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Postcards to Kiyoshi: Los Ángeles

noviembre 11, 2018 2 comentarios

Querido K.:

Lo siguiente que me viene a la mente es una recomendación efusiva: Don’t go to L.A.! Don’t go to L.A.! Nos la daba Joe, el guía de la bodega de Napa Valley, cuando le dijimos que estábamos de viaje por California y que pensábamos ir a Los Ángeles, pero lo dijo con una sonrisa resignada, que era casi la misma que, días después, tenía un conductor de Uber cuando le contamos nuestros planes para el día siguiente: No vayan al paseo de la fama, no vayan a Hollywood Boulevard, hay mucha gente y nada que ver… Te dicen que no vayas pero saben que vas a ir y que luego vas a volver a tu país diciendo que Los Ángeles no tiene nada interesante, que no merece la pena dedicarle más de uno o dos días…

Nos lo pintaron tan mal que íbamos con tan bajas expectativas que… al final la cosa fue mejor de lo que esperábamos. Mi recuerdo de L.A. no es malo: llegamos un sábado por la tarde y nos fuimos un lunes al anochecer, y en ese plazo hicimos -qué si no- de turistas. Nos bañamos en la playa de Santa Mónica, visitamos Venice Beach, conocimos Hollywood Boulevard, vimos el paseo de la fama y las huellas frente al teatro chino, nos perdimos con el con el coche por Beverly Hills y atravesamos Rodeo Drive, subimos al observatorio Griffith y desde allí hicimos algunas fotos a la ciudad y al cartel de Hollywood, paseamos por el Pier de Santa Mónica y por Muscle Beach, y aún tuvimos tiempo para hartarnos de pasear por el downtown: ya sabes: El Pueblo, Union Station, Japantown, Grand Central Market y unos cuantos rascacielos.

No hay nada especialmente bello y no nos pasó nada especialmente memorable. Entonces ¿por qué he elegido Los Ángeles para esta segunda postal? Quizá por que fuimos felices aquel domingo en aquella ciudad soleada, al final de nuestro viaje, con el cuerpo y la mente ya bregados en kilómetros, cambios de hotel y pateos descomunales, con las maletas casi agotadas y la certeza de un regreso inminente. A esas alturas del viaje yo me sentía muy a gusto con el país, con la decisión de haber ido, con las experiencias vividas, con mi compañera de andanzas y con la dinámica que habíamos sabido establecer. Y Los Ángeles era un buen escenario ¿Qué otra cosa, sino eso, es aquella ciudad?

Llegamos allí conduciendo desde Las Vegas. ¿Cuántos millones de personas habrán hecho ese trayecto de 3 horas? Recuerdo la inmensidad del desierto, esas rectas de 30 km, los camiones tan enormes como icónicos y el tráfico denso pero fluido, casi siempre levemente por encima del límite de velocidad. A la salida de Las Vegas habíamos parado un momento a hacernos la foto tontorrona con el cartel, y a mitad de camino comimos en Calico, en el Peggy Sue’s original, donde por cierto me pareció que casi la mitad de la clientela éramos españoles, Cosas así me dan que pensar sobre mi país y nuestro comportamiento como turistas: quizá seamos lo suficientemente audaces para lanzarnos a viajar hasta allí, pero a la vez nos adherimos al topicazo de la ruta prefijada. Psicología de plaga predecible.

Mientras entrábamos en Los Ángeles fui marcando los checks a mi lista mental de cosas de esas que ya sabes pero que tienes que comprobar por ti mismo. La ciudad es enorme y parece infinita mientras vas dejando atrás desvíos, urbanizaciones, polígonos industriales, parques, subidas y bajadas, las autopistas tienen un número disparatado de carriles, en los carteles vas viendo nombres que te suenan (Pasadena, Santa Mónica, Marina del Rey, El Monte…) y en algún momento, ya llegando al destino, empiezas a callejear por barrios de casas unifamiliares con un césped a la entrada y toda la pinta de haber salido en alguna de esas series o pelis que te han educado en remoto desde tu infancia.

Nuestro hotel estaba en Santa Mónica, en una zona tranquila y a no mucha distancia de Venice Beach o del famoso Pier con el parque de atracciones y el cartel indicando el final de la Ruta 66. Era fin de semana y había mucha gente, el muelle estaba muy animado y en los restaurantes era difícil conseguir una mesa. Nos bañamos muy brevemente en el Pacífico, porque el viento y las olas eran muy molestos. Vimos, por supuesto, a Los Vigilantes de la Playa, aunque la realidad no tiene el brillo de la tele. También vimos muchos patinetes eléctricos y un tendero me habló de Cristiano Ronaldo al saber mi origen. Pero lo que más me llamó la atención fue Original Muscle Beach, con decenas de gimnastas haciendo piruetas al atardecer. Nos quedamos varios minutos embobados mirando ese variedad de ejercicios y cuerpos, y creo que podría haber estado más tiempo aún.

