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Gabriel García Márquez y Cien años de soledad

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Cuando murió García Márquez lloré de pena durante un momento, y a continuación de alegría al recordar la felicidad inmensa que me provocó la primera lectura de Cien años de soledad, la fascinación adolescente que me obligaba a interrumpir la lectura, a dejar el libro sobre la cama y a respirar profundamente mientras miraba al techo abrumado ante el poderío de una prosa torrencial. Mi sentimiento es de gratitud eterna por la dicha íntima de todas y cada una de las relecturas, de todas y cada una de las noches que he abierto la novela por una página al azar y me he fugado a Macondo, allí donde el fondo y la forma se cruzan en el cenit. Gratitud eterna, también, por la creación de José Arcadio Buendía, el héroe voluntarioso, acaso mi personaje literario favorito, acaso una historia paralela a la del propio García Márquez, que alcanzó la maestría del único modo que encontró la humanidad para llegar a ella: con ansia de aprendizaje, voluntad, trabajo, renuncia y entrega.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

La mentirijilla de Luis del Olmo

febrero 24, 2014 5 comentarios

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Era época de exámenes. Aproveché un descanso en el estudio para acercarme al Teatro Salón Cervantes, desde donde Punto Radio estaba emitiendo su programa matinal. Sobre el escenario había una alargada mesa, una maraña de cables, mucha cartelería de la emisora, habituales tertulianos, redactores, técnicos, y en el centro de todo Luis del Olmo, el veterano y prestigioso locutor radiofónico, que dirigía y presentaba su programa Protagonistas desde hacía más de veinte años.

El público, del que formé parte unos diez minutos antes de volver a mis apuntes, era muy escaso: una treintena de pensionistas dispersos por la platea. Yo ya estaba abandonando el lugar cuando Luis del Olmo dijo algo así como doy paso a la publicidad pero antes pido un fuerte aplauso del público que abarrota este teatro de Alcalá de Henares.

Aquello me paralizó. Había dicho el público que abarrota. Podría haber dicho el público que asiste, el público que nos acompaña, el público que se ha acercado hasta aquí. Pero dijo que los cuatro gatos abarrotábamos el Teatro.

Han pasado varios años y no dejo de recordarlo. Sigo pensando que Luis del Olmo es uno de los periodistas más coherentes, abiertos y ecuánimes del panorama. Y precisamente por ello me obligo a tener presente la anécdota cada vez que consumo información. Si un tipo así mintió tan descaradamente en una cosa tan absurda, ¿qué podemos creer? ¿y a quién?.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

¡Por fin lunes!

Qué lejos queda esa utopía según la cual benevolentes robots animados por poderosas fuentes de energía hacen el trabajo duro, mientras que los humanos se dedican al ocio, al arte y al fomento de su espiritualidad. Y qué ingenua parece hoy aquella propuesta para terminar con el desempleo repartiendo las horas totales de trabajo, y sus respectivos ingresos, entre todos.

O quizá fueran utopías mal planteadas, y la verdadera satisfacción esté en trabajar, incluso en trabajar mucho, en mantenerse ocupado, siempre que sea en aquello que nos estimule; allí donde, en cada caso, la capacidad y el reto coinciden.

Desconfío del artificio de la semana laboral, que es mecanismo perverso según el cuál al final del día, o de la semana, se recurre al consumo compulsivo como compensación a los sinsabores de un modo de trabajar alienante.

No me imagino a García Márquez dejando de escribir Cien años de soledad porque es día feriado; tengo más miedo a la depresión por desocupación que a las semanas de actividad febril.

Así que sospecho que la felicidad tendrá que ver con algún tipo de provechosa integración de vida profesional y vida personal, allí donde la frontera del ocio y el negocio se difumine. Quizá así pueda llegar un día en el que tras la sorpresa del despertador nos asalte un pensamiento dichoso: ¡por fin lunes!

