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Postcards to Kiyoshi: Wofford Heights

agosto 23, 2018 7 comentarios

Querido K.:

Me alegra contarte que he vuelto a cruzar el charco. Con la excusa de visitar a nuestros amigos Layla y Tal, que ahora viven en Berkeley, he estado un par de semanas recorriendo algunos sitios de California, Nevada y Arizona junto a Rosa.  

Hay quien dice que ya no escribo, y aunque sólo sea para llevarles la contraria voy a ir dejando por aquí algunos textos sobre este viaje. La prudencia que acaso no tuve cuando en mi juventud escribí otras cosas, me impide ahora pensar que se puede comprender o juzgar lo que sólo se ha visto muy de paso. Tampoco pretendo hacer un diario meticuloso, ni mucho menos una guía de viaje para los que vayan detrás. Bastará con contar algunas cosas que se me han quedado impregnadas; como si lo que permanece más presente días después tuviera el sello de calidad al que no han accedido los otros recuerdos, los que no aparecen en la proyección mental del viaje que se me presenta sin permiso a cada rato.

Al viajar a los Estados Unidos, la impresión primera y continua es poliédrica: la irrealidad de estar dentro en una de tantas películas o series de televisión, pero a la vez sentir que se está en un territorio ya conocido, en una estética ya transitada en algún momento del pasado. Ahora pienso que los centenares (¿o serán miles?) de fotos que me has ido enviando todos estos años han preparado el terreno. No merece la pena abundar en los tópicos, pero sí acaso corroborar que se confirman: son grandes las llanuras, los coches, los precios y los atascos; son múltiples y mezcladas las pieles humanas; son interminables las rectas y anchas las autopistas; son tediosos los controles aeroportuarios a la entrada; son muy frecuentes las banderas estadounidenses y el lenguaje español.

Han pasado algunos días desde nuestro regreso pero conservo una inercia de imágenes, de sitios y de acción. Si viajar contribuye a amueblar la cabeza, yo en estos días percibo el ruido íntimo de ese correr de muebles. Tampoco tanto, en verdad; el que fue allí es casi igual al que ha vuelto aquí, con algunas intuiciones confirmadas y algunas palabras aprendidas, con algunas sorpresas enriquecedoras y algunas emociones tatuadas. Quiero pensar que también más experto, más abierto, más dispuesto a volver a viajar y a escribir. Y algo más cómodo en los zapatos del adulto que se me ha metido en la piel casi sin darme cuenta.

Ahora quiero explicar por qué fuimos a donde no va nadie. Teníamos el tiempo algo justo y al planificar el viaje nos dimos cuenta de que tras recorrer el Big Sur desde Monterey hasta San Luis Obispo, el trayecto hasta Las Vegas era demasiado largo para hacerlo en un sólo día, así que tendríamos que hacer una parada intermedia. Google Maps mostraba una leyenda sugerente que caía a medio camino: Sequoia National Forest. El zoom a continuación mostró un lago, y en torno al lago vimos una serie de pueblos. Y sin más criterio reservamos alojamiento para una noche en uno de aquellos pueblos. Y es por eso que fuimos a Wofford Heights, allí donde no va nadie.

Del Sequoia National Forest no vimos mucho, a pesar de que Rosa había encontrado información sobre el Sendero de los 100 Gigantes, una ruta para ver secuoyas descomunales a la que finalmente no fuimos. El lago resultó ser un embalse (ahora sé que la presa es de 1953) y algunos de los pueblos anegados habían renacido con el mismo nombre en las orillas del pantano. El paisaje me decepcionó en un primer momento: lo de National Forest me había hecho imaginar un bosque verde y frondoso, pero aquello eran montañas amarillentas y más bien peladas. Hacía un calor sofocante y sumando todas esas primeras impresiones llegué a pensar que iba a ser un día de transición en el viaje, un día sin mayor interés que habría que dejar pasar a la espera de los grandes momentos.

El motel de Wofford Heights no permitía el check-in hasta las 15:00 y cuando llegamos aún faltaban un par de horas. Preguntamos a un empleado muy joven que resultó ser, además de inteligible, simpático y amable; no dudó en recomendarnos ir a Kernville, que estaba a cinco minutos siguiendo la carretera. Al llegar allí vimos un parque junto al río y gente haciendo picnic, pero seguimos hacia el centro del pueblo, que constaba de unas pocas calles, coches aparcados aquí y allá, una estación de bomberos, algunos restaurantes… La temperatura pasaba de los 40º y apenas se veía a un alma. Nos metimos en un Diner para comer.

Creo que puedes comprender lo que significa para nosotros comer en un sitio así, en un auténtico y tradicional Diner del interior de Estados Unidos. Lo habíamos visto infinidad de veces en las películas y en las series, pero era nuestra primera vez y no dejábamos de mirar para todos los rincones. Los asientos, la barra, las camareras con delantal, el expositor de las tartas, la carta del menú, los comensales, el pueblo solitario al otro lado de las ventanas y los dispensadores de refrescos para el refill. Todo era nuevo pero conocido a la vez y una pueril ilusión nos embargaba, un peculiar sentimiento que al recordarlo me hace sonreír. Aquello molaba.

Comimos unas hamburguesas y hubo refill de cocacola. Cuando ya habíamos terminado le pregunté a la camarera si conocía buenos sitios para nadar en el lago. Échate a un lado, me dijo, y se sentó junto a mi en el banco mientras garabateaba un mapa en la servilleta. No es el mejor momento para nadar en el lago, tiene algas, pero en el río hay un sitio al que la gente del pueblo ha ido desde siempre. Y otro cliente me dijo desde la mesa de la lado: ¿Tienes Google Maps? Pues espera que voy a tu sitio y te voy a mostrar el lugar exacto. El día de transición en Wofford Heights se empezaba a poner interesante.