De Hollywood no tengo mucho que decir. Estuvimos sólo unas horas haciendo de turistas y no fuimos a ningún estudio. Subimos al observatorio Griffith a pie por un camino de tierra y bajo un sol de justicia, y ese recuerdo sí que va a permanecer. Viendo la ciudad de Los Ángeles desde allí arriba nos fuimos despidiendo de EEUU.

Nuestro último día lo dedicamos a visitar el Downtown, caminamos durante horas por unas calles con aire de haber conocido tiempos mejores y seguimos el consejo de un camarero que nos recomendó llegar hasta la 7th Street: “Allí están todos los locos”. No sé muy bien por qué, pero me impresionó Union Station: simetría y monumentalidad, una burbuja diferente al resto de la ciudad.

Y así terminó nuestro viaje. Fuimos al aeropuerto, devolvimos el coche y volamos a Madrid. Y a pesar de los consejos de Joe (Don’t go to L.A.! Don’t go to L.A.!) y de lo prescindible que todos los españoles dicen que es la ciudad de Los Ángeles, a mi no sólo no me disgustó sino que quiero volver. Y esa próxima vez quisiera llegar recorriendo la Ruta 66 desde Chicago, el viaje que incendia mis sueños. Aunque quizá con ese deseo delato mi subconsciente de español, ya sabes, lo suficientemente audaz para viajar hasta allí, pero adherido al topicazo de la ruta prefijada…

Un abrazo,

Daniel

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Bill Bryson – Neither here nor there

febrero 28, 2015 3 comentarios

Is there anything, apart from a really good chocolate cream pie and receiving a large unexpected cheque in the post, to beat finding yourself at large in a foreign city on a fair spring evening, loafing along unfamiliar streets in the long shadows of a lazy sunset, pausing to gaze in shop windows or at some church or lovely square or tranquil stretch of quayside, hesitating at street corners to decide whether that cheerful and homy restaurant you will remember fondly for years is likely to lie down this street or that one? I just love it. I could spend my life arriving each evening in a new city.

bill-bryson

When I told friends in London that I was going to travel around Europe and write a book about it, they said, ‘Oh, you must speak a lot of languages.’

‘Why, no,’ I would reply with a certain pride, ‘only English,’ and they would look at me as if I were foolish or crazy. But that’s the glory of foreign travel, as far as I am concerned. I don’t want to know what people are talking about. I can’t think of anything that excites a greater sense of childlike wonder than to be in a country where you are ignorant of almost everything. Suddenly you are five years old again. You can’t read anything, you have only the most rudimentary sense of how things work, you can’t even reliably cross a street without endangering your life. Your whole existence becomes a series of interesting guesses.

Obrigado Vizinho III por DSande

octubre 17, 2011 2 comentarios

El trato. Belem.Verano 2011

“En los alrededores de la turística Torre de Belem, se agolpan un grupo de inquietas gitanas vendiendo desesperadamente sus fulares al precio de 5 euros. Tanta es la desesperacion que cuando ven llegar un autobus con turistas, corren para conseguir la venta. ¿Mafia o subsistencia? Cada uno que juzgue lo que quiera pero evidentemente están SIEMPRE ALERTA.”

Sin bandada. Peninsula de Troia.Verano 2011

“Esperando la bandada de cigüeñas, me encontré esta imagen.”

Pasen y vean. Lisboa.Verano 2011

“Era medio día, estarían comiendo, pero imagino un grupo de ancianos viendo pasar la vida como si de una obra teatral se tratara.”

Cactus. Alrededores Tomar.Verano 2011

“Cada uno se puede expresar donde quiera, pero podía ser en un papelito, no?”

Otros post:

Obrigado Vizhino I

Obrigado Vizinho II

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Obrigado Vizinho II (Gracias Vecino) por Daniel sande

octubre 11, 2011 4 comentarios

Bandada. Península de Troia.Portugal.Verano 2011 (Autor: Daniel Sande)

Ave. Península de Troia.Portugal.Verano 2011.(Autor: Daniel Sande)

Cigüeñas. Península de Troia.Portugal.Verano 2011 (Autor: Daniel Sande)

Aquella mañana desperté sin que me hiciera falta la alarma que tenia programada, bese a Alejandra que dormía plácidamente, y al abrir mi tienda de campaña vi la sonrisa de Carlos B., inquieta y expectante como la noche anterior. Fue esa noche, con un par de cervezas en la mesa y un animado Karaoke de fondo, cuando Carlos me invito a acercarnos a unos arrozales próximos al estuario del Sado (Península de Troia, Setúbal, Portugal) para contemplar y fotografiar flamencos, cigüeñas y otras aves que siento desconocer el nombre.

