

No simplemente hacía que escuchaba, por educación, esperando con impaciencia a que terminaran y se callaran de una vez.

No interrumpía las frases de su interlocutora y las terminaba en su lugar llevado por la impaciencia.

No la interrumpía ni se inmiscuía en lo que estaba diciendo para concluir y pasar a otro tema.

No dejaba que ella le hablase al vacío mientras él preparaba su respuesta para cuando por fin terminase.

No fingía que le interesaba o disfrutaba sino que le interesaba y disfrutaba de verdad. En suma: era un curioso infatigable.

No era impaciente. No aspiraba a llevar la conversación de los insignificantes argumentos de ella a los importantes de él.

Todo lo contrario: le gustaban mucho esos argumentos. Le agradaba esperarla y, aunque se alargase, la esperaba y se deleitaba mientras tanto con sus rodeos. No metía prisa. No apremiaba. Esperaba a que terminase e incluso cuando acababa no se precipitaba, sino que le gustaba seguir esperándola: a lo mejor tenía algo más que añadir. A lo mejor se le ocurría otra feliz idea.

Le gustaba dejar que ella le cogiese de la mano y, a su ritmo, le condujese a sus sitios favoritos. Le gustaba acompañarla como una flauta acompaña una melodía.

Le gustaba conocerla. Le gustaba comprender. Saber. Le gustaba llegar al fondo de su mente, e incluso más allá.

Le gustaba entregarse, deseaba entregarse más que deleitarse con la entrega de ella.

Nu, shto: ellas hablaban y hablaban con él hasta que no podían más, hablaban incluso de las cosas más íntimas, secretas y sensibles, y él escuchaba con
sutileza, con ternura, con empatía e indulgencia.

No, no con indulgencia sino con placer y sentimiento.

Hay un montón de hombres a los que les gusta muchísimo el sexo, incondicionalmente, pero odian a las mujeres.

A mi abuelo, eso creo, le gustaban ambas cosas.

Y con delicadeza: sin echar cuentas, sin pedir nada a cambio. Nunca apremiaba. Le gustaba zarpar y no apresurarse a echar el ancla.

 

Extraído de Una historia de amor y oscuridad, del escritor israelí Amos Oz.

SE HIZO REALIDAD

noviembre 25, 2011 3 comentarios

Nos vamos hoy a San Fernando Cadiz, depués de que publicásemos esto en el libro Dudas en el año 2006.

– ¿Cuáles son vuestros proyectos de futuro?

– Queremos celebrar la aparición del libro bajando a Tarifa en un Volkswagen Golf oscuro, carro por lo demás muy apreciado entre los mafiosos de mi barrio, con la sana intención de llegar al Sur del Sur y buscar las huellas de Montero Glez. Somos admiradores de su literatura de aliento anárquico.

– Si, pero por si acaso yo me estoy sacando el carnet de camión y tengo planeado montar un asador de pollos.

Capítulo 20. Filosofía barata y Zapatos de Goma por P. Daniel Carrillo

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