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Atado y bien atado

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Enciendo la tele y oigo hablar a dirigentes de la nueva política, nacidos ya en democracia, que piensan el presente con la mirada fijada en el pasado franquista. Por momentos parece que no hacen propuestas a favor de sus ideas sino en contra del fantasma de la dictadura.

Y es verdad que la mayoría de los males que nos aquejan tiene su origen, como pronto, en la Transición. Ruptura o reforma, se preguntaban ingenuamente, y les respondieron: continuidad. Quizá sí que hubo un puñado de hombres audaces o quizá el miedo reinante impuso la prudencia o quizá nunca hubo otras posibilidades y la España de hoy es un resultado al que se hubiera llegado en cualquier caso, un país mediano arrastrado por el caudal de la historia, homologable a los de su entorno: OTAN, Unión Europea y pensamiento único.

Me pregunto cuántos de nuestros males vienen de no haber limpiado nunca todo lo que manchó la dictadura. Se habla poco de justicia y de libertad, y la palabra democracia no siempre encaja con este Reino que arranca con Juan Carlos jurando fidelidad a los principios del Movimiento Nacional y sigue con una Constitución redactada en secreto. Miro las noticias y sospecho que todo lo actual puede ser ponderado en clave franquista: el independentismo, la factura de la electricidad, el Yak-42, el monopolio político de la Junta de Andalucía, los muertos de las cunetas y los de ETA, el Real Madrid y el Barcelona, el poder bancario y el poder industrial, las pensiones, un partido creado por Fraga y otro resucitado en la clandestinidad.

Apago el televisor y pienso en la nueva política, en la Telefónica que ahora se llama Movistar y en Leonor, y en Sofía. Y me digo a mí mismo que quizá no estuvo tan desatinado el dictador fascista en su discurso de Navidad del 69, cuando dijo aquello de “todo ha quedado atado y bien atado”.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Revolución

Para comprender que no hay revolución posible basta conocer a mi vecino y a los que como él han descubierto la guillotina a los cuarenta y tantos. Ahora no hay marea a la que no se sume, recorte en educación o sanidad contra el que no proteste o huelga de televisión autonómica, metro o justicia con la que no se solidarice. Antes nunca hablaba de política, pero desde que a él le bajaron el sueldo, a su hijo lo dejaron sin beca y a su hermana, que es enfermera, la despidieron, mi vecino no deja de decir que hay que asaltar el Congreso.

No habrá revolución pero bien podría haber evolución: un cambio colectivo que necesariamente tendría que nacer del cambio individual, del convencimiento íntimo de que las cosas pueden ser de otra manera. Mientras cada cual opine una cosa o la otra dependiendo de si tiene o no un primo antidisturbios, mientras el personal piense que democracia es votar cada cuatro años, mientras a cada alcalde corrupto le espere el aplauso de sus “colocaos” a la salida del juzgado… seguirá habiendo caciques en vez de servidores públicos y las madres seguirán diciendo a sus hijos aquello que, al parecer, acostumbraba a decir Franco para zanjar ciertas conversaciones: “Usted haga como yo y no se meta en política”

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Hispania intervenida

Todavía no existía Italia, pero vamos a decir que fue una panda de italianos la que civilizó a unas cuantas tribus que había por aquí, impuso la ley y desarrolló calzadas y acueductos.

Muchos años después, un muchacho delgado y taciturno que había nacido en Flandes desembarcaba en Asturias para ser nombrado Rey de Castilla y Aragón. Entonces sólo hablaba flamenco, pero al cabo de unas décadas situaría esos Reinos a la cabeza de un Imperio donde no se ponía el sol.

Saltando algún que otro siglo, sería una dinastía de franceses la que tuvo que llegar para convertir la corte más puerca del mundo en una ciudad limpia, monumental y bien iluminada. También eran francesas ciertas ideas revolucionarias que hablaban de libertad y de conocimiento, y que por supuesto fueron mal recibidas en este país que era de curas, navajeros y cabras de campanario.

Hay quien dice que, tan sólo hace unas décadas, fueron unas cuantas bases aéreas de los yankis las que pusieron a funcionar esta nación empobrecida por el Vigía de Occidente. Y hoy alguno me comenta, cuando paso por el pueblo, que se gana más de la subvención de la Unión Europea que de vender el trigo cosechado.

Por eso a veces me pregunto si no sería mejor que nos intervinieran cuanto antes. Si habrá llegado el momento de ejecutar esa tradición secular según la cual tiene que venir alguien de fuera para airear nuestras habitaciones y organizarnos la casa.

O quizá en este mundo globalizado ya no pueda llegar nada realmente ajeno, y la solución se esté fabricando desde dentro; en otras ideas, en otras formas o en otras redes. No hay más que olfatear la plaga de abogados y economistas que ha infectado el Congreso y los Consejos de Dirección para notar cierto tufillo endogámico. Y en este Reino de España ya sabemos lo que pasa con la endogamia. Que los hijos acaban saliendo tontos.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares 107.4 FM.

Juan Carlos I, el cazador

Tenía diez años cuando Franco le regaló una escopeta de calibre 28 y fabricación española. Ibán juntos a faisanes por Aranjuez, y es de suponer que en aquellas cacerías el Caudillo, con esa voz que algún historiador llamó broncínea y de diamantinos armónicos (y que otros juzgaron atiplada y maricona), le iría explicando al entonces Príncipe el mecanismo de la red de pescador con la que más tarde atraparían juntos a Don Juan, el hijo de Rey y padre de Rey que nunca reinaría.

A los dieciocho le regalaron una pistola de calibre 22 y proyectil de 6 milímetros. Estaba jugando con ella cuando cazó a su hermano, el brillante Alfonsito, en un desafortunado accidente cuyo amargo recuerdo no le ha impedido seguir cazando.

Cazó a una princesa griega pero no por ello dejó a un lado la caza menor. Cazó a los falangistas que le abucheaban y a los franquistas que le despreciaban, propiciando un sistema verdaderamente democrático.

Cazó al oso Mitrofán, borracho de miel con vodka (el oso, se entiende). Cazó a collejas a Lobato en el Gran Premio de Bahrein y cazó un yate gracias a la Fortuna de veinticinco empresarios bien nacidos.

Cazó un adjetivo, campechano, y el día menos pensado van a poner su foto al lado de la definición en el diccionario de la RAE. Cazó a Tejero, y a los otros golpistas del 23-F, saliendo por la tele a la una y pico de la madrugada. Entre lo de ese día, y lo de ser alto y rubio, cazó los corazones de un país de bajitos y morenos, y los seguiría teniendo apresados de no ser por algunos yernos y por los tiros en el pie con calibre 36.

El último tropiezo le cogió cazando elefantes en un país que nadie sabe dónde está. Ahora ha salido a pedir disculpas con la mueca del niño pillado en falta, y hay algo en ese gesto que podría reconciliarle con su pueblo. A pesar de haber nacido en Roma y de pasar sus primeros diez años sin pisar España y sin cazar el castellano, hay algo en su gesto, algo de golfo y parrandero, que se antoja muy nuestro. Algo que es fatal, oportuna y definitivamente… español.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares 107.4 FM.