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Fantasmas de pelo moreno

Nacer en sangre, tropezar con un amor imposible, tirar piedras a esa botella de vidrio que nunca rompiste, llenarse de valor cuando todos callan y susurran al oído, correr descalzo por la Gran Vía mientras nieva, saltar en el último momento al Sol desnudo, dormir la siesta en una bala de heno del pueblo de tus abuelos, nadar de noche en una playa perdida de Cádiz mientras te desnudas entre corales, ver una estrella fugaz subido a tu primer coche, esculpir a Venus de Milo mientras recorres lindas praderas de noche, acariciar los dedos diminutos de una nueva vida,  desengañarse por creer en los hombres y no en los fantasmas, subir en escalera a la luna, buscar oxígeno mientras corres por los campos de Castilla, montar en globo en Lorraine Mondial Air Ballons mientras lees un libro de Julio Verne, volver a sentir la vida mientras gritas, aprender a levantarse mientras suena la campana del último round, pasar de un lado al otro en el arco iris de tus iris, sonreír al niño despeinado que juega en el basurero de la Cañada Real con un espejo, acariciar a un perro apaleado de Jipijapa, llorar de alegría por un trabajo bien hecho, regatear la mala suerte y marcarle un gol saliendo desde el medio de campo, besar unas manos llenas de heridas de trabajar, navegar en un mar desconocido, abrazarse con mis enemigos en la sede de Naciones Unidas, amar sin nada a cambio, amar porque uno se siente libre, amar aun en llamas, amar con las cadenas puestas, amar enfermo, amar para dar otra vida, amar sin orillas, amar para dar otro pase a lo amado, amar mientras contemplas recuerdos llenos de metralla y apasionadas vidas, amar hasta que mueres porque quizás revivas en Normandia.

Morir físicamente, visualizar en el último suspiro a tu madre llamándote desde el balcón, golpear con los puños el espacio entre mi cuerpo, la madera y la tierra; salir de la tierra como salen las flores al espacio, transformar en oxígeno los versos que escribiste de adolescente, dar las llaves a un preso para que decida su libertad determinada, pescar esos sueños que mueren olvidados en la otra orilla del Mar Menor, pintar estrellas de Van Gogh mientras observas el anochecer en la azotea del edificio de tu barrio, recuperar el Espíritu del vino a través de la unión con la línea de tus manos, buscar el motor de tu corazón mientras conduces un yate a gran velocidad por los canales de Venecia tomando un vino tinto, leer la Historia Interminable para atrás para acorralar al destino, saltar al horizonte de la vida mientras otros se esconden para cruzar sus miedos, hacer una guerra de palabras para rescatarlas del salvavidas de tus labios, buscar a Cervantes entre las cárceles mugrientas de Argelia, convertirnos en una parra en un patio del Pueblo Vallecas, llorar porque la justicia está ciega de poder, tomar la tierra como una parte de nuestro destino, morir en una mina de Almaden para renacer entre llantos, bailar desnudo en mitad de la lluvia, brotar hasta convencer a Júpiter que nos convierta en sus aliados. Vender tu alma a un fantasma para estar vivo porque morí en una época de pandemia allá en 2020 en el Principe de Asturias.

Desde entonces todas las noches bailo flamenco entre extraños y me disfrazo de un cuerpo de joven moreno en el Palacio de Gaviria, hacemos fiestas entre vinos y damos palmas con poetas suicidas y locos de pelo largo, hay noches que entre ruidos y epifanias resolvemos ecuaciones sobre el espacio-tiempo al revés. Otros días de luna llena, ayudamos a escapar de las cárceles a los más arrepentidos y pocas ocasiones cuando empiezan las procesiones rescatamos a algún muerto que no quiere morir de pena. Una vez viajamos durante una semana a Nueva York y robamos en el MoMA un cuadro de un pelirrojo que le falta una oreja. Por la mañana hacemos trucos con billetes inexistentes en la bolsa de Nueva York con un amigo que pinta muy retratos, dice llamarse Dalí mientras mueve su bigote y grita cosas raras sobre algo llamado Bitcoin. Alguno noche volamos por Madrid con unos amigos y entramos en el bar de la Biblioteca Nacional cerca de la Plaza Colón y nos pusimos a hablar con uno que salió de un libro, resulta que era un tal Don Quijote que iba montado en un caballo de nombre Rocinante, el buen hombre estaba cansado de estar encerrado, tuvimos miedo que fuera al Congreso de los Diputados, esa noche le convencimos que siguiera luchando contra el olvido.

Hay recuerdos que nunca olvidaré, por ejemplo, un día nevó en Madrid como nunca y empujé a una chavala llamada Filomena que corría descalza desde la Gran Vía hasta el estanco del Retiro decía desenterrar el pasado con historias reales como que morimos para ser mejores, que vivimos en un laberinto de ecuaciones. Lo que guardo con especial alegría fue cuando nos juntamos sesenta millones de almas para protestar en París una tarde lluviosa de 1947 conseguimos que Europa volviera a renacer de las llamas de la guerra. Otro pasaje que me sigue en el recuerdo con alegría fue cuando ayudé a renacer en sangre a ese bebe de pelo moreno y ojos redondos del Hospital Santa Cristina, fue un martes 27 octubre de 1981. Todavía no me creo como pudo fecundarse entre historias que se cruzaron por Alcalá de Henares pero fue lo que se dice «un milagro de la naturaleza» porque tiene mis ojos se parece a un tal Leonardo pero es de San Francisco de Quito no de Da Vinci.

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