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Tauromaquia

diciembre 14, 2013 11 comentarios

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Los niños me preguntan cuál es el color que más me gusta, mi número preferido y mi animal favorito. A esto último respondo sin dudar: el toro. Y entonces pienso en un campo infinito, en la belleza del peligro y en la luz de una luna sevillana bañando la desnudez de Juan Belmonte.

Quizá tenga algo que ver con las partículas elementales: me estremezco ante la imagen de aquellas fuerzas descomunales recorriendo a tumba abierta las estrechas calles de una ciudad en fiestas, y este sentimiento no debe ser tan diferente del que embrujó al pintor de Altamira.

Me gusta más el toro libre en el campo y me gusta menos la mortal ceremonia con banderas de España, cigarro puro y señoras teñidas de rubio. La aberración es tan indefendible que sólo queda argumentar a lo Pérez de Ayala, el que dijo lo de “Si yo fuese dictador en España, prohibiría las corridas de toros; como no lo soy, no me pierdo ni una». Y si me tengo que alistar en un bando me iré, una vez más, con los que quieren tolerar y no con los que quieren prohibir.

Hay un inconfundible y trágico aroma español en ese teatro con muerte y orquesta, en el patetismo de El Cordobés diciendo a su hermana Angelita “esta noche te compro una casa …o llevarás luto por mí”, en ensalzar la respuesta brava al dolor de los puyazos y a morir matando, en el heroísmo inútil, elemental y físico del recortador que va recorriendo las fiestas patronales.

Pero yo prefiero pensar en silueta negra de carretera y en dehesas con cielo azul. Y a los niños no les digo nada, claro, cuando no soy capaz de conseguirlo, y se me viene a la mente la imagen de Juan Belmonte un momento antes del disparo, quién sabe si lamentándose de no haber muerto en la plaza.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Teoría del TETRIS

noviembre 30, 2013 7 comentarios

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Cuenta la leyenda que el ruso Alekséi Pájitnov programó el Tetris en una sola tarde, y eso encaja con el aroma de simplicidad, eficacia y robustez que impregna cualquier obra de una ingeniería bien hecha. Después de esa tarde vendrían otras muchas disfrutando del popular videojuego, viendo caer las siete configuraciones de piezas de cuatro bloques, colocando a marchas forzadas un universo con pocas pero inflexibles leyes de deliciosa fragancia filosófica: caos y orden, norma y libertad, fugacidad y resistencia, muerte y vida.

Ahora que ese mundo ochentero de la Nintendo parece volver como moda retro y asunto de culto, yo quiero dedicarle una ración de piropos a la tecnología rusa del Tetris de la que tantas horas disfruté, hasta la obsesión, hasta el repetido sueño de piezas bajando en la pantalla de los párpados. Me gusta pensar en el Tetris como metáfora de la vida. La cosa avanza sin que puedas pararla y no eliges la siguiente pieza, pero sigues teniendo cierto margen de maniobra y siempre puedes decidir cómo te lo quieres montar: si avanzar poco a poco y con prudencia o caminar sobre el alambre mientras planeas con dedicación esa jugada maestra que vuelva a llevar las cosas a una situación idónea.

La simpleza del Tetris evoca la austeridad como medida de supervivencia ante los avatares de la vida. Cada vez que veo uno de esos supervideojuegos de hoy en día me acuerdo de esa falsa leyenda urbana que habla de la carrera espacial. Cuentan que la NASA, al encontrarse con el problema de que los bolígrafos normales no permitían escribir en ausencia de gravedad, contrató a una firma de consultoría que tras varios años y unos cuantos millones de dólares diseñó un bolígrafo apropiado para el uso de los astronautas. Los rusos, mientras tanto, usaban lapicero.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Florentino Pérez

noviembre 18, 2013 5 comentarios

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Tiene tres hijos: Eduardo, Florentino y Mari Ángeles, a los que familiares y amigos llaman ‘Over’, ‘Chivo’ y ‘Cuchi’. Hablando de apodos, comparten el de ‘Pitina’ su difunta mujer y su yate.

