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Posts Tagged ‘Kamikazes’

Pequeñas historias de la vida diaria (I): La Vida y La Muerte

octubre 15, 2008 1 comentario

Llevaba tres días en casa encerrado sin dar señales de vida. Escribió una carta larga de amor de esas que recuerdan al joven soldado, ésta la dejó encima de una mesa junto a una caja vacía de pastillas contra las migrañas. Por suerte la destinataria nunca supo de ella, nadie se atrevió a entregársela, todo el mundo se paralizó de tristeza, imagínense la novia.

El día señalado ella intuyo algo raro y prefirió quedarse en el coche y no abrir la puerta del portal. Llamó desde el móvil a su padre por si acaso, ya que el kamikaze no quería quedar con ella desde hacía días y siempre daba evasivas para verla.

Todo absolutamente todo lo tenía premeditado, ese dolor que tenía acumulado de la vida diaria no le dejaba en paz, vio la solución a tanto sufrimiento un día cualquiera de primavera, cuando todos sus compañeros estaban estudiando para un examen de inglés que él nunca se presentaría. Su novia aunque fuese una preciosa rubia y hubiese querido dejar todo por él: no acabar COU, por lo consiguiente no presentarse a selectividad, dejar a la familia e irse a Valencia para acompañarle, todo esto no le valió lo suficiente para seguir luchando por la vida. Quizá sufría de un dolor extremo en el fondo del corazón que ya estaba demasiado hondo para ser tapado con amor, con besos de verdad que llegaban al alma de cualquiera. Su hermano era un drogadicto y sus padres no le llegaron nunca a entender, su vida había sido una falsa realidad que le devolvía muy tarde a la filosofía esencial de las cosas. Debía dinero y le tenía su cuñado que dejar el piso para poder vivir con su novia (pensarón que así tendrían cerca a su hermana).  

Fue a comprar tres días antes de su fatídico final una cuerda para tender la ropa, en vez de ponerla de tendedero la puso en la puerta enganchada de mala forma al picaporte. Más tarde, se ató la cuerda al cuello y se estrángulo con impertinencia doblando las piernas (no había altura suficiente para dejar su cuerpo tendido en el aire). Su «suegro» no pudo hacer nada cuando abrió la casa, por más que intentó sujetarle el cuerpo inerte hacía horas que había parado de respirar. 

Al día siguiente, aunque hubo examen de inglés sus compañeros de clase según se iban enterando dejaban de hacer la prueba para salir al patio y llorar. Se escuchaban gritos de histeria por todo el Instituto Público de Vallecas. Parece ser que era un buen chaval, todos le querían.

KAMIKAZES (3 DE 3)

agosto 19, 2008 1 comentario

Se levantó de un coma cerebral, intentó abrir de golpe los ojos pero los tenía «cosidos» con grapas invisibles, al final pudo despegarlos poco a poco, con el dolor de quien pierde los párpados arrancados de cuajo. Lo primero que vio fueron destellos de luz. La habitación estaba blanca con poemas colgados de Luis Cernuda y fotos amarillas. En su mesilla había un recorte de periódico de El País, aparecía él postrado en la cama junto un cantante de su época que le recordaba a Jim Morrison.

Sí lo hubiese sabido antes se habría enfrentado a la vida para no tener que enfrentarse ahora con su muerte.

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KAMIKAZES (1 DE 3)

agosto 8, 2008 8 comentarios

La ambulancia pasaba como un ave fenix por La Castellana saltándose todos los semáforos en rojo, eran las dos de la mañana de un lunes lluvioso de abril, había una bruma en la atmosfera que recordaba al alma de un muerto cuando se te mete en el cuerpo. Él estaba medio tumbado agonizando, tenía los ojos abiertos de dolor y sangraba como un cochino cuando lo sacrifican de un estacazo en la nuca. El enferemero de la UVI al verlo directamente le dio por muerto. Le puso la sabana de aluminio y bendijo un padre nuestro por si algo existía en el más allá para sacarlo del infierno. En el lugar del suceso seguía sonando en un cd/mp3 la música de Ricardo Cocciante a todo volumen, parecía que en el lugar del choque todavía quedaba alguien por testificar y nadie se atrevía a entrar en lo que quedaba de lo que fue un Renault Megane 16V.

El coche parecía una estatua abstracta colgada de una farola, las ruedas habían volado literalmente por el cielo de Madrid y el motor desteñía La Castellana de un humo negro aparatoso. Nadie se explicaba como en una recta de cuatro carriles un chico tan joven podía haberse estrellado contra una farola, y haber acabado casi abrazando una estatua, parecía como si el muerto hubiese querido llegar a besar a esa Venus que sonreía. Todo apuntaba que se había quedado dormido, según decían los pocos vecinos de la zona que habían bajado en pijama. Pero el enfermero que fumaba de forma automática pensaba que la música tan alta no se había subido después del golpe, todo le daba que pensar mientras miraba sin miedo al cuerpo del kamikaze. Una chica que aparentaba 28 años y había bajado en camisón inmedatamente después de escuchar el siniestro gritaba de impotencia, no se explicaba como podía ir a 160km/h y no haber intentado frenar antes, ese chico que había salido volando por detras del cristal del maletero como si fuera una maleta de un avión en marcha.

El enfermero un verdadero luchador callejero, le rompió la camisa con sus propias manos agrietadas, le puso la mascarilla de oxígeno en la cara y le clavó una inyencción directa al corazón para intentar recuperar la respiración, mientras le decía «no te mueras hijo de puta, no te mueras, eres todavía muy joven para comprender el amor y la vida, cabrón no te me mueras por mis cojones».Decidió no dar por muerto a ese chico de 24 años que expulsaba sangre por la boca pero milagrosamente de vez en cuando hacia intentos invisibles por respirar.

El sonido de la ambulancia se metía por todas los dormitorios de Madrid, mientras se perdían como un pájaro en la bruma, todo parecía tan muerto como un Sócrates sangrante,…

Sombras en un Madrid nocturno

continuará…