Escasos diez minutos fueron los que tardamos en llegar al lugar indicado, ni rastro de flamencos, pero si un grupo de 20 o 30 cigüeñas muy sensibles ante nuestro benévolo acercamiento. Trazamos un plan teóricamente perfecto que aunque no nos dio el resultado esperado, nos hizo sentirnos auténticos aventureros : Carlos B. rodearía el arrozal y ahuyentaría las aves hacia mi dirección. Mientras yo esperaba, agazapado entre las cañas, la imagen de la bandada.

Unas veces la espera se hacia eterna, otras a Carlos le era imposible rodear lo acordado y volvía cabizbajo, y otras, simplemente las cigüeñas tomaban una dirección que no habíamos contemplado.

Regresamos, medianamente defraudados, pero Carlos B. ya tenia en su mente que la mañana siguiente volvería a intentarlo. Y Gracias a el tenemos estas espectaculares imágenes.

Cigüeña. Península de Troia.(Autor: Carlos B.)

Flamencos. Península de Troia. (Autor: Carlos B)

Ave. Península de Troia.( Autor: Carlos B.)

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Viajar para contarlo

mayo 9, 2007 3 comentarios

Siempre me gustó leer. Siempre busqué la felicidad con un libro entre las manos, la felicidad inconsciente del lector absorto que pierde la noción del tiempo y del espacio. Pero últimamente leo de otra manera. Soy más exigente y analizo demasiado el texto, por momentos siento que estudio la obra en vez de disfrutarla. Esto, que a priori es un inconveniente, también tiene sus ventajas. Porque cuando cae en mis manos un libro bueno de verdad, un libro de esos que me afectan o incluso me obsesionan hasta mezclarse en la vida cotidiana, entonces la experiencia va mucho más allá del ocio o del disfrute, y se convierte en una vivencia fundamental, y el libro se coloca en el centro del mundo, de mi mundo.

Estos días he leído Viajes con Heródoto, de Kapuscinski. A pesar de que lo compré hace apenas una semana, ya la portada está visiblemente deteriorada, las páginas algo curvadas y muchas de sus líneas subrayadas o marcadas. Cuando vi el libro en la librería, con la liebre de Durero en la portada, y los nombres de los dos gigantes (Heródoto y Kapuscinski) sólo cabía desearlo, comprarlo y leerlo. Acierto total.

liebre de durero

Heródoto vivió hace dos mil quinientos años en Grecia y se dedicó a viajar, investigar y escribir con la intención de “que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros”. Su Historia es una biblia de la historiografía, un tocho de cientos de páginas que acompañó al joven enviado especial Ryszard Kapuscinski en sus viajes por India, China y África.

El reportero Kapuscinski fue uno de los mejores periodistas del siglo XX, corresponsal de guerra, enviado especial y literato, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. La primera vez que supe de él (en Negro sobre Blanco, entrevistado por Sánchez Dragó) me di cuenta de que era un sabio. Uno de esos sabios vivos (ya no lo está).

Yo también había disfrutado leyendo (estudiando) a Heródoto. Al devolver Historia a la biblioteca, la bibliotecaria me preguntó si lo había leído entero. – No, pero está muy interesante – le dije, y no se lo creyó. De veras, -insistí, yo también pensaba que Homero iba a ser un tostón y me estoy dando cuenta de todo lo contrario.Pero Homero no tiene nada que ver, me respondió, La Odisea es muy entretenida. –Este [el de Heródoto] también, contraataque. – Pues entonces intentaré leerlo– dijo. Y me fui dudando de sí en realidad lo haría.

Viajes con Heródoto ha sido un delicioso compañero de viaje. Es, como diría Léolo, uno de esos libros “que me inspira energía y valor, que me dice que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerda la urgencia de actuar“. Quizá la causa de fondo de todo esto es que el bueno de Kapuscinski, al igual que el propio Heródoto (o Arturo Pérez-Reverte) representa al escritor que soñamos ser algún día. Me refiero a esa difícil especie, caballero mezcla de hombre de acción y erudito, que siempre quisimos ser de mayores. Al viajero preguntón que un día sube una montaña y otro día lee a Jenofonte. Uno de esos individuos de espíritu inquieto, siempre sacudidos por el ánimo interno de viajar para ver, ver para vivir y vivir para contarlo.

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