También tiene más de mil millones de euros, según la revista Forbes, por lo que quizá los sesenta kilos por Kaká no le duelan tanto a él como a nosotros, los madridistas.

A pesar de lo de Kaká, y lo de Queiroz, y lo de Coentrao y lo de Del Bosque y lo de Özil, repasando la trayectoria de Florentino Pérez se aprecia que tiene olfato. Allá por los ochenta debió de olerse que era el momento de evolucionar desde la política hacia la construcción, ingredientes que bien mezclados se subliman dando lugar a la recalificación.

Con la recalificación de la Ciudad Deportiva puso al Real Madrid en la senda que le ha llevado a ser el club deportivo más rico del mundo. Diseñó un equipo de galácticos que ganó más bien poco. Se fue diciendo que quizá había maleducado a sus estrellas y volvió años después, a tiempo para otra gran operación urbanística, esta vez en el estadio. Cambió los estatutos y ahora el presidente blanco ha de tener 80 millones de euros y 20 años como socio.

Ante la hegemonía futbolística del Barça decidió contratar a un entrenador impresentable. Después de despedirlo pagó el fichaje más caro del mundo por un jugador que no es de los mejores del mundo.

La actitud servil de gran parte de la afición tendría alguna lógica acompañada de resultados. Desde que Florentino volvió a ser su presidente, el Real Madrid, un equipo de fútbol construido por y para la victoria, ha ganado tres títulos. En el mismo periodo (cuatro temporadas completas), el Barcelona lleva trece.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Las cosas bien hechas

noviembre 10, 2013 3 comentarios

Con Antonio Gordillo y su obra ‘Jesús de la Paz y la Serenidad’ en Calzada de Valdunciel (Salamanca) – Domingo de Ramos, 2013

Creo que las ideas le suelen llegar mientras fuma en la terraza, siempre sin tragarse el humo, después de comer o de cenar. También creo que no se pone a ello de inmediato, sino que va madurando unos cuántos proyectos simultáneamente en su cabeza, eligiendo materiales y formas, diseñando la obra durante sucesivos paseos. En algún momento del proceso hace, con bolígrafo BIC negro, al menos un dibujo previo que rondará por el taller cuando el proyecto pase a producción. Como materiales prefiere maderas de árboles que haya conocido vivos y piedra de su pueblo natal, aunque también utiliza metal, pintura, químicos y herramientas que necesariamente consigue de proveedores externos. Alguna vez le hemos ayudado a serrar o cepillar madera, mezclar los óleos o corregir textos, pero a la hora de verdad se queda él solo, trabajando sin prisa en una sola tarea en la que pone los cinco sentidos, porque es esa la única manera de hacer bien las cosas. Aunque no tiene la exigencia de terminar en una fecha concreta, lo cierto es que no retrasa el proyecto en el que esté implicado más allá de algunas semanas. Al terminar la jornada limpia, barre y ordena, dejando el puesto de trabajo a punto para el próximo día. Cuando la maqueta, talla, mueble, cuadro, réplica o relato quede finalizado, mi abuelo comenzará una campaña de marketing que no busca vender, sino tan sólo una palabra de aprobación, un comentario y el disfrute de los familiares y amigos.

Bien mirado, podría escribirse un libro sobre gestión exitosa de proyectos, estímulo de la creatividad, planificación empresarial y productividad personal tomando como base la forma de trabajar de mi abuelo Antonio. Y ese libro con justicia podría titularse Las cosas bien hechas.

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Guitarra solista

Gary Lorenzo fotografiado por Xose Luis Frías durante un concierto de Rock N´ Bikes Band

Gary Lorenzo fotografiado por Xose Luis Frías durante un concierto de Rock N´ Bikes Band

Cuando éramos compañeros de adolescente pupitre me dijo que andaba entrenando para artista pero yo no le tomé muy en serio; al fin y al cabo, en aquella época todos queríamos ser otra cosa diferente a lo que somos ahora. Muchos años después llevé mi escepticismo a un concierto ya empezado y al llegar me abrí camino hacia la barra, porque en según qué sitios hay que tener la elegancia de llevar un tercio de cerveza en la mano.

