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El Córdoba de mi abuelo

En 1996 mi abuelo compró el que iba a ser su último coche: un Seat Córdoba blanco. Yo le acompañé al concesionario cuando se lo dieron. En los veranos íbamos al pueblo en él, y allí me pasaba muchas sobremesas de julio metido en el coche, siempre en el asiento del conductor, escuchando la retrasmisión del Tour de Francia. Por aquella época hice este dibujo:

Seat Córdoba

De vuelta en Alcalá, el coche siempre estaba en uno de los sitios de aparcamiento frente al portal de mis abuelos. Cuando unos pocos años después empecé a salir de noche con los amigos, recuerdo que lo veía siempre al volver de fiesta, y muchas noches comentaba que me daba pena que el coche estuviera tan poco utilizado. Cuando me saqué el carnet de conducir empecé a conducirlo, pero muy esporádicamente, tan sólo en los inolvidables viajes mano a mano con mi abuelo para el Domingo de Ramos.

En 2008 terminé la carrera, empecé a trabajar en Madrid y mis abuelos me dieron el coche para que pudiera ir más fácilmente a la oficina. El Córdoba tenía 12 años pero sólo 30.000 Km. El viejo sueño se había cumplido, el coche iba por fin a cabalgar de seguido y yo me iba a sentar en el asiento del conductor para algo más que escuchar la radio.

Uno alcanza con su coche cierta intimidad intransferible. El tacto del volante, la resistencia del pedal de freno, el sonido de los intermitentes, el movimiento de la palanca de cambios. Algunas mañanas hacía el trayecto hacia Madrid con la música apagada, escuchando el sonido del motor y de las ruedas, el golpe del aire contra los cristales.

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Los años fueron pasando y la distancia recorrida iba subiendo, pero el coche seguía funcionando perfectamente. Pasados los 100.000 kilómetros empecé a plantearme la compra de un sustituto más nuevo, confortable, potente y seguro. Pero me costaba mucho decidirme a dar el paso; creo que en ello había cierto sentimiento de lealtad a un coche que nunca nos había fallado, con el que nunca habíamos tenido ningún accidente y al que me unía algo muy especial: la propiedad compartida con mi abuelo.

Finalmente en el verano de 2015 me decidí a cambiarlo. El Córdoba iría al desguace, pero antes quise llevarlo al punto exacto en el que solía estar aparcado durante tantos años, donde yo lo veía al volver con los amigos en tantas noches de juventud. Mi abuelo bajó a despedirse de él y nos hicimos unas fotos.

Recorte1

Recorte2

Ya no fabrican el Seat Córdoba. Si hubiera que buscar algo parecido, sería el Seat Toledo, el coche nuevo que elegí con una mezcla de pragmatismo y fidelidad. Me gusta mucho esta foto del Toledo en el patio del chalet en Calzada de Valdunciel, con las pinturas que hizo mi abuelo:

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