Salimos a la calle para recorrer el centro del pueblo. Ahora sé que el verdadero Kernville está sepultado bajo el lago Isabella, pero entonces no lo sabía y todo me pareció tener un sabor antiguo y auténtico. La oficina de correos con su bandera americana, las tiendas de antigüedades cuya recaudación va a una causa benéfica, el Saloon con sus puertas batientes y el museo del Kern Valley, cerrado para mi desgracia pero con un cartel a la entrada que hablaba de la historia del valle, de los indios, de la mina de oro, del lago y de la generación hidroeléctrica en el río. Seguimos recorriendo las calles de Kernville, haciendo fotos y mirando todo con igual o mayor interés del que pudimos poner en San Francisco. Según se lee en la web del museo “Some of the most famous western movies produced in the 1930’s, 40’s, and 50’s were filmed in the Kern River Valley”, y aquel día yo me sentía en una de esas películas.

Volvimos al motel para dejar las maletas y cambiarnos de ropa. Bañarse en un río no es algo que hagamos todos los días y aquello nos provocaba interés e incertidumbre. El Kern se utiliza para deportes de aventura y la última parte de nuestro viaje de la mañana había sido por una carretera que seguía el curso del río, que allá debajo se veía encajonado y caudaloso, salvaje, con pequeñas cascadas y aguas revueltas formando espumas. Ahora íbamos a ver cómo era aquella curva del río donde los lugareños se bañaban desde siempre. Cuando llegamos había algunas familias con niños pequeños diseminadas por una pequeña playa de arena. El agua parecía casi inmóvil y las barcas hinchables sobre ella apenas se balanceaban. Un grupo de patos nadaban al lado de la orilla, a ratos molestados por algún crío, a ratos alejándose hacia el centro del río. Me he bañado en otros ríos en zonas montañosas y aquel día, a los pies de una cordillera que se llama Sierra Nevada, esperaba una sensación de intenso frío al introducirme, pero no fue así. Daba gusto meterse en el agua templada en aquel día caluroso y nadar un poco y hacer el muerto y salir y volver a entrar y relajarse y no hacer nada. O, mejor dicho, hacer lo que hace hace la gente de Kernville desde siempre.

Al atardecer fuimos a la orilla de lago. Casi en soledad pudimos disfrutar de un paisaje que impresionaba, con el embalse rodeado de montañas entre una luz casi irreal. Estuvimos tomando algunas fotos y volvimos a Kernville para andar un poco por el parque que hay junto el río, que a esas horas estaba animado con pescadores, parejas y algunas personas paseando al perro. Se hacía de noche y decidimos volver a Wofford Heights.

Nuestra última experiencia del día iba a ser un bar al otro lado de la carretera: el Hideaway. El escondite. Cuando llegamos había 6 ó 7 parroquianos de ambos sexos a lo largo de la barra, un hombre mayor jugando al billar, una camarera no mucho más joven y una atmósfera tan despreocupada como puede ser la de cualquier bar de cualquier sitio en una noche veraniega de miércoles. De nuevo tuvimos la sensación de haber visto eso antes: el letrero luminoso de Budweiser, el repertorio variado de grifos de cerveza, los taburetes altos junto a barra alargada y algunas miradas que no conocían la discreción: ¿Quienes serán estos forasteros?. Esa noche había karaoke pero nadie se animaba a cantar. Pedimos algo de beber: Yo me he aficionado a las cervezas IPA en este viaje y lo estuve comentando con la camarera. Personalmente prefiero otras, las Red Ale, me dijo, aquí tenemos de la marca Sierra Nevada. Pues quizá me tomé una Sierra Nevada cuando acabe con la IPA, respondí. Y después de beberte las dos, quizá cantes en el karaoke, apuntilló Rosa. Pero aquel no iba a ser el día de cantar. Y aunque probé la recomendación de la camarera, me gustó más mi elección original. Creo que las Indian Pale Ale han entrado en mi vida para siempre; cada vez que vuelva a dar un trago quizá recuerde el verano del 2018, aquel en que viajamos a Estados Unidos.

Y aquí terminan nuestras andanzas en Wofford Heights y Kernville. No sé si he conseguido reflejar lo que sentimos allí: no hicimos nada espectacular y me sigue pareciendo normal que aquello que no sea un destino frecuentado, pero el hecho es que allí tuvimos una experiencia más cercana, más sincera, más humana, para conocer el país que estábamos visitando. Comer en un restaurante, comprar en una tienda de regalos, pasear por unas calles, bañarse en un río, asomarse a la orilla de un lago, tomar dos cervezas en un bar… Sacar la cámara de fotos casi con vergüenza por hacerlo sin estar rodeados de cientos de turistas haciendo lo mismo que nosotros. Aquel día fue muy especial y así ha quedado inserto en nuestro recuerdo. Con otras personas podemos hablar de recuerdos compartidos de San Francisco, de Los Ángeles y de Las Vegas. Sólo con Rosa puedo hablar de Kernville, y eso crea una complicidad distinta. Creo que tú, que has buscado la conversación con los lugareños en tantos pueblos perdidos, podrás entenderlo. Por eso he elegido este tema para la primera postal.

Habrá más.

Un abrazo,

Daniel

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