Después fui hacia los músicos y casi me olvidé de la gente que me rozaba y del estruendo que emitía aquel sexteto rockero cuando fijé mi atención en la guitarra, que en sus manos me pareció más pequeña y más brillante; un objeto estilizado y decididamente sensual que no sabría diferenciar de un arma, porque había algo casi violento en la sucesión de acordes, en el movimiento rápido y preciso de su mano izquierda, en la ráfaga de notas agudas lanzadas como proyectiles filosos.

Me pareció que el guitarrista era la estrella del grupo y entonces me brotó el orgullo tontorrón del que ve a un paisano por la tele. Y un momento después lo que me brotó fue la envidia, porque al ver su gesto de absoluta concentración -la boca abierta, los ojos puestos en la nada- supe que aquello más tenía que ver con el sentimiento que con la doctrina. Y entonces quise ser músico como él, no porque quisiera subir al escenario sino por un repentino y profundo deseo de acariciar las cuerdas, de sentir la guitarra contra mi cuerpo y de acercarme a ese nirvana que él parecía a punto de alcanzar.

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.

Una columna en la radio

febrero 7, 2013 8 comentarios

Hace un par de años me operaron de miopía. La cosa, al principio, fue mal, así que tuve que estar unas semanas sin trabajar. De aquellos días tengo un recuerdo bastante bueno; descubrí algo de mí mismo que me gustó, como cierta capacidad de mantener la calma cuando la cosa se pone fea (y, puedo asegurarlo, despertar viendo cada día peor lo es) y cierta habilidad para esquivar la autocompasión u otros pensamientos negativos mediante actividad física, música, literatura y cine. Otro de los aspectos positivos de aquellos días difíciles es que tomé la decisión de ir a “la radio”.

Conocía la RUAH desde que fui a presentar mi libro Memorias del tiempo discreto en el programa Cualquier día, donde colaboraba un compañero de trabajo de un amigo. Aquella primera vez me gustó; tenían un ambiente bastante golfo pero eso no estaba reñido con un resultado de calidad. Me dijeron que podía volver cuando quisiera y yo me lo tomé en serio pero lo fui dejando pasar. Hasta que me operaron de la vista. En uno de esos jueves de convalecencia me presenté allí unos minutos antes del programa y fui invitado a participar en el directo. Volví a ir a la semana siguiente y Daniel Martín, el conductor habitual, me lanzó el reto: ¿Por qué no haces una colaboración opinando sobre lo que te dé la gana? Así nació Ración de Carrillada.

Yo tenía el viejo sueño de ser columnista. Mis inicios como lector son periodísticos, porque en mi casa se compraba EL PAÍS todos los domingos y yo empecé a leerlo desde muy pequeño. Recuerdo los artículos de Fernando Savater en la revista dominical, la columna de Manuel Vicent en la contra o los textos de Javier Marías y de Vargas Llosa. De repente el cosmos empezaba a organizarse, porque también me había pasado la infancia escuchando la radio, sobretodo Radiogaceta de los deportes con Juan Manuel Gozalo y La ventana, al principio con Javier Sardá y más tarde con Gemma Nierga. Este último programa incluía la columna radiofónica que me iba a servir de referencia: Barra libre, por Eduardo Haro Tecglen. De aquella colaboración del veterano libertario me gustaba ese hablar pausado y la crítica mordaz, argumentada. Me gustaba la pose de francotirador.

Mis primeras Raciones fueron grabadas y editadas en casa, y generalmente emitidas sin mi presencia en el estudio. Después hubo otras grabadas en un estudio auxiliar y posteriormente editadas. A todos estos refritos no los tengo demasiado en cuenta; más bien los considero tentativas iniciales. La Ración de Carrillada genuina es un texto que llevo impreso al estudio y que leo en directo, del tirón, defendiendo mi opinión sin chaleco salvavidas, deslizando lo escrito sobre mi voz lo mejor que puedo. Hay un instante de pánico cuando termina la sintonía de entrada y se supone que debe entrar mi voz. Hay momentos durante la lectura en que quisiera detenerme y volver a empezar. Hay veces que me quedo sin aire y tengo que acabar medio asfixiado y como buenamente puedo. Y hay otras veces en que la Carrillada me sale de un tirón, fluída, con sus silencios oportunos y un ritmo correcto. Cuando esto último sucede soy inmensamente feliz durante el tiempo que dura la lectura, y al terminar tengo ganas de tirarme al suelo del estudio y celebrarlo cual futbolista que marca en la prórroga.

Cuento todo esto para explicar que tener una columna semanal es un medio de comunicación me ha hecho sentir afortunado y que hacerla en la radio, en directo, es un reto personal y un subidón de adrenalina. Y ya que me pongo sincero diré que estoy bastante satisfecho con mi voz y con el tono sobreactuado que algún amigo critica y algún compañero imita, ante lo cual me suelo defender diciendo que si me emulan será porque algo de carisma habrá en las Carrilladas.

Ahora que ya se han expuesto los antecedentes llega el momento de explicar por qué he decidido dejar Ración de Carrillada o, al menos, hacer que no sea una sección fija semanal en Cualquier día. Es posible que haga alguna más de manera espontánea, o que retome el pulso tras descansar una temporada. Ya veremos. Pero ahora mismo, tras 56 Raciones y tras repasar con cierto detenimiento lo que he dejado atrás, creo que es suficiente. En los últimos tiempos he sentido una cierta molestia en tener que atrapar los temas, en buscar algo que decir, cuando antes brotaban con naturalidad. Por otro lado, ese repaso conjunto me ha hecho pensar que gran parte de mi pensamiento actual ya está ahí y que ciertos temas no me dan mucho más de sí. Queda, por siempre, la posibilidad de trazar los perfiles personales que me apetezcan o de salir al paso de la actualidad con alguna idea que me parezca interesante. Queda también en el aire el proyecto personal de utilizar la narración dentro de la columna, a rebufo de mi admirado Julio Camba. Queda la eterna y siempre necesaria tarea de desenmascarar el teatro que llaman Información, y también esa tarea no menos eterna y necesaria de expresar la derrota que nos ataca a todos, pero hacerlo dentro de los confines estrictos de la dignidad y la belleza, como dijo Leonard Cohen. Aunque, por ahora, elijo el silencio.

Revolución

Para comprender que no hay revolución posible basta conocer a mi vecino y a los que como él han descubierto la guillotina a los cuarenta y tantos. Ahora no hay marea a la que no se sume, recorte en educación o sanidad contra el que no proteste o huelga de televisión autonómica, metro o justicia con la que no se solidarice. Antes nunca hablaba de política, pero desde que a él le bajaron el sueldo, a su hijo lo dejaron sin beca y a su hermana, que es enfermera, la despidieron, mi vecino no deja de decir que hay que asaltar el Congreso.

No habrá revolución pero bien podría haber evolución: un cambio colectivo que necesariamente tendría que nacer del cambio individual, del convencimiento íntimo de que las cosas pueden ser de otra manera. Mientras cada cual opine una cosa o la otra dependiendo de si tiene o no un primo antidisturbios, mientras el personal piense que democracia es votar cada cuatro años, mientras a cada alcalde corrupto le espere el aplauso de sus “colocaos” a la salida del juzgado… seguirá habiendo caciques en vez de servidores públicos y las madres seguirán diciendo a sus hijos aquello que, al parecer, acostumbraba a decir Franco para zanjar ciertas conversaciones: “Usted haga como yo y no se meta en política”

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Publicado originalmente como columna radiofónica en el programa Cualquier Día de RUAH – Radio Universitaria de Alcalá de Henares ruah.es.